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Teatro de México en España

Cuerdas, de Bárbara Colio: El viaje inútil

domingo 03 de noviembre de 2013, 11:33h
Cuerdas, de Bárbara Colio
Directora de escena: Fefa Noia
Escenografía: Silvia de Marta
Iluminación: Pedro Yagüe
Intérpretes: Quique Fernández, David Luque y Carlos Martos
Lugar de representación: El Sol de York de Madrid


Por RAFAEL FUENTES

Conocimos “Cuerdas” primero a través de una lectura dramatizada en el Centro Dramático Nacional de Madrid, y una vez escuchada cabían pocas dudas de que la veríamos, tarde o temprano, representada íntegramente en una puesta en escena que completase los ingredientes que allí solo quedaban sugeridos. El resultado ha sido un relato escénico de apariencia sencilla, concreto, de una excepcional capacidad de síntesis, gratamente cercano, sobre tres personajes muy próximos y un cuarto muy lejano, que tras su inmediatez realista esconde una parábola de carácter universal.

En su plano verista, Bárbara Colio nos presenta a tres hermanos reunidos en distintas listas de embarque y vuelos, convocados por un padre que les abandonó en la infancia. Los fragmentos de ese viaje nos revelan a tres adultos singulares caracterizados por sus recuerdos rotos, sus rechazos y sus vacíos, en vez de por sus convicciones o proyectos, donde solo se percibe una nebulosa o simplemente un desierto de aspiraciones propias. En una era como la nuestra justificada por la realización de los deseos íntimos, ¿qué ocurriría si se evidenciase que una gran mayoría de seres humanos se define por lo que no sabe, por lo que no desea, por lo que rechaza, por lo que no acepta y repudia, negaciones a las que están atados por recias cuerdas que jamás romperán porque no sabrían en qué dirección querrían ir?

PIE DE FOTO El diseño escénico minimalista dominado por el simbólico color gris, pone sobre las tablas los elementos imprescindibles para sugestionar la mente del espectador e instalarlo imaginariamente en lugares diversos e inconcretos de un largo trayecto aéreo, impersonales aduanas, aeropuertos o asientos de aviones que jalonan el emblemático viaje de los tres hermanos. El tono costumbrista comienza a fracturarse cada vez que uno de ellos, paralizada la acción, rompe la cuarta pared para dirigirse directamente al auditorio y contarle confidencialmente su verdad oculta, o su mentira encubridora, o su profunda vacuidad, o quizá solo su desprecio. Pero la línea realista o costumbrista de “Cuerdas” queda limpiamente rota y superada mediante el cuarto personaje, el Padre, de nombre incierto, cuya presencia se hace cada vez más potente conforme avanza la obra, hasta adquirir una deslumbrante omnipresencia, a pesar, paradójicamente, de que nunca se muestra en el escenario. O quizás precisamente por ello. No está lejos la idea de que el ausente es el que puede alcanzar una más contundente presencia, y los personajes que no aparecen en el escenario tienen la potestad de adquirir proporciones gigantescas, sobrehumanas, míticas si es necesario, tal como Bárbara Colio tiene la destreza de llevar a cabo.

La autora ha comentado que la figura del padre en “Cuerdas” le fue sugerida en un documental sobre el famoso funambulista francés Philippe Petit. Y efectivamente, el paternal funambulista del drama de Bárbara Colio constituye un auténtico genio de las alturas para sus tres fascinados hijos quienes, más allá del resquemor por el abandono, se sienten hechizados por él y arrastrados, desde la distancia e incomunicación que les separa, hacia una emulación imposible de realizar. La pieza de la dramaturga mexicana alcanza aquí su más alta cota poética, metafórica, legendaria. Las relaciones de los hijos varones con sus padres trascienden la anécdota del equilibrista Philippe Petit. El padre funambulista, ante los ojos infantiles, es un ser que se pasea por las nubes, por medio de una cuerda floja entre dos rascacielos, como un progenitor que deambula por aspiraciones narcisistas mientras deja en el suelo a huérfanos con padres vivos. Encarna para el hijo los modelos que se imponen involuntariamente, deseándolos y rechazándolos simultáneamente. Los ideales que se perciben como inalcanzables, las conductas que se detestan y se envidian, las seguridades que se han esfumado hacia elevaciones inalcanzables. Incluso el dios de las alturas del que solo se reciben vagas noticias a través de esa nueva Biblia de hoy llamada internet.

En la literatura contemporánea encontramos un arquetipo mítico de esos vínculos en la obra de Franz Kafka. Si “La condena” representase la perspectiva de los hijos, “Un artista del trapecio” significaría el punto de vista del padre presente a través de su ausencia y sus dotes para el espectáculo: “Un artista del trapecio había organizado su vida de tal manera que permanecía día y noche en el trapecio…”, nos narra el genio de Praga. ¿Pero qué consecuencias desencadena ese férreo propósito de habitar perpetuamente en las simbólicas alturas para quienes se quedan a ras del suelo?

Su “cuerda” de funambulista asume así todo su potencial metafórico con la infinidad de modismos que nuestra lengua proporciona al campo semántico de la cuerda: dar cuerda, bajo cuerda, cabo suelto, soltar amarras, romperse la cuerda -perdón, romper el cordón umbilical… La proeza inútil del funambulista da cuerda a la vida de sus tres hijos, cuyas pasiones bajo cuerda les atan en combates familiares y amores dependientes, toda una red que les amarra entre sí, protegiéndoles y enfureciéndoles simultáneamente. Aunque el apoteósico desenlace final les obligará a romper amarras -esto es, cortar el cordón umbilical-, si ello es auténticamente posible.

La sencillez costumbrista del viaje aéreo nos ha trasladado, es cierto, de un espacio a otro, pero en realidad no nos hemos movido del mismo sitio, porque en lo más profundo hemos sido testigos de un viaje interno que ha de transportar a sus tres protagonistas desde la inseguridad e inmadurez hacia la toma de decisiones definitivas. Así debería haber sido. Pero el propio Franz Kafka nos avisa sagazmente: “El camino verdadero pasa por una cuerda, que no está extendida en alto, sino sobre el suelo. Parece preparada más para hacer tropezar que para que se siga su rumbo.” De esta forma Bárbara Colio nos advierte del peligro de emprender ciertos viajes de aprendizaje interior que quizás puedan desembocar en la misma indeterminación de propósitos con la que se iniciaron. Un riesgo creciente en nuestra época, que pudiera llegar a definirla. La autora nos otorga la capacidad de tomar conciencia, e intentar conjurar, esta destructora amenaza ofreciéndonos ser los privilegiados compañeros de viaje en este vuelo interior, plagado de fraternales tropiezos, de los tres desamparados protagonistas.
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