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Magnicidios: sobre el asesinato político

Alejandro San Francisco
lunes 25 de noviembre de 2013, 20:29h
En los últimos días se han desarrollado en todo el mundo numerosos reportajes, películas, artículos de prensa escrita y otras tantas referencias al asesinato de John F. Kennedy, al cumplirse cincuenta años de aquel 22 de noviembre de 1963. Por otro lado parecen haberse disparado las ventas de las biografías y otros libros sobre el presidente norteamericano, en un reconocimiento a la continua vigencia de su memoria. A propósito de ello, resulta interesante reflexionar sobre este tipo de sucesos, como los descritos en el libro de Pedro González-Trevijano, Magnicidios de la historia (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012).

El asesinato político tiene dos acepciones que conviene tener en cuenta. La primera se refiere al homicidio de una persona que ocupa cargos de poder en el Estado, cuyo móvil además está relacionado con esa característica del asesinado. La segunda acepción se refiere a la muerte política del personaje, un asesinato de imagen que le impide seguir en la vida política con posibilidades razonables de éxito, por el estallido de un escándalo o alguna situación que provoca el fin de una carrera que antes era prometedora de nuevas responsabilidades. En esta ocasión nos referiremos al asesinato de políticos, y específicamente de gobernantes, es decir seguiremos la primera acepción.

La historia está llena de estos ejemplos, desde los asesinatos de los tiranos griegos y Julio César en el mundo clásico; de Lincoln en 1865 y el zar Alejandro II en 1881; hasta el siglo XX, con los del Archiduque Francisco Fernando en 1914 y el de Kennedy. Los hay también, y numerosos, atentados fallidos: contra Lenin, el fundador del comunismo soviético, o contra el mismísimo Hitler por parte del coronel Stauffenberg, popularizada en el cine por la Operación Valkiria. El mundo iberoamericano no ha estado ajeno a estos magnicidios, con resultados letales o fallidos. En más de algún caso el asesinato ha pretendido sublimarse por una causa justa, supuesta o real.

¿Qué procuraban los asesinos? ¿Por qué matar a estas figuras públicas y no resolver el asunto de otra manera? ¿Fueron parte de un plan más amplio o lo único relevante era el asesinato de la persona? ¿Tuvieron consecuencias relevantes los atentados y las muertes?

Es evidente, en primer lugar, que no todos tienen la misma importancia histórica. Como señala Hugh Thomas en el prólogo a la obra de González-Trevijano, las víctimas de los crímenes podrían dividirse entre aquellas “cuya desaparición tuvo una importancia sustancial para la sociedad”, frente a otras cuya muerte es “de importancia marginal”. Entre los primeros podrían considerarse a Lincoln, Julio César o Carrero Blanco para el caso español; en la segunda versión hay más ejemplos, muchos de ellos con trascendencia meramente local o acotada en el tiempo. Entre los ejemplos cruciales podemos incluir la muerte de Francisco Fernando por parte de la organización terrorista La Mano Negra fue un acontecimiento decisivo para el comienzo de la Primera Guerra Mundial y el fin de la civilización europea conocida hasta entonces. Otro tanto ocurre con el asesinato de Julio César en los idus de marzo, genialmente representada en la obra de Shakespeare, que marcó el fin de la república y el inicio de la última guerra civil antes de la entronización de Augusto, fundador del Imperio Romano.

Habitualmente los asesinatos políticos han respondido a circunstancias puntuales: la evolución política y social de un país; la existencia de enemigos declarados de una figura pública; la resolución de una crisis institucional en que algunos ven como salida la muerte del gobernante; la mera venganza por la acción o proyección de un personaje. En otras situaciones la destrucción de quien ostenta el poder es parte de una ideología, como ilustra Juan Avilés en La daga y la dinamita (Barcelona, Tusquets, 2013). Al referirse al terrorismo como el “recurso a la violencia clandestina con un objetivo político por parte de grupos opuestos al Estado”, se incluye el asesinato de gobernantes o figuras públicas como un medio de ejercer venganza directa o mecanismo para aterrorizar al sistema o a la población. Tal fue el caso de los grupos anarquistas de primera generación.

En general, si perseguían cambiar las cosas en el ámbito político, podemos considerar que los magnicidios han sido fallidos en sus objetivos, y más bien han producido la ampliación de la represión contra los autores e inclusive hacia la sociedad en su conjunto (con excepciones, como sería la de Carrero Blanco, que alteró la transición española en los últimos años de Franco, o bien la del recurrente Julio César, a quien quedaban seguramente otras hazañas por cumplir y otros poderes por acumular, aunque no podamos saberlo con certeza).

Otra de las consecuencias impensadas de los magnicidios es lo que podríamos denominar la creación del mito. Cuando el asesinato se produce en pleno ejercicio del poder, como en el caso del romano Julio César o del norteamericano Kennedy, el efecto histórico es impresionante. Primero, porque son figuras que no alcanzan a experimentar el desgaste del poder, tan habitual en las funciones de gobierno. Por lo mismo, ellos mueren siendo un “programa político”, y se puede preguntar contrafácticamente qué hubiera ocurrido si dichos personajes no hubieran muerto. Del dictador romano se decía que se alistaba a obtener otras victorias militares y a regresar casi como un dios a Roma, ya que incluso derrotaría a los míticos germanos. El norteamericano, por su parte, sufrió la muerte cuando aún no completaba su primer período en la Casa Blanca, y era una figura internacional en el ámbito político, que había traspasado con su figura jovial, su matrimonio con la carismática Jackie y los amores que se le atribuían. Estaba luchando en plena Guerra Fría y a su muerte prematura todavía quedaba mucho Kennedy por descubrir.

La historia tiene muchas vueltas y nunca está escrita la última palabra. El caso de Kennedy, recordado cincuenta años después, muestra todavía ambivalencias y nubes que oscurecen y mantienen algunos enigmas. En el caso de los magnicidios ellos expresan dramas, dolores, esperanzas; tienen bemoles, consecuencias imprevistas, cambios y continuidades. Y, lamentablemente, podemos prever que es una historia que no ha concluido.
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