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Crisis a la italiana

lunes 30 de septiembre de 2013, 20:39h
Apenas pocos meses después de la formación del Gobierno Letta, Italia ya vive nuevamente una grave crisis de Gobierno. Una crisis con nombre y apellido: Silvio Berlusconi. Tras el fútil pretexto de la subida de un punto del IVA, Berlusconi vuelve a recorrer el camino de la irresponsabilidad, que en este caso coincide con el del delirio y la imprudencia. ¿IVA? No es difícil entender que lo que le interesa realmente es que no le retiren el escaño de senador. Un motivo judicial, disfrazado de rebeldía económica. El cavaliere sigue concibiendo la política como una actividad personal, un instrumento para la defensa de sus intereses. Años marcados por la confusión público/privado, en los que los intereses personales del magnate han condicionado la política nacional. Sin embargo, a la peligrosa confusión entre intereses públicos y privados, se añade la dificultad a separar el plan gubernamental de las cuestiones personales. La decisión de Berlusconi no modifica su destino judicial, pero si compromete el futuro del país, empujando Italia una vez más al borde del precipicio. Berlusconi quiere morir matando o, bien, asesinando, a Italia.

La actitud de Berlusconi liga indisolublemente su situación personal al destino del centroderecha italiano. La decisión de imponer las dimisiones a los miembros del Gobierno de su partido representa la prueba evidente de subordinación, de la ausencia de personalidad de los parlamentarios del Pueblo de la Libertad (PdL), que son tratados como súbditos o sirvientes que deban anteponer la voluntad del dueño a los intereses del país. Cabe esperar que dentro de las filas del PdL se levante alguna voz crítica, hartos de esta sujeción y de tolerar los caprichos de un líder cada vez más distante de los problemas del país. Me gusta imaginar que pueda haber una implosión en el centroderecha italiano, animado por gente que desee formar una derecha liberal, moderna y moderada. Ahora, los políticos italianos deben demostrar si les interesa más el futuro del propio líder o el futuro del país. Se trata de renegar de la irresponsabilidad política del líder y abogar por la lealtad hacia las instituciones. Pero me temo que se trata de una ilusión, sobre todo si consideramos que muchos parlamentarios de Berlusconi comparan esta decisión con el Aventino. Difícil tolerar la ignorancia y más aún la instrumentalización de la Historia: ni esto se parece al Chile de Pinochet (¡!), ni el abandono del hemiciclo parlamentario del PdL es una decisión responsable, sino más bien el deseo de trastornar el Estado de Derecho. Estamos ante un desastre que se inició hace unos meses (sea febrero o abril…) y, por segunda vez (tras Monti), el candidato elegido “a dedo” por Giorgio Napolitano fracasa en su tarea de gobernar Italia. Además, tropezando con la misma piedra, es decir, contra Berlusconi.

El condenado hunde Italia y habrá que esperar una vez más para ver qué pasa, con el país en jaque. Berlusconi dispone de consenso político y, sobre todo, de poder económico y mediático. En este contexto, el PD parece, como siempre, desprevenido, no preparado para enfrentarse a esta situación y preocupado más por la lucha interna que por constituir una alternativa política al nefasto berlusconismo. Grillo por su parte sigue en campaña (lo está desde febrero), curiosamente mostrando las mismas pretensiones de Berlusconi, aunque, hay que reconocerlo, con un espíritu más noble: caída del Gobierno, dimisiones de Napolitano y nuevas elecciones con el porcellum. Grueso error sería votar con la actual ley electoral, caduca y disfuncional: volver a votar con este sistema electoral sería no sólo perseverar en el error, sino ofrecer una coartada a la pésima clase política italiana.

Una reflexión final: muchos analistas creían que Berlusconi nunca provocaría la caída de este Gobierno, prefiriendo mantenerle en vilo. Postura ingenua o pueril, Berlusconi no es nuevo a gestos de esta índole y actuó de forma bastante parecida con Monti. Y, ¿ahora qué? Votar abiertamente en el Parlamento podría representar una ocasión para dar nombre y apellido a los verdugos de este ejecutivo y para que los italianos abran los ojos. El país no puede permitirse asomarse nuevamente al abismo de la ingobernabilidad o al caos de unas nuevas elecciones sin haber modificado anteriormente la pésima ley electoral. Hace falta un cambio, no una nueva panacea temporal: la búsqueda de una nueva mayoría podría ser insuficiente para evitar la parálisis gubernamental. Asimismo, no se puede permitir que la tercera economía de la eurozona siga rehén de un político sin escrúpulos, preocupado por sus problemas personales: ojalá esta crisis provocara como daño colateral la salida definitiva de Berlusconi –y sus lacayos más próximos- del escenario político nacional.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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