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La independencia no tendrá lugar

Juan José Solozábal
martes 24 de septiembre de 2013, 20:15h
“La guerre de Troie n´aura pas lieu”
Jean Giraudoux

Como era de prever la celebración de la última Diada este once de Septiembre ha convencido a muchos de la seriedad del envite secesionista en Cataluña, que necesita ser afrontado urgentemente y con toda energía. La primera consecuencia es la de trasladar el punto de la discusión desde el como hasta el porqué de la secesión. No estamos ante un caso de democracia, como parecería deducirse del nombre del derecho a decidir que se pretende ejercer, sino de un pulso por la independencia, a lograr por cualquier procedimiento o vía disponible.

Si esto es así, esto es, si queda al descubierto la falacia del lenguaje que se utiliza en la crisis catalana, de modo que resulta claro que quienes defienden el derecho a decidir de lo que hablan verdaderamente es de la independencia, lo que habrá que hacer es no seguirles el juego, esto es, no entrar a organizar la secesión, sino ocuparnos justamente en lo contrario, esto es, en denunciar la separación, como objetivo indeseable y nefasto.

En ese sentido se oyen voces, cada vez más altas, denunciando la independencia como imposible. Según este punto de vista, la separación no está a la altura de la mano, como parecen creer los independentistas, pendiente simplemente de un referéndum de autodeterminación, que traiga la independencia, como podrá ocurrir en el caso de Escocia, o de un referéndum consultivo, que pueda facilitarla inexorablemente, como ocurriría en el caso de Canadá. Estos dos tipos de referéndums no son posibles en Cataluña, antes de nada, porque no hay masa suficiente en dicho territorio para imponerlos. Javier Pérez Royo ha escrito un artículo concluyente en ese sentido. Hoy por hoy es imposible aglutinar suficiente fuerza política en un nacionalismo, débil y dividido a pesar de todo, para respaldar esas consultas, impedidas constitucionalmente, y en cualquier caso contrarias a la voluntad del Gobierno de la nación.

La tarea que se propone acometer el independentismo resulta ciclópea para sus capacidades. En primer lugar, la independencia acabaría con el orden constitucional que tenemos del que supondría una vulneración irremediable, pues quiebra la misma médula del Estado una decisión sobre su configuración territorial tomada por quien no es el titular de la soberanía nacional, esto es, el pueblo español en su conjunto. Además Europa no aceptaría la secesión declarada unilateralmente en Cataluña, por resultar contraria a la garantía de la integridad de sus componentes que asegura el Tratado de la Unión. Tampoco resulta convincente aceptar a un socio, cuyo ejemplo ciertamente no es aleccionador para los estados que sufran tensiones internas y que entiende la solidaridad, sin la que el proyecto europeo no funciona, de manera ciertamente débil, por lo menos respecto a su vecino más cercano. El proceso de la separación, por último, tensa las relaciones internas en el seno de la comunidad catalana, produciendo desgarros y sufrimientos, cuya generación es absolutamente gratuita, alterando una modélica, hasta ahora, convivencia en libertad e igualdad. La independencia, por tanto, sería insoportable, dado su coste constitucional, su inviabilidad europea y el terrible fraccionamiento social y político internos que supone.

La independencia, pues, no va a ocurrir, no puede ocurrir. Es imposible que ocurra. Pero además la independencia no debe ocurrir. No es razonable que ocurra, pues carece de justificación. Obedece al sueño insolidario y tosco del nacionalismo, que se empeña es destruir espacios de solidaridad y es incapaz de oponer argumentos de pragmatismo y sensatez (valores de la sociedad) a las “voces ancestrales” de la estirpe y la patria (principios de la comunidad). Frente al simplismo de la independencia, como momento mágico de la nación, que recuperaría todas sus potencialidades ocultas tras el gran día de la autodeterminación, existen otras soluciones políticas más complejas, superiores en artificio y ductilidad, que ofrecen en la moderación y el equilibrio, acomodo suficiente para la afirmación simultánea de la diversidad y la unidad. Me refiero a lo que el vasco don José Miguel de Azaola llamaba las formas federativas, en alguna de las cuales Cataluña habría de encontrar respuesta a su incomodidad constitucional. ¿No valdría la pena explorarlas?

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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