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RESEÑA

Andrea Camilleri: La joven del cascabel

domingo 13 de octubre de 2013, 13:07h
Andrea Camilleri: La joven del cascabel. Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale. Destino. Barcelona, 2013. 208 páginas. 17,50 €
Con este libro el autor italiano completa la trilogía que comenzó con El beso de la sirena y prosiguió con El guardabarrera (ambas publicadas por Destino), que en conjunto constituyen una trilogía mítica que desarrolla metamorfosis mitológicas. Es un juego donde aparecen seres humanos junto a sirenas y animales en diferentes historias de amor, pero ambientadas en tiempos más recientes y no en sus tradicionales manifestaciones clásicas, cuando se explicaba la existencia de seres mitológicos grecorromanos, mitad hombre y mitad cabra, o mitad hombre mitad caballo, por ejemplo.

En el caso de La joven del cascabel, se trata de una historia donde el personaje central es Giurla, que era apenas un niño de catorce años, que siempre había vivido junto al mar con su padre pescador, su mamá y su hermana menor; un niño que “nadaba como un pez” e incluso tenía la capacidad de atrapar los peces con sus manos. Pero en Vigata la situación económica estaba muy mal y muchos niños fueron contratados para ir a las minas a desarrollar un trabajo cuasi esclavo. Sus padres no aceptaron ese destino para Giurla, a quien le gustaba estar solo en el agua, y que recibió otra oferta laboral que cambiaría su vida: debería cuidar cabras en Castrogiovanni, hacerse un hombre de tierra, un trabajo también solitario.

Así el niño comenzó a trabajar al cuidado de unas 300 cabras, tarea que aprendió tras una breve instrucción. Pronto ganó su primer sueldo, distinguiéndose como un trabajador honesto e inteligente, ahorrativo, que solo quería el dinero para que su padre pudiera comprar una nueva barca. Paralelamente despierta a la vida sexual, con una de las mujeres que ordeñan las cabras.
Giurla comienza a desarrollar una gran cercanía al cuidado de Beba, una cabra solitaria y necesitada de cariño, a la que lleva a vivir con él y con la que no tardará en mantener relaciones zoofílicas, e incluso pasará al bestialismo. Cuando reúne el dinero suficiente vuelve con su familia, pero al poco tiempo se da cuenta que no es feliz, que echa de menos a Beba y vuelve a su trabajo de pastor y a su relación con su cabra preferida, que en el intertanto había enfermado y enflaquecido hasta casi morir.

Su vida, sin embargo, experimentará un giro, cuando conoce a un rico marqués que le ayuda a evitar el reclutamiento -ya había cumplido dieciocho años-, y luego a su hija Anita, a la que debe ayudar a que lo pase bien, pueda nadar en el lago, pero por otro lado no gusta que la miren ni la molesten. Era una niña hermosísima, pero que tenía una visible cojera. A medida que Giurla se hace amigo de Anita, cuando habla con ella comienzan los celos de Beba, incluso con manifestaciones violentas. Cuando un chivo quiso montar a Beba el propio Giurla le clavó un cuchillo y lo mató, también enfermo de celos.

En una ocasión, ante una tormenta traicionera, el bote donde iban Anita y Beba vuelca, y Giurla corre rápidamente al agua a salvarlas. Mientras la mujer sobrevive gracias al joven convertido en héroe, la cabra muere al ser asistida con retraso. “¿Por qué elegiste a Anita?”, se preguntaba mientras pensaba en la idea de la traición a Beba. No había duda alguna: “Beba había vuelto a ser, a sus ojos, no la criatura amada, la compañera amorosa de los días y de las noches, casi su mujer en los últimos tiempos, sino solamente una cabra, un animal”. Sin embargo, no era una cabra cualquiera, sino una a la que Giurla “había desnaturalizado, extrañado, vuelto completamente estéril”. Tras su muerte lloró con desesperación y remordimiento por lo que había hecho de ella.

Esto significó en la práctica un regreso a su propia humanidad, porque en aquel momento decisivo “el ser humano que era había decidido naturalmente salvar a un igual, a otro ser humano”. Por otra parte, pensaba en la naturaleza animal de Beba, a la que había impedido aparearse y dar leche. En una línea más convencional, el rescate de Anita vino a completar el amor que ella sentía por él y del cual Giurla no era consciente. En la soledad de su castillo Anita enfermó y adelgazó casi hasta morir en ausencia de su amor (al igual que le había ocurrido antes a Beba), por lo que el marqués mandó llamar a Giurla, pese a que él mismo había impedido cualquier acercamiento porque reprobaba la relación. En tanto apareció el joven, ella experimentó una mejoría y, más tarde, en un final más convencional, se casan.

Así termina una historia que, leída hoy y ambientada en un mundo no mitológico, resulta a veces extraña, mientras en ocasiones el relato “humanizado” de los animales resulta forzado. Así lo dice el propio autor al concluir su trilogía, en una nota que conviene tener en mente: “Son tres historias que cuentan tres metamorfosis más o menos logradas. En los tiempos antiguos las metamorfosis eran más fáciles de decir y de hacer”. Por lo mismo, para un lector de Camilleri, habituado a las amenas tramas policiales que le han hecho célebre, puede resultar a veces un esfuerzo engorroso y difícil de seguir la lectura de estas metamorfosis.


Por Alejandro San Francisco
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