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Suiza y España, comparables

Juan José Solozábal
martes 08 de octubre de 2013, 20:06h
Por avatares de la vida universitaria llega a mis manos una excelente monografía en la que el doctorando realiza un estudio comparativo de Suiza y España como ejemplos de federalismo identitario, cuyo propósito es integrar la diversidad en la unidad. Hubo un tiempo en que me interesé por el federalismo suizo, al que dediqué mi trabajo de fin de master en la London School of Economics, allá por el año 1978. Como pretendiese estudiar las posibilidades del federalismo para tratar los seccionalismos territoriales, planteándome en abstracto la capacidad del Estado federal para resolver las tensiones nacionalistas, mi supervisor, con pragmatismo bien británico, me hizo ver que mejor que perderse en las nieblas de la teoría era estudiar dos casos concretos acerca de la cuestión, como podrían ser Canadá y Suiza. Bien lejos estaba en aquel momento de imaginarme que más de treinta años después, con toda solvencia, se pudiese repetir el intento, pero considerando los ejemplos del País helvético y España.

Es bien interesante que alguien desde fuera, familiarizado con el conocimiento del funcionamiento del sistema político de su país, que pasa, fundadamente, como un ejemplo de federalismo acreditado, considere que España, ya, es un sistema federal que permite su cotejo con tal referencia. España presenta entonces un rostro federal, o si quiere decir así, es una de las formas posibles del modelo. En efecto el autor de la monografía no duda en atribuir tal condición al sistema autonómico, (en puridad la denominación del Estado se aparta del prototipo en los casos que se comparan, pues se habla de la Confederación helvética y del Estado de las Autonomías respectivamente), “ya que posee los ingredientes necesarios del federalismo”. Aunque se trata de una cuestión controvertida, juzgo correcta esta posición, considerando que el Estado autonómico es una forma federativa, pues como ocurre en cualquier sistema de estas características, hablemos de los Estados Unidos o de la Unión Europa, se trata de un orden político con dos niveles de autoridades; que reconoce una distribución competencial entre los planos del Estado; y en el que se atribuye a una instancia jurisdiccional la resolución de los conflictos del centro o Federación y los entes, regiones o Estados, integrados.

España y Suiza son casos del federalismo más difícil, que podríamos llamar identitario, cuyo principal sentido es resolver en dicha forma política los problemas del seccionalismo territorial, antes que el reforzar la democracia, acercando el poder a los ciudadanos o aumentando la eficacia de las administraciones. El sistema federal ofrecería la fórmula para reducir las tensiones nacionalistas en el seno del Estado común, a condición de reconocer espacio suficiente al deseo de autogobierno de su integrantes. En ese sentido el sistema suizo es más exitoso, sobre todo porque, en términos generales, aun siendo dinámico y flexible, es más estable, como consecuencia de no enfrentarse verdaderamente a un pluralismo nacional como sucede en el caso español. Al respecto puede considerarse significativo el contraste entre el actual debate sobre el sistema autonómico en España, bastante encrespado, por decirlo suavemente, y el nulo relieve en la opinión pública suiza de la supresión de la referencia en la nueva Constitución a los pueblos de los Estados como portadores de soberanía, que supondrá la consolidación de la unidad suiza, aunque con una rebaja de la garantía para los componentes de la Confederación.

Por lo demás cada sistema federal tiene sus peculiaridades, que no necesariamente deben considerase deficiencias. En España, sin duda, habrá de reformarse el Senado, haciendo del mismo una verdadera cámara territorial, corrigiendo el sistema de designación de sus miembros y reforzando sus funciones autonómicas. Pero si se salva el modelo alemán, se impone cuestionar la condición territorial de tal órgano parlamentario en los sistemas federales, comenzando por apuntar la asimetría representativa de seis cantones en el Consejo federal suizo: así , por tanto, no hay un Senado territorial, ni en los Estados Unidos, ni en Canadá, ni en Suiza, ni en España. De otro lado, conviene reparar en la significación territorial, una especie de federalismo interno, de las provincias en el sistema español, cuyo peso no debería desaparecer en la regionalización obligada de nuestra Cámara alta.

En el caso suizo, llama la atención el rol jurisdiccional del sistema, que corresponde no a un Tribunal Constitucional ad hoc, sino al Tribunal supremo. El control de constitucionalidad alcanza a las leyes de los cantones, pero el Tribunal Supremo no puede declara la inconstitucionalidad de una ley federal, de la que solo cabe una revisión política, produciendo en su caso la modificación constitucional mediante referéndum, a iniciativa de los cantones. Se da así la razón a la advertencia del juez Holmes para el federalismo americano: “ No creo que los Estados Unidos se acabarían si no pudiésemos declarar nula una ley del Congreso. Pero pienso que la Unión estaría en peligro si no dispusiésemos de ese poder en relación con las leyes de los Estados”. En el ejemplo español la contribución del Tribunal Constitucional al funcionamiento, e incluso a la comprensión, del sistema descentralizado territorial, es fundamental, hasta el punto de que en su día alguien autorizadamente (M. Aragón) propusiese catalogar a nuestra forma política como Estado jurisdiccional autonómico, lo que lleva a que, a nuestro juicio correctamente, quepa un control jurisdiccional de una reforma estatutaria, y no solo, como en Suiza, un control político de la misma por la Legislatura federal.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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