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Una mirada al Reino Unido

Juan José Solozábal
martes 19 de noviembre de 2013, 20:19h
El semanario The economist acaba de dedicar un especial a la situación política del Reino Unido (Littled England or Great Britain) que merece alguna atención. Comenzando por el género del reportaje, ayuno de estridencias o apriorismos partidistas, pero con innegable agudeza de análisis, sazonado además con una pizca de doctrinarismo liberal típico de la casa. Un periodismo de alta calidad, en suma, que no podemos menos de admirar desde la actual situación de nuestros medios, en los que se practica, en cambio, por lo general, un periodismo de consigna, tutelado e intelectualmente endeble.

La tesis del ensayo es que el Reino Unido se encuentra en una peligrosa coyuntura en la que ha de resistir al riesgo del ensimismamiento y el repliegue, que le acechan si triunfa el independentismo escocés y se imponen las corrientes nacionalistas que propugnan abandonar la Unión Europea, y que tienen fuerza no sólo en las filas de los conservadores sino en el seno del laborismo. Un Estado en una paralizante situación provisional mientras no se celebre el referéndum escocés de Septiembre de 20014, y antes de finales de 2017, si se mantiene el calendario, el de la pertenencia a la Unión Europea.

Para el Economist un Reino Unido sin Escocia será un Estado demediado en su potencial, y además desprestigiado, “un país que no puede mantenerse unido no está en posición de enseñar a los demás cómo manejar sus asuntos”; lo que le espera a un Estado británico fuera de Europa es la insignificancia política, obligado a actuar en un sistema sobre cuyas reglas carece de control, perdiendo además significado su situación privilegiada con América como puente en Europa. Gran Bretaña , desde Europa, se concluye, debe continuar abierta a la emigración, especialmente si es cualificada, y disputar, sobre todo en el campo de los servicios, las oportunidades de la globalización.

Me llaman la atención en el especial algunas observaciones, respectivamente,
sobre la emigración, la política acerca de Europa y la devolución. El reportaje traslada una visión muy optimista sobre la condición multirracial de la sociedad británica, certificando el éxito de la política inmigratoria aplicada. Los británicos serían más tolerantes que otros europeos. En el 2011, los desempleados de origen británico eran el 7%, mientras que los inmigrantes sumaban el 8% . En Suecia, con fama de tolerancia igual de alta, el gap del desempleo era mucho más amplio, 7% para los nativos y 15% para los emigrantes. Gran Bretaña es el único país de Europa en el que la probabilidad de que los inmigrantes abandonen la escuela es mas baja que en el caso de los nativos. Según el reportaje los islotes a la integración que permanecen pueden reducirse exclusivamente con medidas concretas de tipo asistencial y educativo. The economist atribuye a la frontal beligerancia de los poderes públicos la derrota del racismo y de la islamofobia, aunque estas actitudes no hayan desaparecido totalmente. “En los años 70 se declaró ilegal la discriminación por motivos de raza en el empleo y la vivienda. Desde los años ochenta la policía ha estado sometida a presión para evitar comportamientos racistas. Se ha criminalizado el lenguaje del odio (hate speech)”.

The economist recuerda el arraigo de las reticencias británicas en relación con la Unión.“Gran Bretaña ha asumido, de ordinario, el proyecto europeo tarde y a regañadientes, criticándolo desde una posición lateral, e incorporándose al mismo solo cuando quedar fuera era la peor opción”. Será insensato salir de Europa ahora que la Unión se ha britanizado hasta cierto punto, asumiendo la conveniencia de reducir los aparatos de los Estados, aunque no renuncie a un intervencionismo normativo insoportable. Lo que debería hacer Gran Bretaña es unirse a los países, como Holanda, que buscan detener la integración en algunos dominios; pero no es sensato pretender repatriar poderes u oponerse a la “Union cada vez más perfecta” que se establece como objetivo constitucional de Europa en estos momentos. Hay que defender desde dentro los principios de subsidiariedad y proporcionalidad, y abandonar la política de la excepcionalidades u opt-outs. ¿Dónde situarse sin Europa, de otro lado?.Sería abandonar la tradición nacional de influir (o mandar), contando con que la insignificancia en Europa, haría menos útil también para America. “Aunque Gran Bretaña no es el puente esencial entre Europa y America, como creyó un ufano Tony Blair, es no obstante bastante importante”.

Las observaciones sobre la devolution, por último, son bien interesantes, aunque se hacen desde posiciones claramente unilaterales, que podríamos llamar a la vez holistas e individualistas. El referendum de Escocia, de perderse, sería catastrófico para el Reino Unido: no se ve entonces como una oportunidad sino como un riesgo, quizás temerariamente asumido, pues Escocia mayoritariamente no quería la independencia sino un mejora en su posición constitucional. Para el Economist las satisfacciones identitarias son menos importantes que las pérdidas políticas o económicas que la independencia, desde su punto de vista, conllevaría.

La devolución no merece un juicio positivo, pues la descentralización no ha detenido las demandas particularistas; al revés, las oportunidades para el independentismo en Escocia han aumentado, y además hay nuevas demandas de poderes en Gales y en Irlanda.

De otro lado, la descentralización es cada vez más disfuncional para el sistema constitucional: retrasa la modernización del sistema político, cuyos rasgos tradicionales se encastillan en los territorios descentralizados; y se consagra una desigualdad institucional difícil de mantener desde el punto de vista de las exigencias generales. Nuevamente se plantea la cuestion Lothiana: A medida que las administraciones devueltas se hacen más fuertes, y sus políticas, incluyendo la de una menor presión fiscal con el propósito de la deslocalización de las empresas, divergen de las de Inglaterra, es más acuciante el problema de sus parlamentarios en Westminster. Por convención, Westminster no deroga la legislación de las asambleas devueltas. Pero los parlamentarios de Irlanda del Norte, Escocia y Gales pueden votar leyes que afectan sobre todo a Inglaterra. “Un Parlamento propio inglés resolvería este problema, pero crearía muchos otros, y la idea tiene poco apoyo”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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