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La Constitución, repudiada

lunes 04 de noviembre de 2013, 20:16h
Uno de los llamados “padres” de la Constitución de 1978, don Miguel (ahora Miquel) Roca Junyent, ha expresado y reiterado en estos últimos tiempos su convicción de que el modelo territorial de ese texto, que él ayudó a alumbrar, está agotado y superado, lo que significa que ya no se reconoce en nuestra vigente Carta Magna y que, por lo tanto, se impone una revisión de la misma. O, quizás y mejor: Arrojarla a la basura y hacer otra nueva a su medida. Habría estado muy bien que precisara desde cuándo se ha producido ese supuesto agotamiento. ¿Desde que el Tribunal Constitucional bajó los humos soberanistas del nuevo Estatuto catalán o desde la Diada de 2012, con aquella multitudinaria manifestación, que se interpretó por los nacionalistas como expresión de la “voluntat de tot un poble”? ¿O quizás desde la Diada de este año con su cadena humana, a la báltica, de no sé cuántos cientos de kilómetros?

Como todos los soberanistas/separatistas, Roca plantea la cuestión del “encaje de Cataluña en España”, partiendo del supuesto de que Cataluña está “desencajada”. Una hipótesis de la que tendrían que dar cuenta los propios soberanistas. En todo caso, Roca parece olvidar que la Constitución no es –no puede ser ni lo ha sido nunca ninguna Constitución española- un pacto entre territorios soberanos, sino que procede de la soberanía del pueblo español en su conjunto, sin que quepa de ninguna manera esa “especie de cesión de soberanía en relación a los ciudadanos de Cataluña para que aprueben su propio autogobierno”, que se inventa Roca. Un invento que demuestra que no se ha enterado –o no quiere enterarse- del verdadero significado de la Constitución que él apadrinó.

El caso es que, más como padrastro que como padre, repudia el texto de que fue ponente y lo hace con unos argumentos tan sorprendentes como peregrinos, que demuestran que este personaje, que, en cuando abogado en ejercicio, tiene una bien ganada fama de buen jurista, es un pésimo constitucionalista. Nada que pueda extrañar si recordamos que su más conocida aportación a la Constitución fue lograr introducir en el artículo 2 el término “nacionalidad”, sin ninguna tradición sólida y acreditada en el Derecho constitucional occidental y que, como algunos pocos dijimos en aquellos ya lejanos años, iba a servir de base y de pretexto para estas derivas secesionistas, con las que ahora nos toca bregar. De Austria-Hungría a la URSS, a Checoslovaquia o a Yugoslavia, ese “inocente” término sólo ha producido desastres y desgracias allí donde se ha aplicado.

Parece ser que Adolfo Suárez “se tragó” aquella imposición de Roca porque éste le había amenazado con que si no se aceptaba ese término, CiU no daría su voto a la Constitución. Pero nadie se cree que la palabreja fuera la clave. En aquel momento al nacionalismo catalán le interesaba no quedar marginado y hubiera aceptado cualquier texto porque no era el momento para petulantes bravuconadas como las de ahora. Además, ¿para qué sirven estas cesiones? Al PNV se le aceptó que se incluyera, en la Disposición Adicional Primera, la referencia a “los derechos históricos de los territorios forales”, como concesión para lograr su apoyo. Pero, con derechos históricos y todo, el PNV no votó la Constitución. CiU sí lo hizo pero, hipócritamente, se guardó de mostrar sus planes a largo plazo. ¡El juego que le iba a sacar a su supuesto apoyo a la gobernabilidad del Estado!
No hace tanto tiempo, cuando aún vivían todos los ponentes constitucionales (ahora han muerto, desgraciadamente cuatro de los siete), los pudimos ver manteniendo conjuntamente la tesis de que para reformar la Constitución era necesario un consenso, al menos tan amplio como el que hubo cuando se redactó; y, en segundo lugar, determinar, precisamente, los puntos que se iban a reformar. Ahora Roca se olvida de todo aquello, al menos de la primera parte, y mantiene la curiosa teoría de que algo que no es constitucional se hace constitucional “si hay voluntad política”.

Una posición que no es nueva porque en eso consiste precisamente el “decisionismo”, la teoría de Carl Schmitt, que inspiró y trató de legitimar el régimen hitleriano. La voluntad de uno, el führer, o del pueblo (el volk), que él representa, se impone sobre la norma que a Roca no le merece ningún respeto, porque, afirma, “la ley, por definición es efímera”. No explica, desde luego, dónde queda la seguridad jurídica en ese sistema basado en el supuesto derecho a decidir. No va a pasar Roca a los manuales de derecho constitucional por esta chocante máxima, que tiene mucho de irreflexiva machada: “No hay ningún valor en la Constitución, ni uno, que pueda poner en cuestión un principio fundamental: la libertad descansa en la obligación de escuchar”. Dicen las crónicas que cuando Roca hizo estas afirmaciones ante la Comisión de Estudio del Derecho a Decidir, en el Parlamento catalán, lo hizo “visiblemente airado”; no me extraña porque sólo desde una impremeditada iracundia se pueden lanzar tales disparates.

Se enfada también Roca con el Tribunal Constitucional por la cuestión de la supuesta condición de “nación” de Cataluña: “Lo que me irrita más es que quieran discutirme que Cataluña se declare nación o no nación. ¿Pero qué se han creído? Me siento nación y digo que soy nación.” Argumento más bien endeble si recordamos que existe una paranoia que consiste en que algunos se sienten y se creen que son un famoso concreto. Es bien conocido que, en tiempos, abundaban los que se creían Napoleón… Supongo que ahora eso está pasado de moda. Pero a la nación no la hace la lengua ni la raza sino, como dijo Renán, “haber hecho grandes cosas juntos en el pasado y querer seguir haciéndolas en el porvenir”. Y los catalanes, junto con el resto de los españoles, han hecho y siguen haciendo muchas y grandes cosas juntas. Desde antes de los tópicos quinientos años, como lo fue aquella común empresa de todos los hispanos que se llamó la Reconquista, que ahora parece que no es algo políticamente correcto.

Y, sobre todo, a las naciones las hace la historia con sus inapelables veredictos y Cataluña –que nunca ha sido reino ni Estado independiente- hace muchos siglos que comparte destino y forma parte integrante de la que ha sido considerada, cronológicamente, primera nación europea, España. Además, las naciones no son producto de ningún solipsismo sino que se hacen y son reconocidas ante el gran teatro del mundo, eso que se llama ahora la comunidad internacional, que ha visto siempre a Cataluña y la sigue viendo como una parte inseparable de España, dotada sin duda de sus propias características, como los andaluces, los gallegos o los castellanos. Con diferencias similares a las que separan a los de Hamburgo de los de Munich o a los milaneses de los sicilianos.

Uno de los tres ponentes constitucionales que, afortunadamente, siguen con vida, Miguel Herrero de Miñón, escribió, a propósito precisamente de los derechos históricos, lo que sigue: “La autodeterminación de una magnitud histórica es su propia existencia histórica, con sus condicionantes y sus posibilidades, y no puede sustituirse por la decisión momentánea de un plebiscito, ni podría renunciarse en virtud de un plebiscito contrario”. No puede imaginarse una más categórica descalificación de esa pretendida consulta que, tan irresponsablemente, propicia ese Kerensky catalán que es Artur Mas, empeñado en abrir esa caja de Pandora en que, con toda seguridad, se convertiría esa desgraciada pirueta.
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