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C. S. Lewis, un escritor fundamental

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Al parecer la muerte de C. S. Lewis pasó relativamente desapercibida. Se le ocurrió morir el mismo día que asesinaron a John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, y el gobernante norteamericano acaparó todas las portadas y noticias, cuyos detalles y complejidades conservan vigencia.

Lewis, o Jack, como le llamaban sus amigos, había nacido en 1898 en Irlanda. Sin embargo, desarrolló casi toda su vida activa en Inglaterra, como profesor en las universidades de Oxford y Cambridge, así como en sus tareas de escritor activo y polifacético. Probablemente sus libros más conocidos sean las Crónicas de Narnia, con numerosas ediciones y que han sido llevadas al cine, pero además de literatura conocemos su obra en teología, filosofía, ensayos y sermones, obras académicas e incluso algunas que parecen inclasificables, además de las memorias que escribió sobre la primera parte de su vida. El objetivo de ellas no era tanto narrar sus días como un proceso más profundo que determinaría el resto de su vida. En efecto, Cautivado por la alegría (Madrid, Ediciones Encuentro, 2008) se refiere a sus estudios de colegio, sus lecturas juveniles y a su proceso de conversión espiritual, desde su original ateísmo hasta el encuentro de Dios. “Recé, quizá fuera, aquella noche, el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra”, comentaría en su libro sobre este momento decisivo.

Otro instante crucial en este proceso, con importantes connotaciones literarias, fue el conocimiento de J. R. R. Tolkien, quien después se transformaría en el famoso autor de El Hobbit y El Señor de los Anillos. En principio marcó la caída de dos viejos prejuicios de Lewis, contra los papistas (católicos) y los filólogos, pues “Tolkien era ambas cosas”. Tiempo después, en el Magdalen College de Oxford, donde enseñaba Lewis, tuvo una decisiva conversación con el propio Tolkien y Hugo Dyson, que el propio converso explica en una carta donde señala la influencia de Tolkien y su explicación sobre los mitos, como un aspecto relevante en el cambio de sus ideas. Las anécdotas asociadas a esto aparecen muy bien narradas en el excelente ensayo de Humphrey Carpenter, The Inklings (Harper Collins, 1977), que narra la historia amistosa y literaria del propio Tolkien y Lewis, además de Charles Williams, Owen Barfield, Warren Lewis, Nevill Coghill y otros tantos que asistían con más o menos frecuencia a esas tertulias que se hicieron famosas en el Eagle and Child, pub de la ciudad de Oxford que sería reconocido gracias a estos escritores. La importancia de esta amistad queda reflejada muy bien en el capítulo respectivo de Los cuatro amores (Madrid, Rialp, 2000).

Hace algunos años conocí y tuve la oportunidad de hablar largamente y en distintas ocasiones con Walter Hooper, secretario personal de Lewis en sus últimos meses y que llegaría a ser el albacea literario del escritor. En su casa en la histórica ciudad universitaria tenía un busto del escritor de origen irlandés y en lo profesional estaba concentrado en la preparación de un completo epistolario que finalmente significó la edición de tres tomos que suman unas tres mil páginas en total. Se sentía entusiasmado con su tarea, que combinaba con una especie de diario de vida personal y de la ciudad de Oxford que tenía ya miles de páginas, aunque no necesariamente verían la luz pública. Estaba convencido de que la vida de Lewis no había terminado en 1963, sino que debía proyectarse hasta el presente, con nuevas obras, estudios biográficos y recolección de documentos que podrían ser de interés. Así ha sido felizmente.

En sus últimos años Lewis vivió una experiencia que fue mal comprendida por sus amigos, cuando se casó con Joy, cuya enfermedad pronto la arrastró a la muerte. Esa amistad se había proyectado al margen de su grupo habitual y de alguna manera ensimismó a Jack. Tras la muerte de su mujer, escribió un libro notable por lo profundo y dramático, que tituló Una pena en observación (Madrid, Anagrama, 1994), donde se le aprecia abatido, con “una pena que se siente igual que el miedo” y enojado con Dios por haberle enviado esa prueba. Aparece así distante del hombre que había teorizado en El problema del dolor (Madrid, Rialp, 2001).

Este tema, el dolor, el sufrimiento, representa un ejemplo adecuado para entender a Lewis con sus matices e incluso contradicciones. Era un hombre reflexivo, que vivía y pensaba sobre su vida, que no sólo se había convertido a la Iglesia Anglicana, sino que también expresaba sus convicciones en obras tan profundas como Mero Cristianismo, Cartas del diablo a su sobrino (libro sencillo y extraordinario) y otras tantas donde Dios, el cielo, el pecado y otros temas se vuelven centrales y objeto de su vocación por expandir la fe.

Es verdad que, por lo mismo, los lectores con fe o más proclives a los asuntos religiosos pueden leer con mayor interés a C. S. Lewis, pero también es cierto que su literatura tiene valor en sí y puede ser leída con provecho también por quienes no comparten sus convicciones, como ocurre en autores como Chesterton, por mencionar a uno que fue influyente para Jack. Las películas sobre el escritor también han contribuido a revitalizar su figura décadas después de su muerte, fenómeno que también ha acompañado a su amigo Tolkien.

La lectura de C. S. Lewis en su polifacética obra sigue siendo un privilegio. Algunos se concentrarán en la religión y la conversión, otros en su reflexión sobre los grandes temas humanos (el amor, el dolor, la muerte), muchos apreciarán simplemente su obra de literatura fantástica y la creatividad que inunda sus libros. En cualquier caso, todos agradeceremos sus años de generosa actividad intelectual que, a cincuenta años de su muerte, nos permite seguir gozando de sus personajes, de sus ideas, y ciertamente también de su vida.
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