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El secreto de las comunicaciones en peligro

Juan José Solozábal
martes 05 de noviembre de 2013, 20:03h
Lo primero me parece sería no frivolizar sobre el alcance de las filtraciones a The Guardian y The New York Times provenientes de Edward Snowden, el antiguo empleado de los servicios secretos americanos . Me parece que se frivoliza cuando se rebaja su relieve, apuntando que las mismas no dejan de ir en la dirección en que caminamos todos nosotros, cada vez más dispuestos , a traves de Internet, a retransmitir nuestras vidas, haciéndonos dependientes del eco en los demás, con superficialidad exhibicionista, y reduciendo el espacio de nuestra privacidad, que en el fondo no valoramos. Hay miles de aspirantes a participar en esos programas de televisión con techo de cristal en que se convive al aire. En una novela de gran éxito en Estados Unidos, The Circle, de Dave Eggers, se da cuenta de lo que es la vida en un falansterio transparente o neocomuna total, como espacio o burbuja en la que todo se comparte y no hay secretos entre sus miembros. En España estamos cansados de leer que Rajoy no ha superado su mosqueo por, al parecer, no haber sido suficientemente espiado. En el último número de Die Zeit un sesudo comentarista, Ludwig Greven, está incluso dispuesto a sacar algo positivo de la crisis del espionaje: desenmascarar a Obama que incurre en los mismos vicios totalitarios que los anteriores presidentes del Imperio, o el placer de ver a los dirigentes de los servicios de espionaje (la NSA americana o el GKHQ británico) dando explicaciones sobre sus actividades cuando antes pasaban por poderes omnímodos.

La verdad es que lo que sucede es gravísimo: se produce un acopio privado de nuestra privacidad por compañías como Google o Facebook, referente a nuestros mensajes o llamadas, tratados en su contenido o como metadatos, (información sobre quien se comunica y con quien , de donde hacia donde, sin materia incluida ) puestos a disposición de los servicios de inteligencia de los gobiernos de los Estados Unidos o el Reino Unido. Nuestra mentalidad liberal puede aceptar que los espías se espíen mutuamente, pues todos admitimos que haya en la política internacional un espacio oscuro en donde persista la conducta sin reglas en el más puro estilo hobbesiano. Otra cosa es que perdamos nuestro derecho a la privacidad en manos de un poder que no controlamos y ante el que verdaderamente, a pesar de la globalización, no cabría hacer valer nuestras libertades.

¿Qué podemos hacer entonces?. Antes de nada reiterar la importancia en los sistemas constitucionales, a los que pertenecen los Estados Unidos, el Reino Unido y España, del derecho a la privacidad que no ha periclitado por los avances tecnológicos, aunque ahora está expuesto a más riesgos y sea más fácilmente atacable. Y ello tanto se considere el derecho a la privacidad desde un punto de vista individual, como derecho a la reserva, a quedarse solo, derivado de la dignidad de la persona. O desde un punto de vista objetivo, pues estos derechos de los que hablamos tienen, si se puede decir así, paradójicamente importancia pública, pues son expresión de la separación de la sociedad del Estado , consustancial al Estado constitucional, en el que se distingue el ámbito de lo público, de la organización o el sistema político, y la esfera de la vida privada. Solo las dictaduras confunden absolutamente los dos planos de los que hablamos, pues en tales formas políticas la separación entre la sociedad y el Estado desaparece.

Claro que los derechos a la privacidad, como todos, son limitados. Y pueden ceder ante exigencias que tienen que ver con la protección de la seguridad, o necesidades frente a la lucha antiterrorista. El problema es responder en términos apropiados a los riesgos que amenazan al sistema constitucional, que ha garantizar los derechos de todos y la permanencia del propio Estado. Es inconsecuente cuestionar la legitimidad para tratar informáticamente unos datos que nos suministran informaciones capitales respecto de las intenciones o los preparativos de los terroristas que somos los primeros en solicitar. Pero hay que reducir en la medida de lo posible el costo de una trasparencia, no querida, que con gran facilidad pasa los umbrales de lo razonable. En estos momentos hay cinco millones de cámaras en espacios públicos en el Reino Unido, nos dice el editor de The Guardian, Alan Rusbridger y pronto se espera que se podrán conectar con micrófonos que recojan las conversaciones de los transeúntes, para su eventual tratamiento.

En estas circunstancias hay que reafirmar el mérito de los instrumentos de control de la actuación de los servicios policiales, que las constituciones, entre ellas la nuestra, hacen posible : control judicial en lo que se refiere a la justificación de cada intervención, impidiendo que se haga utilización fuera del caso al que se refería la interceptación de las comunicaciones, y control parlamentario en el que se produzca la comparecencia frecuente de los directores de los servicios secretos. Se trata de impedir una pendiente que acecha a nuestras democracias, que denunciaba recientemente en las páginas de la London Review of Books el antiguo juez de apelación Sir Stephen Sedley, al preguntarse por la suerte del sistema de separación de poderes-legislativo, judicial, ejecutivo-, que convencionalmente derivamos de Locke, Montesquieu y Madison . Pues la verdad es que el aparato de seguridad, señala Sedley, hoy ejerce en muchas democracias un poder sobre las otras ramas del Estado que equivale a su autonomía, “procurándose una legislación que prioriza sus propios intereses sobre los derechos individuales, determinado las decisiones de los gobiernos, impidiendo a sus antagonistas el acceso a los tribunales, y actuando casi fuera del escrutinio público”. ¿Orwelliano, no?

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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