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Una mañana en Fuenterrabía

Juan José Solozábal
martes 22 de octubre de 2013, 20:13h
Cada vez que, por el aire, llego o vuelvo de San Sebastián me acecha el mismo sentimiento, entre culpa y frustración: no poder entrar en Fuenterrabía (Hondarribia), conformarme con admirar desde lejos su bella silueta en la ladera del Jaizkibel contra el azul del cielo, casi al pie del mar. Hoy, en la mañana de este día del verano prolongado de Octubre, tras un viaje por la autopista desde la otra punta de Euskadi, Bilbao, llegamos, mi mujer y yo, a la bella ciudad guipuzcoana.

Fuenterrabía es, sigue siendo, como dice Pío Baroja, “una mezcla arcaica y moderna”.
José de Arteche, que como nosotros sube por la Calle Mayor (Nagusi Kalea), hacia la sorprendente Plaza de Armas, repara en los palacios blasonados y las moradas de aire medieval, que aparecen casi desiertas. También nos llaman la atención los aleros de madera de muchas casas, pero su aspecto es pulcro y cuidado, aunque no han perdido el pintoresquismo que anotaba Baroja. El espacio, en las calles laterales, ha sido reurbanizado y uno se encuentra con pequeñas plazuelas ocupadas por restaurantes y hoteles que seducen al visitante.

Cuando visita la ciudad don José se encuentra en la noble plaza que le da cima unas niñas que juegan a la comba; hoy son unas muchachas las que al borde de un desnivel imitan a las participantes en un concurso de televisión. Es un poco tarde, casi la hora de comer, y la iglesia está cerrada. Se trata de un templo, dice Arteche, que sobrecoge, sumido en una oscuridad misteriosa, a pesar de sus altas vidrieras, que exhalan su propia oración que asciende de siglos remansados. Nos quedamos un momento en la Plaza de armas, delante de los muros del Castillo de Carlos V. En la extensa explanada se agruparían las fuerzas de defensa de la ciudad, tantas veces asediada. Como las guerras emprendidas por España solían tener como antagonista a Francia en la mayoría de los casos, ya se comprende que a los guipuzcoanos les tocaba batir el cobre a las primeras de cambio, siendo las primeras que entraban en acción, cuenta don Fausto Arocena, el pulcro historiador, que enumera múltiples casos de armamento foral de Guipúzcoa, padre por hijo, para oponerse a la invasión de un numeroso ejército francés.

En el recuadro de Arteche, fechado en Noviembre de 1955 e incluido en su libro Discusión en Bidartea, el escritor nos cuenta que descendiendo por la calle principal, se topa en los arcos del Ayuntamiento con unas niñas bailando al son de los txistularis municipales “que cumplen con prodigalidad su obligación dominguera”. Lo que oímos nosotros, cuando repetimos el recorrido en este día de la Hispanidad, son los sones marchosos de la banda municipal dirigida con energía indudable, por Alazne Alberdi, que ofrece un concierto integrado exclusivamente por música de zarzuela, o sea chotis, mazurcas y pasodobles, de los maestros Arrieta, Vives , Sorozabal o Chapí. Un poco más tarde y ya sobre la muralla, nos encontramos con varios profesores de la banda a los que cordialmente felicitamos por el concierto, que había sido acogido con agrado por un público abundante.

El visitante, especialmente cuando se asoma a la muralla, como cuando se pasea por el largo malecón, hasta llegar al barrio de pescadores de balcones corridos, con sus cañas, macetas de geranios y jaulas “de inquietos pájaros”, y donde almorzará, no puede sustraerse al espectáculo que ofrece la vista de la bahía : enfrente Hendaya, con la punta de Santa Ana y sus rocas gemelas, y alrededor la Peña de Aya, el monte de Larrun y el Adarra. No es la tarde cuando contemplamos el estuario y por eso no sucumbimos a la melancolía que le atenaza a Arteche al apuntar en el recuadro el encanto de la tarde que declina: “Dudo mucho que haya otro sitio en el mundo donde el día tenga más bello morir que en la desembocadura del Bidasoa”. La luz poniente, añade, tiene matices delicadamente deliciosos, que acaricia y envuelve con soñolienta suavidad los contornos de las cosas. Pero si pienso en la emoción que desde el exilio o la extrañidad han sentido muchos españoles ante la visión hondarribitarra. Así Unamuno o, antes, Iparraguirre, en su poema Hara nun diran: “Estoy en Hendaya loco de contento, los ojos totalmente abiertos. Hara España, - Ahí está España-, tierra mejor no la hay en Europa entera”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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