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RESEÑA

Vasco Pratolini: Las muchachas de Sanfrediano

domingo 27 de octubre de 2013, 12:26h
Vasco Pratolini: Las muchachas de Sanfrediano. Traducción de Amelia Pérez de Villar. Impedimenta. Madrid, 2013. 160 páginas. 16,95 €
Este año se cumple el centenario del nacimiento de Vasco Pratolini, el memorable autor de novelas como las Crónicas de pobres amantes (1947) o de guiones célebres como el del filme Rocco y sus hermanos(1960), dirigido por Luchino Visconti, referentes inexcusables del movimiento neorrealista italiano. La efemérides ha servido para que se traduzca por primera vez al español Las muchachas de Sanfrediano, novela central en la evolución narrativa de Pratolini, dotada de la virtud de hacernos revisitar con frescura el influyente estilo de los neorrealistas de la Italia inmediatamente posterior a la caída de Mussolini, que dio al mundo una sorprendente lección de vitalidad creativa como réplica a un estado de postración que para otros hubiese sido inhibitorio y castrador.

Las muchachas de Sanfrediano, con la distancia del tiempo transcurrido, nos permite, además, constatar la fluidez inventiva neorrealista, pertrechada de muchos más perfiles y facetas expresivas que superan con creces el anquilosado retrato oficial del movimiento, en donde este queda reducido poco menos que a una simple copia directa y abocetada de la nueva Italia postfascita. Un ejemplo vivo es Las muchachas de Sanfrediano, que rebasa en todas direcciones ese estereotipo. Vasco Pratolini la escribió inmediatamente después del éxito indiscutible de Crónicas de pobres amantes, elaboradas ambas durante su estancia en Nápoles, lejos de su Florencia natal, bajo una aguda nostalgia que le empuja a rememorar de forma punzante la vida florentina de una década anterior.

En Florencia se había iniciado en la literatura junto a Vittorini dentro de aquella corriente que se dio a conocer como “fascismo de izquierdas”, hasta que su experiencia en la lucha de la resistencia como responsable de las brigadas comunistas en el sector Flaminio-Ponte Milvio de la capital, le llevase a un nuevo estilo reflejado en Sector Flaminio. Puente Milvio y en Mi corazón en el Puente Milvio, donde maneja, utilizando sus propias palabras, un “material que arde”. Es el preámbulo a Crónica familiar, Crónicas de pobres amantesy Las muchachas de Sanfrediano, donde su prosa fluye, explora diversos recorridos e indaga múltiples registros hasta desembocar en Metello, primer tomo de la trilogía Una historia italiana, que supuso un hito en la superación de todos los presupuestos neorrealistas y su fase de liquidación histórica entre ardientes polémicas.

Las muchachas de Sanfrediano, que ahora por fortuna se vierte por primera vez a nuestro idioma, se encuentra, pues, en el pórtico de esa transfiguración definitiva, repleta de auténticas sorpresas para quien aún posea una imagen convencional y formularia de los autores neorrealistas. Vasco Pratolini acota, en primer lugar, un territorio muy específico y singularizado de Florencia: el barrio de Sanfrediano, en la orilla izquierda del río Arno, delimitado por la iglesia de Carmine y el Palazzo Pitti, albergando dentro de sus populosas calles el Hospicio, la Central de basuras, los cuarteles, y circundando la curva más amplia del Arno como si -nos dice Pratolini- la rodease la sonrisa de Dios, que hace que una civilización quede convertida en naturaleza.

Es un microcosmos arquetípico, a través del cual comprender el cosmos integral de toda Florencia e Italia al completo. Se trata de un recurso repetido por Pratolini, por ejemplo los vecinos de la calle Magazzini en Via de Magazzini o los habitantes de la calle del Corno en Crónicas de pobres amantes, un recurso que nos retrotrae al microcosmos de los pescadores creado en Los Malavoglia, de Giovanni Verga, en el punto de origen de todo el verismo italiano.

En ese animado y simbólico espacio urbano, el autor de Crónicas de pobres amantes centra su atención en el auge y caída de un miembro de la resistencia inmediatamente después de que los camisas pardas del fascismo han sido derrotados y ajusticiados en las plazas públicas: Aldo Sernesi, un apuesto luchador salido de las entrañas de Sanfrediano. Todo parece indicar que el relato va a discurrir dentro de los cánones de una literatura testimonial donde se ensalzará la figura de un héroe positivo de extracción popular, tal como exigían las directrices del realismo crítico que desde su esfera soviética imponía la doctrina de Georg Lukács. Muy pronto se rompe esa expectativa. Las muchachas de Sanfrediano descubren arrobadas que el joven Aldo Sernesi se parece a Robert Taylor en las películas proyectadas en el cine Orfeo. Sernesi va alcanzando el perfil de leyenda viva de un rompecorazones local, avalado por un físico de atleta, su elegancia y su espontaneidad, y embellecido por las muchachas que lo espían al pasar y lo idealizan según le sugieren sus jóvenes corazones y su imaginación fogosa. El Aldo Sernesi de la resistencia pasa a ser un mítico seductor que juega con un elenco de jóvenes seducidas, engañadas, rechazadas o utilizadas que llega a una cifra legendaria.

No es una casualidad que la fantasía femenina de Sanfrediano se encendiese en la sala oscura del cine Orfeo, porque ellas mismas irán adquirieron los rasgos de unas mitológicas “bacantes” florentinas de mediados del siglo XX, cuyo furor erótico se incrementa, se retuerce y se orienta al desenlace trágico de ese Orfeo de la antigua resistencia llamado Aldo.

Camino de ese linchamiento, descubriremos que Aldo Sernesi no fue un combatiente auténtico, sino un emboscado que se ocultó durante la lucha y que solo salió de su escondite cuando la batalla estaba ganada luciendo un ostentoso pañuelo al cuello de partisano. Su éxito como galán hace que se olvide de su propio nombre “Aldo” para sustituirlo por el de “Bob”, en su identificación gratificante con Robert Taylor, al que termina por imitar en todos los rasgos de su conducta. Sin duda, Vasco Pratolini nos ha ofrecido una jugosa estampa de la vida popular del pueblo italiano a través de una barriada de Florencia, pero su novela posee otras dimensiones. La historia rescata y reproduce el arquetípo mítico del dios Orfeo, y al mismo tiempo se transforma en una auténtica parábola política sobre la ascendencia norteamericana en la vida popular italiana de posguerra y un ajuste de cuentas simbólico con esa infiltración cultural.

Verismo sí, pero no constreñido a una copia mimética de carácter costumbrista, sino lleno de facetas múltiples y estimulantes que oscilan desde el sustrato mitológico hasta la alegoría política. Es decir, un neorrealismo vivo, abierto a suculentos registros que rompen los estereotipos anquilosados y estimulan un placer de lectura con sabrosos incentivos imprevistos en este centenario.

Por Rafael Fuentes
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