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Jovellanos: las sombras de los grandes hombres

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
D. José Miguel Caso González (1928-95), padre de la destacada novelista y sobresaliente periodista Dª Angeles Caso Machicado, atesoró, entre otros méritos intelectuales, el de ser uno de los mejores conocedores de la obra multifacética y de la personalidad insigne pero enquistada del más grande español de su tiempo y de buena parte de los venideros: D. Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811). El que fuese Rector de la Universidad ovetense en días trascendentes de su adaptación al marco académico-social de los inicios de la abrillantada Transición (1973-77), se significó singularmente en la vida intelectual del siglo XX hispano por ser un estudioso monográfico.

Multum, sed non multa. En efecto, pocos investigadores coetáneos acertaron a seguir pedisecuamente el infalible axioma clásico con mayor aprovechamiento y fortuna. En una época como la suya y, en general, toda la etapa novecentista, caracterizada por los escritores de paralaje universal, su buida esteva roturó con exclusividad –aparte de algunos trabajos ocasionales de varia lección- el campo en verdad inmenso del jovellanismo. Con rebuscas incesables en los archivos pertinentes y a la husma siempre de cualquier huella documental de la frenética actividad de su héroe, allegó un vasto depósito documental, utilizado con maestría y sagacidad, en orden a la reconstrucción fiel de la muy rica biografía del prócer gijonés. Pero, como era inevitable dada la gigantesca estatura de Jovellanos, el catedrático ovetense fue una víctima placentera del llamado complejo o síndrome de Estocolmo. Sus familiares y amigos íntimos llegaron a decir que en los últimos años de su laboriosa existencia su diálogo, a las veces, incluso verbal, con D. Gaspar era continuo… Aunque su modestia le embridaba cara a patrimonializar el conocimiento de su gran coterráneo, el Profesor Caso experimentó, naturalmente, la tentación de convertirse en su albacea historiográfico privilegiado; y, sobre todo, no siempre pudo resistir el impulso de nimbar su figura con un halo semi-legendario y un punto feérico. Así acontecería, verbi gratia, en la relación tensionada entre Jovellanos y otro prohombre asturiano de envidiables cualidades intelectuales: el canónigo D. Francisco Martínez Marina. Afortunadamente, en la controversia suscitada en la década de los ochenta de la pasada centuria a partir del análisis de los contactos entre éste y el autor del célebre Informe sobre la Ley Agraria, aquél tendría como valedor a un erudito insigne, D. José Luis Pérez de Castro, de asturianía acendrada e indubitada. La polémica entre éste y Caso –apenas si configurada, por lo demás- fue un modelo de caballerosidad y altura de miras, enriqueciendo el tema –indignación de D. Gaspar ante una presunta ofensa literaria de D. Francisco- desde posiciones contrapuestas.

De mayor trascendencia desde la óptica de la acribia exigible a un investigador de la talla del más descollante biógrafo contemporáneo de Jovellanos fue, sin embargo, la postura mantenida frente a D. Pedro de Inguanzo y Ribero (Llanes,1764-Toledo,1836), declarado adversario del que fuese ministro mártir de Justicia de Carlos IV (noviembre, 1797-agosto, 1798). Figura tan compleja cuando menos como su antagonista, el que habría de ser el último primado del Antiguo Régimen (1823-36) no era sacerdote en la fecha atribuida por Caso ni tampoco escribió en Cádiz, en sus tiempos de diputado en las Constituyentes gaditanas por el Principado, la segunda de sus grandes obras –El dominio sagrado de la Iglesia en sus bienes temporales…- (Cf. Jovellanos. Barcelona, 1998, p. 206). Como es lógico, la cuestión desborda la simple dimensión erudita al adentrarse en planos muy profundos de la vida cultural española de los siglos XIX y XX –sin visos, por lo demás, de posible término-. Inguanzo fue quizás el más descollante orador parlamentario de la primera mitad del ochocientos antes de Castelar, y la vastedad de sus conocimientos y el nervio y precisión de su escritura llaman a la admiración de cualquiera de sus lectores. A casi doscientos años de su muerte, un manto de silencio oculta su personalidad incluso en su propia tierra. La obligada admiración por el eximio Jovellanos no es, desde luego, incompatible con la valoración de su obra, cuajada de exigencia intelectual y calidad literaria.

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