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¿Para qué sirve el pensamiento político?

Juan José Solozábal
martes 15 de octubre de 2013, 20:20h
He cedido a las razones que da Jeremy Waldron en un número no muy lejano de la New York Review of Books (Febrero 2013), y he adquirido el libro del profesor Alan Ryan , On Politics : a history of political thought : Herodotus to the Present . Waldron da cuenta de alguna de las características del libro, que puede ponerse en la lista de las mejores historias de las ideas políticas, como son las obras de Sabine, Plamenatz o Pollock. Hablemos de su claridad, aunque las ideas que se exploran sean oscuras, o su exhaustividad (1114 páginas en dos volúmenes), así como la capacidad del autor para implicar al lector en una trayectoria intelectual sin interrupción.

Al recensionista le seduce el objeto principal del libro, enfocado al estudio de la forma de gobierno o las disposiciones institucionales del mismo, apartándose entonces de lo que últimamente se acostumbra en los libros de pensamiento político, esto es, el estudio de los fines de la vida política, al decir de Isaiah Berlin. De modo que On politics, se nos dice, no es un libro sobre la justicia social, sino sobre la democracia y su justificaciones; sobre la diferencia entre un estado y un imperio; entre la autocracia y el liderazgo político en una república; sobre las relaciones entre la iglesia y el estado; o sobre las constituciones y el estado de derecho.

Pero si el libro merece la pena es porque responde adecuadamente a la pregunta de para qué sirve el estudio del pensamiento político. Esto es, de qué nos sirve saber que Bartolo consideraba democrático el derecho consuetudinario, Bentham sólo al final aprobó el gobierno popular o que Erasmo pensaba que la monarquía era la mejor forma de gobierno. Todo esto ¿no son simples curiosidades históricas cuyo estudio sólo se justifica por su propio interés?

En el libro de Ryan pueden encontrarse tres tipos de justificaciones para el estudio de la trayectoria del pensamiento político. En primer lugar el placer, el gusto de la lectura o, mejor, la conversación con los clásicos. Maquiavelo, en su amargo exilio de los asuntos de Florencia, contaba a su amigo Vetttori, cuando llegaba a su casa por la tarde, se desprendía de sus prendas de abrigo, y entraba en los aposentos de los hombres antiguos de su biblioteca donde le recibían con afecto. “No me avergonzaba hablar con ellos y preguntarles por las razones de sus acciones. Ellos amablemente me contestaban. Durante cuatro horas olvidaba todas mis peocupaciones. Y me entregaba enteramente a ellos”.

En segundo lugar, la historia del pensamiento político es una rama de la historia. De manera que a veces las construcciones mentales son ininteligibles sin la referencia a su contexto. Lo que ocurres que la relevancia de la reflexión desmiente la distancia entre nuestro tiempos y los de los autores considerados. Ryan dice, “ no debemos exagerar la cercanía entre los pensadores del pasado y nosotros, pero tampoco tratarles como si estuvieran tan lejanos en el espacio y el tiempo que sus ideas requiriesen de una descodificación como si fueran jeroglíficos mayas relativos a un modo de vida absolutamente inescrutable”.

Pero el atractivo de la historia de las ideas reside, sobre todo, en su potencial legitimatorio, pues al fin, los humanos somos “animales históricos”, que asociamos la longevidad con la legitimidad. Buscamos en los precedentes remedio contra la fragilidad temida de nuestras instituciones. Así, la deferencia con la historia cubre nuestra inseguridad y refuerza aparentemente la solidez de las estructuras políticas presentes. “¿Por qué el edificio de la Corte Suprema tiene la apariencia de un templo griego? Por qué, como se preguntó Karl Marx, los participantes en la Revolución Francesa actuaron como los romanos y utilizaron sus expresiones? ¿Por qué para algunos de nosotros la referencia a las intenciones originales de los autores de la Constitución, hombres que manifiestamente vivieron en circunstancias llamativamente diferentes a las nuestras, es una fuente de sabiduría preferible al criterio de los juristas modernos que se encuentran al cabo de la calle de las características de la política y la administración de 2013?”. Será que todos somos más burkeanos de lo que pensábamos y buscamos en “the bank and capital of ages” proteger nuestras construcciones constitucionales de los riesgos del pensamiento solitario.

Apuraré este libro como si se tratase de una buena botella de Armagnac, a pequeños tragos. Es lo que he hecho con el capítulo 16 dedicado al estudio del Federalista (The American Founding). “Los autores del Federalista, advierte Ryan, habían de explicar y defender que la Constitución americana había creado una unión federal de repúblicas populares. Se trataba de una república de repúblicas; pero también de una nación”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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