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Un mundo al revés

Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura: el absurdo sin hiel

domingo 27 de octubre de 2013, 09:34h
Acabada su etapa al frente del Centro Dramático Nacional (CDN), Gerardo Vera ha querido romper la inercia pesimista que parece instalarse en nuestra cultura y ha tomado la iniciativa de arriesgarse en la creación de la productora Grey Garden, que ha cosechado su primer éxito retomando una pieza maestra, a la vez popular y vanguardista, como es la obra predilecta de Miguel Mihura: “Maribel y la extraña familia”.
Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura
Director de escena: Gerardo Vera
Escenografía: Alejandro Andújar
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Coreografía: Chevi Muraday
Intérpretes: Lucía Quintana, Markos Marín, Alicia Hermida, Sonsoles Benedicto y Javier Lara entre otros
Lugar de representación: Teatro Infanta Isabel de Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Gerardo Vera ha tenido el acierto de insertar esta recuperación de “Maribel y la extraña familia” en el contexto del music-hall, con números musicales de época incluidos, pues de este modo encajan en su marco más adecuado aquellos geniales diálogos de “ametralladora” que singularizan a Mihura, al ritmo sucinto del vodevil con réplicas breves, concisas, de un humor que hace circular una risa sin acritud, como una ráfaga de disparos sin plomo ni heridas. Un doble acierto, pues, de Gerardo Vera al elegir este excelente texto, a la vez popular y experimental, como punto de partida de su último proyecto escénico sustentado en su nueva productora Grey Garden.

“Maribel y la extraña familia” nos involucra en un mundo al revés, que sirve de bálsamo bienhechor frente a la crueldad y la afrenta del mundo al derecho. El prototipo de familia clásica y tradicional se trasforma en un linaje disparatado y exótico si se le aborda desde sus clichés, prejuicios y estereotipos mecánicos que el orden social impone como verdades inamovibles. El profundo candor del apocado protagonista, Marcelino, y la vuelta de tuerca que Mihura aplica a su madre y a su tía dinamitan desde dentro el discurso aparentemente lógico de la familia patriarcal. Frente a ella, Maribel, la chica de alterne, la cortesana ingenua, representa otro orden antagónico que Mihura propone como alternativo y auténticamente saludable. Esta subversión de valores en plena época franquista es la que granjeó una intensa simpatía ideológica a derecha e izquierda a favor del autor. La burguesía franquista aplaudió generosa y copiosamente el drama del dramaturgo madrileño porque vio en él la rehabilitación de una pobre mujer en malos pasos que es redimida por el amor y el matrimonio. La izquierda porque percibió, por el contrario, en el mismo drama, una sarcástica desautorización de la estructura familiar conservadora, exaltada por el propio régimen de Franco, presentada como un sanatorio sin cura, un manicomio que impone su demencial camisa de fuerza a cada uno de sus componentes, y que solo logra romper esas férreas ataduras cuando deja entrar en su seno a la prostituta.

Una genial combinación del autor de “Tres sombreros de copa”, capaz de conciliar lo irreconciliable y armonizar lo más profundamente opuesto, siempre con la inestimable ayuda de una profusa risa generada por situaciones cómicamente absurdas. Pero de un absurdo singular, ya que Miguel Mihura no solo fue uno de los creadores históricos del teatro del absurdo sino también el inventor único de esa fórmula excepcional que constituye el absurdo sin hiel.

Gerardo Vera dirige con mano maestra ese asombroso juego de contrapesos ideados con la precisión de un equilibrio circense. Lucía Quintana, en el papel de Maribel, amortigua los rasgos más caricaturescos de la meretriz para subrayar la experiencia interna de una humilde costurera a quien los azares de la existencia conducen al arroyo. Markos Marín metido en la piel de Marcelino sabe jugar la duplicidad del incauto cándido que en el fondo no desea conocer la verdad para permitir la ocasión en que la esperanza se abra paso. Alicia Hermida y Sonsoles Benedicto, como doña Paula y doña Matilde, forman un magistral contrapunto de un expresionismo candoroso y alegre, otro triple salto mortal de Mihura que Gerardo Vera sabe plasmar extraordinariamente en escena.

Resulta así “Maribel y la extraña familia” un cuento maravilloso repleto de humor y amor cuya sabia subversión de la lógica nos proporciona una esperanzadora alternativa a la más ruda y cruel realidad. Por un milagro, esta obra maestra se ha salvado de la implacable crítica que las interpretaciones marxistas han aplicado a otras piezas soberbias, marcándolas con una cruz de repudio ideológico. Un empresario en la década de los años cuarenta, fabricante de chocolates, que ofrece dulzura y matrimonio a una joven que se ha envilecida como buscona tras la Guerra Civil, habría dado pie a muchas páginas sobre la apología de la explotación y los efectos alienantes en defensa del señoritismo. Quizá el humor desconcertante de Mihura le guareció de caer en ese índice del que otros no han podido ya salir nunca, y gracias a ello podemos disfrutar de un espectáculo tan gratificante como inteligente.

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