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crítica de ópera

[i]La Conquista de México:[/i] guerra en escena, paz en las butacas

jueves 10 de octubre de 2013, 09:19h
El Teatro Real ha estrenado este miércoles la obra de Wolfgang Rihm “La conquista de México” con aforo completo: había expectación por ver uno de los grandes proyectos de Gerard Mortier, la interpretación del compositor alemán sobre el encuentro entre Hernán Cortés y Montezuma, representada por primera vez en España.
Un colorido escenario realizado por Alexander Polzin esperaba anoche en el Real al público madrileño minutos antes de que empezara la obra; en el centro, la bailarina japonesa Ryoko Aoki, encarnando a Melinche, figura de blanca máscara vestida de negro, silenciosa, hierática, casi desapercibida en los primeros instantes. Porque, además, el foco de atención artístico que suele situarse en dos lugares concretos, escenario y foso, invitaba a fijarse en otras ubicaciones bastante inesperadas: los palcos laterales y el palco real. En ellos, siguiendo las directrices del compositor para la disposición espacial de los instrumentos, ya esperaban también parte de los músicos de la Orquesta Titular del Teatro Real, en esta ocasión a las órdenes de la batuta de Alejo Pérez, preparados para esta obra que el maestro argentino calificaba días atrás como de sonido en 3D.



Para Wolfgang Rihm, en La Conquista de México es relevante que la música rodee al público, lo envuelva sin posibilidad de quedarse al margen, indiferente al brutal choque entre la civilización cristiano-europea y la precolombina que se dispone a presenciar. Y lo cierto es que el efecto conseguido tiene, sin duda, ese carácter envolvente. Lo tiene, en general, el conjunto de esta obra denominada concretamente “Música teatral en cuatro partes”, un nombre muy acertado, porque, quizás, lo primero que habría que decir de ella es que imperan la interpretación de los personajes y la fisiología de los actores en el devenir de esta historia, cuyo libreto escribió el propio Rihm basado en textos de Antonin Artaud y de Octavio Paz, aunque más justo aún sería afirmar que su alma tampoco radica en las pocas frases que ambos protagonistas pronuncian a lo largo de su hora y cincuenta minutos de duración porque, como el propio autor declara, su intención es “no de suprimir la palabra hablada, sino de dar aproximadamente a las palabras la importancia que tienen en los sueños”.

Por eso, las voces solistas, más que relatar unos hechos, juegan ese mismo papel envolvente que busca extenderse por todo el teatro alargando los sonidos y, a través de ellos, las acciones, los gestos. En el caso del personaje de Hernán Cortés, a quien ha dado vida en la velada del estreno el barítono Georg Nigl, la profundidad de su interpretación se realiza a través de las dos voces recitantes ubicadas en el foso, Stephan Rehm y Peter Pruchniewitz; y en el de Montezuma – Nadja Michael -, sus vocales parecen revestirse de un eco infinito, desde ambos lados del escenario, gracias a las voces de la soprano Caroline Stein y de la contralto Katarina Bradic, colocadas, a su vez, en las esquinas de los palcos laterales más próximas al escenario.

Es, como decíamos, la escena la que “lleva la voz cantante” de esta obra, estrenada en Berlín hace ya 21 años y cuya llegada a España por primera vez, y además, en versión escenificada, ha sido reseñada estos días fuera de nuestras fronteras, a la espera, fundamentalmente, de lo que aquí pudiéramos objetar al retrato realizado de Hernán Cortes y de sus hombres. A la vista de lo acaecido en el esperado estreno, nada que objetar por parte de un público “pacífico” que si bien es verdad que se ha mostrado algo parco en sus aplausos, también ha omitido cualquier tipo de protesta o abucheo de esos que a veces nos acompañan en otras veladas que acogen estrenos de óperas ajenas a los parámetros más ortodoxos. En todo caso, quien sí ha tomado partido es, indudablemente, el autor en la propia obra y, quizás, venga de este indubitado hecho la expectación por ver fuera lo que iba a pasar dentro. Lo vemos tanto en las voces como en la misma escena, que se inspira en el autor Antonin Artaud y en su teatro de la crueldad, donde el espectáculo se convierte en una suerte de rito mágico con la misión de “perturbar el reposo de los sentidos, incitando a una especie de rebelión virtual”.

Por otra parte, como para Rihm de lo que se trata es de narrar el choque de civilizaciones, la imposibilidad absoluta de que ambas lleguen a entenderse, el compositor alemán acude a términos de contraposición entre un principio masculino y otro femenino, sin capacidad para encontrar ese “neutro” que parecen perseguir los personajes a cada agónica frase. Hernán Cortes es un barítono, mientras que Montezuma se expresa a través de voces femeninas, más dulces, menos amenazadoras. También el coro se divide, las voces masculinas encarnan a los españoles; las femeninas, a los indígenas. Y a pesar de encontrarnos en esta producción con un coro “ausente”, cuyas voces, grabadas el pasado mes de abril, escuchamos a través de los 26 altavoces diseminados por el teatro – Mortier insistió en que se hiciera una grabación nueva con el Coro Titular del Teatro Real (Coro Intermezzo), porque hasta ahora siempre se había escuchado la grabación realizada para el estreno mundial en 1989 –, han sido sus miembros, junto a su director, Andrés Maspero, quienes han recibido el aplauso más caluroso del público, acompañado de esos bravos que daba la sensación de que anoche no iban a escucharse.

Por lo que se refiere a la escena, a cargo del libanés Pierre Audi, la misma resulta tremendamente efectista y original durante la primera parte de la obra, antes de que decaiga la intensidad o, quizás, únicamente la capacidad de sorprender al respetable. Los españoles visten de negro, se ocultan en la oscuridad mientras avanzan acechando, y su máximo representante, Cortés, con una cruz que sirve de espada o una espada con forma de cruz, transmite miedo, el que tiene y el que da, desde que aparece por las escaleras del patio de butacas con dirección a un escenario en el que la iluminación a cargo de Urs Schönebaum desempeña, asimismo, un papel fundamental, flanqueado por sus hombres que se acercan desde las puertas laterales, mezcla de oscuridad y reflejos de armadura. Gran trabajo actoral en general - destaca el de Nigl como Cortés- que, por desgracia, va dejándose atrás, en los siguientes minutos de repetición innecesaria, el interés genuino de un público al que Mortier ya había recomendado asistir con una actitud abierta para que pudiera quedar fascinado. “Si la gente se cierra, no va a disfrutar”, advertía, pero no parece que sea únicamente cuestión de aperturas. Lo es, sobre todo, de gustos. Igual que ocurre en cualquier espectáculo. Y para gustos, los colores.
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