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RESEÑA

Eduardo Lago: Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee

domingo 03 de noviembre de 2013, 12:42h
Eduardo Lago: Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee. Malpaso. Barcelona, 2013. 286 páginas. 22 €
Los lectores que se acerquen a la última novela de Eduardo Lago deben prestar mucha atención a los detalles antes incluso de arrancar el envoltorio de plástico que protege el libro. Ni el nombre de la editorial, Malpaso, con “p” invertida, de disléxico; ni su emblema, la figura de un hombre con un libro abierto entre las manos que avanza en dirección opuesta a la de sus piernas; ni la imagen de la portada, un funámbulo caminando tranquilamente sobre la cuerda, parecen fortuitas. La sensación de premeditación se agudiza cuando advertimos el azul de los cantos -¿un homenaje a viejas colecciones de serie negra?- o cuando, abierto ya el volumen, descubrimos en la cubierta trasera esta frase de Virgilio: alios vidi ventos aliasque procelas (he visto otros vientos y otras tempestades), que en el contexto actual, con el anuncio reiterado de la muerte de la novela, el reconocimiento de la literatura basura y la deriva mercantil de las editoriales, parece sugerir cierta esperanza. ¿Atribuiremos a la casualidad que Malpaso inicie su andadura con una novela negra sobre el arte de la novela?

Ya lo he dicho. Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee es una novela negra, negra como Don Quijote es una novela de caballería. En ella encontramos los ingredientes más o menos típicos del género, pero en formas insólitas, levemente distorsionadas: el misterio lo suscita un libro, el detective es un escritor, el hampa el mundillo editorial. Hallux, el narrador, fascinado con la última novela de Nabokov, El original de Laura (un texto que Nabokov ordenó destruir antes de morir y que fue publicado por su hijo), contrata a un escritor fantasma (el narrador prefiere este giro al clásico “negro”) para que le ayude a desentrañarla. Cree que a la hora de realizar labores exegéticas este tipo de escritores tienen una ventaja sobre los autores de verdad: carecer de imaginación. El elegido es Stanley Marlowe. Por descontado, no es un nombre casual, ningún nombre lo es aquí. El suyo evoca al aventurero (“el doctor Livingstone, supongo”) y al detective de Chandler. Marlowe acepta inmediatamente el caso, pese a tener otros entre manos, en particular la redacción de la autobiografía de un magnate enfermo. El desarrollo de ambas investigaciones nos sumerge en una placentera atmósfera policial llena de ráfagas irónicas que dejan clara la intención crítica del autor. Los pasajes dedicados a editores, abogados y críticos literarios, sumamente divertidos, merecerían desde luego un comentario, pero en una reseña de urgencia hay que conformarse con lo esencial y lo esencial ahora es decir que la novela negra constituye uno de los nichos tradicionales del realismo, una posición estética contra la que se han alzado los grandes novelistas contemporáneos, Nabokov entre otros.

El encuentro con el manuscrito transforma a Marlowe. Sus peripecias como escritor detective van pasando a segundo plano comparadas con esa íntima transformación. Igual que en el Quijote, la verdadera aventura ocurre en su alma. Convencido de que El original de Laura no es una obra imperfecta, Marlowe la estudia a fondo hasta descubrir que contiene dos textos, Mi Laura y Morir es divertido, cada uno obra de un personaje, el amante y el marido de Flora, la protagonista. Nabokov, maestro en el arte de la composición, elaboraba artilugios narrativos enormemente complejos que no pueden leerse en línea recta. Marlowe lo sabe y trabaja hasta que da en el segundo de esos escritos con la clave que explica el conjunto: un procedimiento que permite adiestrar la mente para desencadenar en el cerebro un proceso placentero de autodestrucción. Borrarse, suprimirse, desaparecer de la obra para darle vida, ¿acaso no es este el fin del arte? Las connotaciones estéticas del hallazgo conmocionan a los escritores implicados -Hallux y Marlowe-, aunque no interesan a los editores que intentaban apoderarse de sus informes creyendo que habían descubierto un nuevo texto de Nabokov. Los villanos de la novela, buscadores de best seller -el Chacal, el Olisqueador de manuscritos, Gabardino Worm, Boulevard y Pecuchet- no se enteran de nada. ¿De qué les serviría a ellos saber que El original de Laura es una alegoría sobre el proceso mismo de la creación literaria si lo suyo es el negocio?

La tesis de que hay una relación íntima entre autodestrucción y creatividad recuerda a Nietzsche. Este decía que Dionisos, el dios de la ebriedad y la euforia, impulsa a sobrepasar los límites, empezando por la propia identidad, y que solo así es posible producir algo que valga la pena. El creador, de alguna manera, tiene que apartarse para hacer posible su obra. Pedir al novelista que desempeñe el papel relativamente tranquilizador que anhelan los editores es opuesto al arte. Literatura y realidad se encuentran en una permanente fricción. “El arte de la fricción”, proclama Hallux repetidamente. No es extraño, por eso, que en el momento en que desaparece Marlowe aparezca ante nosotros el único texto que ha escrito por propia iniciativa, Un torso sin rostro, donde se reflexiona sobre la pertinencia o no de abordar cuestiones que, al plantearlas, obligan a abrir la caja de Pandora de los propios sentimientos. La historia gira en torno a los turbios sucesos protagonizados por el hijo de Paul Auster y al libro que escribió la segunda mujer de este, Siri Hustvedt, relatándolos. Marlowe aplaude la decisión. “Hay veces que la única manera de llegar a la verdad es vistiendo a los hechos que se quieren entender con el ropaje de la imaginación”. Sus reflexiones anudan todos los cabos y permite a la novela cerrarse apolíneamente como una sinfonía cuyo leitmotiv, el proceso creador, estalla pleno de sentido en sus últimos compases.

Lago ha dicho recientemente en una entrevista que la novela del futuro será como El original de Laura. Es también lo que se deduce de su libro. Frente a la literatura complaciente, con su tendencia a reflejar lo real tal como creemos socialmente que es, la literatura de verdad está condenada a moverse en la zona de fricción entre realidad y fantasía, ese límite donde el autor se mueve haciendo equilibrios como un funámbulo (recuerden la imagen de la portada). Él mismo lo ha logrado de forma excelente con esta novela irreprochable a la que solo se me ocurre poner una pega personal: no habernos ofrecido algún verso del volumen de poemas titulado No basta con castrarlos, leído en una sesión de la Sociedad de amigas de Valerie Solanas, uno de los episodios más divertidos de la historia.

Por José María Herrera
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