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CRÍTICA

Maria Konnikova: ¿Cómo pensar como Sherlock Holmes?

domingo 06 de octubre de 2013, 12:26h
Maria Konnikova: ¿Cómo pensar como Sherlock Holmes? Traducción de Genís Sánchez e Ignacio Vilaro. Paidós. Barcelona, 2013.288 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 13,99 €
Hace tiempo que lo “psico” está de moda como temática de divulgación. Primero en otros países de nuestro entorno cultural y finalmente en España se ha hecho habitual encontrar en las librerías una sección propia dedicada a asuntos de “Psicología”. Cuestión parcialmente distinta es qué acaba siendo depositado en los estantes: la mayoría de ello cabe dentro de dos categorías populares conexas, conocidas como “Autoayuda” y “Desarrollo personal”. Lo cierto es que la calidad intelectual de ese material y sus avales científicos siempre han resultado escasos (tendiendo a cero en no pocas ocasiones). Y ello pese a que la Psicología ha logrado convertirse en una de las más rigurosas y potentes disciplinas académicas que desde principios del siglo XX institucionalizaron el estudio de los asuntos humanos y sociales desde un punto de vista científico. Tal vez por culpa de ese empeño en convertir su materia en cuestión de ciencia los psicólogos académicos han cultivado la escritura de divulgación con menor frecuencia de la debida, dejando la tarea a otros: colegas profesionales (sobre todo, terapeutas), otras veces ensayistas o periodistas mejor o peor informados de los avances de la investigación científica en Psicología, cuando no a ocurrentes profesionales de la divulgación y los discursos del “buen rollito” y de cuyas obras conviene sospechar en cuanto nos topemos con algún título pretendidamente edificante del estilo “Yo estoy bien, tú estás bien”, “¡Supérate!”, “Felicidad hoy”… y en ese plan.

Con todo, aunque la anterior especie siga abarrotando los apartados “psico” de las librerías no especializadas, desde varios años atrás la Psicología con mayúsculas, la que se enseña y produce en las universidades y centros de investigación más prestigiosos del mundo, ha empezado a abrirse al público no experto en un número aún pequeño pero creciente de excelentes libros de divulgación y ensayo, algunos incluso muy divertidos. Desafiando nuestra anterior advertencia contra los titulares aparentemente aleccionadores, eso es lo que ocurre con el primer libro publicado por Maria Konnikova: ¿Cómo pensar como Sherlock Holmes?

La psicóloga y escritora Konnikova comienza su libro como es obligado, justificando la alusión al personaje novelesco que le pone título. La legendaria creación de sir Arthur Conan Doyle, el siempre distante y brillante Sherlock Holmes, maestro de detectives, no es solo un pretexto literario para atraer a lectores curiosos. Estamos ante una cosa muy distinta de un mero recetario de instrucciones para pensar bien y con eficacia, siguiendo el ejemplo del investigador privado más famoso de la literatura. El propósito de ayudar al lector a perfeccionar sus habilidades y estrategias de pensamiento existe, sin duda. Y la autora no lo disimula. Pero más importante que los consejos que se van destilando para satisfacer aquel fin son las explicaciones que se aportan para justificarlos. Esas explicaciones nos ofrecen una visita VIP al estado actual de conocimientos alcanzados por la ciencia psicológica y la neurociencia acerca del modo en que funciona nuestra mente.

Konnikova recurre a Holmes y su inseparable doctor Watson por el valor que descubre en ambas figuras de ficción para centrar e ilustrar un tema central: el esfuerzo y la capacidad humanas para pensar y resolver problemas de manera eficaz y provechosa en contraposición a la no menos humana y mucho más frecuente tendencia al pensamiento sesgado o directamente errado, fruto de cierta pereza mental, en parte natural y necesaria (dadas las limitaciones y múltiples demandas que afectan al cerebro) y en parte aprendida.

Además de apoyarse en un amplio conjunto de conclusiones extraídas de estudios experimentales sobre memoria, creatividad y razonamiento, la imagen de la mente humana desplegada a lo largo de todo el libro se halla particularmente influida por dos ideas que gozan de plena vigencia científica. La primera proviene de Daniel Kahneman, el único psicólogo que hasta la fecha ha sido reconocido con el Premio Nobel (toda una hazaña científica si se tiene en cuenta que la academia sueca no reserva ningún galardón para la ciencia psicológica). En otro reciente y magnífico ensayo divulgativo, Pensar rápido, pensar despacio (2012, editorial Debate), Kahneman sintetizaba el modelo de funcionamiento mental que ha inspirado a Konnikova al distinguir dos sistemas o estrategias de pensamiento identificados con los respectivos personajes de Watson y Holmes. El “sistema Watson” (Sistema 1 de pensamiento, según el lenguaje de Kahneman) corresponde al modo más habitual en que opera el cerebro humano, dando lugar a percepciones y pensamientos rápidos y espontáneos, de tipo intuitivo.

Tales percepciones y pensamientos son mucho más cómodos pero también mucho más proclives a la distorsión y el error que los generados cuando se activa el Sistema 2 en la terminología de Kahneman, más eficaz y preciso, caracterizado por una superior minuciosidad en la obtención y el manejo de información y conocimientos: justamente las cualidades con las que Conan Doyle invistió al pensamiento de Sherlock Holmes para convertirlo en símbolo de una nueva clase de detective cuyas pesquisas siguieran los cánones del método científico.

En principio, el sistema 2 de pensamiento solo se activa en contadas ocasiones y bajo condiciones que implican un esfuerzo consciente y sostenido que con el tiempo acaba resultando agotador e insostenible. De ahí que el cerebro pase la mayor parte del tiempo operando bajo el sistema 1. No obstante, Konnikova defiende que con orientación, motivación y práctica, el estilo de pensamiento reflexivo y eficaz propio del sistema 2, coincidente con lo que en su libro denomina “Sistema Holmes”, podría llegar a convertirse en un hábito, ampliando sustancialmente con ello las posibilidades de desarrollar percepciones y conocimientos más claros y profundos sobre cualquier aspecto de la realidad.

La segunda idea que determina el libro de Konnikova se resume ya en una doble cita tomada de Wystan Hugh Auden y puesta en páginas iniciales. En ella el escritor británico recupera una frase escrita por Ortega: “Dime a qué atiendes y te diré quién eres”. La atención, que puede ser parcial o plena, ejercitarse de forma pasiva o activa y diversificarse en una multiplicidad de estímulos o concentrarse en uno solo, es la llave capaz de abrir paso al estilo de pensamiento típico de Holmes o, por el contrario, la cerradura que puede impedir su adopción (de nuevo, la dialéctica entre los Sistema 1 y 2 postulados por Kahneman). Por consiguiente, la capacidad para mejorar el rendimiento mental debe radicar en una práctica sistemática dirigida a ampliar la capacidad para ejercer el control consciente de la atención.

La idea no es nueva, aunque su última formulación remite al concepto de Mindfulness, recientemente incorporado al lenguaje y las indagaciones de la psicología académica. El término anglosajón designa un estado mental de “conciencia plena” (con esta expresión se lo suele traducir al castellano), producto de la fijación activa de la atención sobre el momento presente, tal y como se pretende cuando se ejercita alguna forma de meditación. Como se advierte en el libro, investigaciones recientes han demostrado que dicho estado de conciencia plena tiene múltiples efectos psicológicos positivos, algunos de tipo terapéutico (sobre la tensión arterial y el estado de ánimo) pero también otros vinculados a la mejora de las funciones cognitivas. Aunque Konnikova deja por desarrollar sus sucesivas menciones al fenómeno del Mindfulness, su insistencia en el mismo revela la importancia prestada a la ejercitación de la atención como base para acercar nuestras habilidades mentales a las de su héroe de la infancia, el casi siempre infalible detective residente en el 221B de Baker Street. La más actual y rigurosa psicología con unas gotas de literatura como guía para incrementar nuestro autoconocimiento. Merece la pena.

Por Luis de la Corte Ibáñez
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