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El PP y las televisiones autonómicas: ¿heroísmo o suicidio?

miércoles 06 de noviembre de 2013, 19:52h
Vaya por delante la desolación que produce la pérdida del trabajo de mil setecientos compañeros de profesión con el cierre de la Televisión Autonómica de Valencia. Es otra tormenta de las que han dejado sin casa laboral a muchos miles de periodistas desde el comienzo de la crisis.

Este caso, sin embargo, además de inspirar tristeza y solidaridad, tiene dimensiones políticas de la máxima importancia. Porque es la primera televisión autonómica que pincha la burbuja de los entes televisivos nacidos al socaire de la distribución territorial del Estado en Autonomías, y la primera televisión pública que se deja caer por un gobierno regional por motivos de eficiencia en el uso del dinero público frente a sus propios intereses políticos.

Este último punto es crucial. Alberto Fabra, presidente de la Generalidad Valenciana, ha tomado una decisión que, sobre el papel, perjudica sus intereses electorales. Porque a nadie se le escapa que las televisiones autonómicas son sensibles al poder político que las administra, y en el caso de la Comunidad Valenciana, éste era del PP en un momento en el que ese partido es vulnerable en su propósito de mantener la mayoría absoluta que siempre precisa para gobernar, ante la oposición unida de la izquierda.

Es curioso que nos hayamos pasado la vida oyendo críticas a las televisiones autonómicas por su dependencia política, como ha hecho el PSOE durante décadas en Valencia, y sea ahora el PSOE el que pone el grito en el cielo por el cierre. Pero eso, hoy, es lo de menos. Lo importante es el debate sobre si son precisas las televisiones autonómicas. O, para decirlo más concretamente, si lo son para la ciudadanía, dando por hecho que alguna utilidad tendrán para el poder político.

Fabra ha tirado por la calle de en medio. La Justicia, que siempre es ciega, y esta vez aún más, ha decidido declarar ilegal un ERE que suponía la única esperanza de viabilidad económica para una empresa pública insostenible. Un ERE que hubiera sido muy duro, con alrededor de mil trabajadores a la calle, pero que ahora terminará con las mil setecientas víctimas antes enunciada. Y el presidente valenciano en una Autonomía especialmente castigada por la crisis (la catástrofe inmobiliaria le ha afectado implacablemente) no tenía demasiados puertos donde refugiarse. O los ciento ochenta millones de euros anuales que cuesta la RTVV o más recortes en Sanidad o Educación.

Es cierto que otras Comunidades Autónomas anteponen sus televisiones a sus quirófanos. Es el caso de Andalucía o, especialmente, de Cataluña. Pero ahí, en la Comunidad catalana está clara la necesidad de su emporio televisivo que cuesta a los ciudadanos más de trescientos millones de euros anuales. Allí hay que hacer país, hay que adoctrinar en la soberanía. Los hospitales son secundarios ante ese gran surgimiento nacional que encandila a los nacionalistas casi tanto como su propio poder.

El Gobierno valenciano no ha querido hacerlo así. Y es difícil saber si se lo recompensará el electorado. Probablemente no. Pero la decisión de Fabra tiene sentido, porque las televisiones son o negocio o lujo. Y no es fácil hacer negocio con las televisiones públicas, ya que no tienen la libertad de las privadas para sacar partido comercial a sus medios con la televisión como espectáculo. Tienen condicionamientos culturales y de servicio público (y en el caso de Valencia, también idiomáticos) que les impiden alcanzar audiencias rentables. La historia de sucesivos clientelismos las ha agigantado, y ni siquiera se les permite judicialmente el adelgazamiento. Sólo pueden sobrevivir con grandes inyecciones de dinero público, pero éste, ay, ya no queda.

Fabra en particular, y el PP en general, pueden ser considerados cándidos al perder voluntariamente sus posibles aparatos de propaganda. Pero no se negará que también tienen un punto de heroísmo o de sacrificio, al anteponer las necesidades ciudadanas a sus intereses personales. Una práctica impensable para un nacionalista o para el propio PSOE, que ya se ha apresurado a decir que si gobierna en Valencia se montará otra televisión. Y por supuesto que lo hará, con la elección cuidadosa de una plantilla entera a la que blindará para siempre ante la hipótesis de cualquier futura pérdida de poder, para tener un caballo de Troya como ya ha hecho en ocasiones anteriores.

El siguiente caso puede estar en Madrid. La televisión autonómica también está pendiente de la decisión judicial sobre un ERE de unas ochocientas personas sobre una plantilla en torno a mil cien. Si, como en el caso de Canal 9 resulta negativa, el Gobierno de Ignacio González también cerrará Telemadrid.

Y tampoco tardará mucho otro gobierno autonómico del PP, el de María Dolores de Cospedal en Catilla La Mancha, en privatizar su ente público (en caso parecido a cómo funciona la televisión de Castilla y León). Una salida la de la presidenta castellano manchega que puede tomar, pero que es imposible en Telemadrid y en Canal 9 por sus abultadísimas plantillas y por su terrorífico pasivo.

En una palabra, el PP se deshace del control de sus presuntos medios de propaganda política. Y lo hace en su peor momento, a punto de abordar el proceso electoral para las municipales y autonómicas que pinta mal para sus intereses (aunque la última encuesta permite respirar algo a Rajoy en el plano nacional).

¿Unos suicidas, o personas de convicciones? ¿O, ni una cosa ni la otra, sino gestores sometidos al imperativo del peor momento económico de la democracia española?

Ahora, las grandes voces liberales de la derecha española habrán visto cumplir parcialmente su deseo, pues siempre han considerado superfluo ese gasto descomunal. Y digo parcialmente porque los más cercanos, los del PP, lo harán. Y los adversarios ideológicos mantendrán contra viento y marea sus chiringuitos televisivos socialistas o nacionalistas.

Es la gran paradoja de gobernar. La seriedad en el gasto público dificulta la perpetuación en el poder. El dispendio, la hipoteca, la deuda, las subvenciones y el clientelismo, amarran el poder. Por eso la izquierda siempre tendrá ventaja, y a la derecha sólo le quedará la victoria cuando se le necesite para salir de la ruina generada por sus adversarios. Por eso, puedo prever que cuando empecemos a salir de la crisis con la sangre, el sudor y las lágrimas administrados por Rajoy y los suyos, tendremos rápidamente el relevo alegre y juvenil de quienes podrán volver a gastárselo todo en bonitos guateques, incluso creando otras televisiones para su mayor gloria.

Por eso, pueden quedarse tranquilos quienes temen el fin de las televisiones autonómicas. Sólo se cerrarán las que pueden beneficiar al PP.
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