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Socialismo sin brújula

lunes 18 de noviembre de 2013, 20:21h
El dirigente de los socialistas catalanes, Pere Navarro, es todo un campeón del oxímoron (“estructura sintáctica de dos palabras de significado opuesto, que originan un nuevo sentido”) o quizás nos hallamos ante todo un genio de la dialéctica. Esa dialéctica que Marx copió de Hegel y que consiste en que “dos opuestos, tesis y antítesis, se resuelven en una forma superior o síntesis”. Si no, no se explica que reitere su deseo de llevar a cabo un referéndum –que él, púdicamente, llama “consulta”- pactado con el Gobierno de la Nación. Y lo repite, precisamente el mismo día en que Rajoy ha insistido que con la soberanía nacional no se juega. O sea que de referéndum o consulta, nada de nada. La soberanía, recordemos, es única e indivisible según la Constitución, el sentido común y la historia. Pero Navarro y los demás nacionalistas catalanes quieren jugar con ella a la ruleta rusa del referéndum.

Sumido en su propia contradicción, Navarro explica que quiere para los catalanes el “derecho a decidir”, forma, también púdica y de “a ver si cuela”, con que ahora denominan los nacionalistas al supuesto derecho de autodeterminación. Pero añade inmediatamente que lo quiere para decir “no” a la pretendida independencia de Cataluña. Es decir, quiere el derecho de autodeterminación para no autodeterminarse. No me digan que no es todo ello una exhibición de agudeza de espíritu. Si Hegel levantara la cabeza se quedaría patidifuso ante tamaño ingenio dialéctico. La síntesis de ese caos dialéctico debe ser ese federalismo que no quieren los nacionalistas ni los demás partidos nacionales. Intentar vender una mercancía que nadie quiere es el colmo de la ingenuidad. O es que los socialistas se nos han convertido a la teoría de la oferta, que hasta ahora les parecía odiosamente neoliberal.

Claro que casi hay que aplaudir a este dirigente catalán, tan nacionalista como socialista, si no más, porque ha logrado que su propuesta – consulta pactada, supuestamente, con el Gobierno- la aprueben casi el 85% de su Consejo “Nacional” y ha dejado en minoría a los que aspiraban a una contradicción constitucional aún más sorprendente: Que el Gobierno trasfiera a la Generalidad catalana la competencia de convocar referendos. Es decir, denme la posibilidad de utilizar esa guillotina que es suya, porque quiero cortarles la cabeza.

Algún comentarista se lamentaba estos días de que los socialistas, convertidos –o pervertidos- al nacionalismo hubieron echado por la borda el internacionalismo que les definía y echaba la culpa a Zapatero. Pero creo que se equivoca. Zapatero en este asunto, como en casi todo lo demás, ha sido un desastre, pero lo cierto es que el enredo de la izquierda marxista con el tema del nacionalismo viene de mucho más atrás. A principios del siglo XX, se desarrolló una interesante polémica entre Lenin y Rosa Luxemburgo sobre la cuestión nacionalista. Mientras ésta postulaba el internacionalismo más estricto y se oponía al establecimiento de fronteras nacionales, Lenin estaba dispuesto a admitir el derecho de secesión, sobre todo si así se debilitaba el imperio zarista. Más moderados, los llamados austromarxistas, Bauer y Renner, se conformaban con la autonomía cultural, manteniendo la unidad política y de mercado.

Cuando Lenin llegó al poder aplicó, por supuesto, el centralismo más estricto, aunque las constituciones soviéticas admitían un teórico e ilusorio derecho de secesión para las repúblicas de la URSS como retórico homenaje al llamado “derecho de los pueblos”. A Gorbachov le exigieron ese constitucional derecho de secesión los tres países bálticos y ya no logró parar el proceso de desintegración que empezó en Lituania y siguió en todas las demás repúblicas que formaban la Unión Soviética. En Checoslovaquia se produjo el llamado “divorcio de terciopelo” sin consultar a los pueblos, checos y eslovacos, porque se sabía que no querían la secesión. Fue un enjuague de los dos presidentes, Klaus y Méciar, dos personajes más bien siniestros. Y en Yugoslavia optaron por resolver el problema a tiro limpio. Delicias de la autodeterminación y del derecho a decidir
La idea de que los socialistas catalanes no eran nacionalistas hasta hace bien poco me parece que es totalmente falsa como puede apreciar cualquiera que haya conocido la Cataluña de la época de la Transición. La parte “progre” de la burguesía catalana que, por diversas razones, no se sentía próxima a ni cómoda con el pujolismo (desde los Raventós a los Maragall y tantos más) formaron el PSC con lo poco que había del PSOE en Cataluña y otras pequeñas formaciones. Siempre ejercieron el mando y siempre se consideraron un partido distinto y diferenciado del mesetario y “tortillero” PSOE. (Me refiero al famoso “clan de la tortilla”, alma mater del socialismo andaluz). Felipe González logró meterles en vereda, pero nunca dejaron de lado, por ejemplo, su pretensión de tener grupos parlamentarios propios. El grupo de la Entesa en el Senado es un resto de aquellas viejas aspiraciones.
Personalmente me llamó mucho la atención una anécdota que viví en Barcelona, en aquellos ya lejanos años apenas iniciada la democracia. Estaba yo en la capital catalana para algún acontecimiento de tipo académico y un amable profesor, que no ocultaba su militancia en el PSC, me acompañó por las siempre agradables calles de Barcelona. A lo lejos vimos una manifestación de extrema derecha algunos de cuyos componentes enarbolaban la bandera nacional. Mi colega me dijo: “Tiene que ser muy fastidiado que esos fachas se apropien de tu bandera”. Le contesté rápidamente: “¿Cómo que de mi bandera? ¿Es que acaso no es también la tuya?”. La respuesta de aquel socialista catalán, hombre ilustrado y moderado, me dejó sorprendido: “No. Sinceramente, yo no me siento identificado con esa bandera. La mía es la senyera”.

A partir de ahí iniciamos una amistosa pero relevadora conversación. “No me irás a decir que eres independentista; no lo entendería en un socialista”, le dije yo. “No, no soy independentista”…pero casi sin solución de continuidad añadió: “Aunque ahora no sea el momento, no me negarás que no sería bonito una Cataluña independiente… ¿Qué nos falta para serlo? Tenemos nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra historia propia, nuestra economía. Tenemos una extensión territorial similar a las de Bélgica y Holanda. ¿Por qué no podríamos ser nosotros independientes?” Comprendí entonces que el nacionalismo e incluso el secesionismo es en Cataluña horizontal y que no está limitado a los que se autotitulan nacionalistas. Ya entonces existía en el PSC. Y de Zapatero nadie había oído hablar.

Creo –a juzgar por las encuestas- que la mayoría de los catalanes no son independentistas. Lo es una minoría, sin duda amplia y poderosa, que ha llevado a cabo una persistente operación de intoxicación de la sociedad catalana y que ha logrado establecer como única posición políticamente correcta la de secesionismo y el mal llamado derecho a decidir. Manejando los bien conocidos mecanismos de la espiral del silencio ha reducido a la marginalidad a quienes no comparten el credo oficial. Con el miedo, que utilizan hábilmente este tipo de regímenes, ha establecido un cordón sanitario en torno a los que, sin mayor problema, se sienten a la vez catalanes y españoles y los ha condenado a la exclusión y al lazareto.

El PSC –como muestra su reunión del pasado fin de semana- va dando tumbos por un camino que no sabe adónde le lleva porque no lleva ni brújula ni GPS. Y el PSOE, igualmente perdido en su laberinto, carece ahora de la autoridad que tuvo en otro momento para imponer la sensatez a sus compañeros catalanes, entre otras cosas porque también él mismo carece totalmente de sensatez. No hay más que ver su conferencia de la semana pasada, sacando el añejo anticlericalismo del baúl del abuelito. Mala cosa es que un ciego quiera guiar a otro ciego. Esta frase está en ese Evangelio que, según parece, Rubalcaba ha reconocido que no leen los socialistas. ¿Leen algo?
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