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España y el PIACC. Mal de algunos, consuelo de ninguno

domingo 13 de octubre de 2013, 18:04h
La publicación de resultados del Program for the International Assessment of Adult Competencies (PIAAC) ha suscitado estos días alguna conmoción que presumiblemente será tan pasajera y estéril como otras alarmas en ocasiones similares. El programa ha evaluado durante cerca de dos años una muestra de más de 160.000 personas de entre 16 y 65 años de 22 países miembros de la OCDE más la Federación Rusa y Chipre. Es probable que las dimensiones de la población estudiada, la complejidad del análisis y la inexistencia de precedentes puedan haber introducido cierto margen de error, pero las conclusiones parecen fiables y sólidas. Se trataba de medir la capacidad matemática, lectora y de manejo de recursos tecnológicos básicos de información y comunicación, esto último no en todos los países. Se han tenido en cuenta factores sociodemográficos, como el nivel educativo alcanzado, la situación económica, la competencia lingüística, la profesión, el género y por supuesto la edad, estableciendo a este respecto cinco grupos o cohortes decenales. La información obtenida (disponible en la web de la OCDE y para la parte española en la del Ministerio de Educación) es abrumadora en volumen, y requiere tiempo y ganas estudiarla a fondo. Unas pocas horas bastan, sin embargo, para sacar conclusiones aceptables.

En esencia, el estudio viene a confirmar cosas que se sabían o se intuían. Los adultos más competentes a la hora de operar matemáticamente o interpretar información leída son los de Japón y Finlandia seguidos por los de los países nórdicos, los bálticos, Holanda y Bélgica flamenca, Australia, Canadá, Austria; checos y eslovacos destacan también y los alemanes quedan más bien flojos, sobre todo en dominio lector. En este aspecto, que supone la comprensión de un texto escrito de dificultad media o baja, España figura en penúltimo lugar, a unos cuarenta puntos de japoneses y fineses. En competencia matemática, para efectuar operaciones elementales y resolver problemas básicos, somos los últimos con igual diferencia en puntos respecto a las calificaciones que obtienen los adultos de Japón y Finlandia. Sabido el lugar que nos corresponde, como cuando salen los estudios PISA, aquí ha sido el llanto y crujir de dientes; dentro de un orden, claro. Unos cuantos sedicentes líderes de opinión han concluido, antes de volver su atención a otras cosas, que esto no puede ser, y que algo habrá que hacer, o sea, incrementar el gasto público en educación. Es dudoso que Eslovaquia o Estonia dispongan, porcentual y absolutamente, de más dinero que España para educación, pero sus habitantes están sobradamente por encima de la media de la OCDE en capacidades y lejos del promedio de los españoles. Tampoco en España se dedican ahora menos recursos a educación que a mediados del siglo XX y los estudios complementarios que acompañan al informe en su parte española presentan algunos datos llamativos. Por ejemplo, la cohorte de edad de 45 a 54 años, es decir, la formada con la Ley General de Educación de 1970 e incluso con el plan de bachillerato de 1957, tiene prácticamente el mismo porcentaje en el máximo nivel de competencia matemática que la cohorte 25/34, es decir la formada ya con la LOGSE. Y entre quienes tienen estudios universitarios, es superior el porcentaje en ese máximo nivel de competencia de la cohorte más vieja respecto a la de la LOGSE.

De manera que se trata sin duda de algo más. Por ejemplo quién y cómo decide sobre esos recursos, qué se pretende con ellos y, más que nada, cómo se ha concebido el sistema educativo. En la raíz de la catástrofe que, con excepciones individuales pero sin paliativos en el conjunto, es la educación en España hay causas de orden cultural (cómo se valora el conocimiento y a quienes se dedican a la enseñanza, cómo se recompensan socialmente los logros en ese terreno); causas de orden político, empezando por una concepción de la enseñanza como campo de adoctrinamiento y despliegue ideológico de distinto tipo, y siguiendo por la apropiación sindical de un servicio público; finalmente, pero no lo último, desvaríos técnicos con el predominio de una tecnocracia pedagógica ramplona y del constructivismo como piedra filosofal didáctica. Es un problema propio, pero no único. Asistiéndonos a llevar el farolillo rojo del PIAAC figuran Italia, Francia y, en competencias matemática, Estados Unidos, donde también los grupo de edad más viejos muestran mejores resultados que los jóvenes, y donde el secretario de Educación, Arne Duncan (alguien cuya trayectoria, además del deporte profesional, pasa por la dirección del sistema escolar público de Chicago, el más conflictivo del país) ha tenido que reconocer que algo falla. Las diferencias sociales entre estos países, las peculiaridades de sus sistemas educativos y de formación de adultos, los porcentajes de población inmigrante, la disparidad de sus ordenamientos laborales y otros varios factores impiden lanzarse a asentar diagnósticos simplificadores. Pero todos, incluido el sistema público norteamericano, tienen una historia reciente de interpretación y ordenación de la enseñanza similar a la nuestra y cultivan un estilo de vida escolar que tiende a confundir el aprendizaje con el pasatiempo. Podríamos empezar a mirar por cosas así, si es que de verdad queremos hacer algo. Si no, consolarnos pensando que también les pasa a otros.
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