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Tiene una misión, amigo lector

miércoles 27 de noviembre de 2013, 22:30h
Ayer estuve en la presentación de un delicioso libro sobre Shackleton, el explorador que nunca llegó al Polo Sur, escrito por Javier Cacho. Y mientras volvía a casa rumiaba algunos de los pasajes que ya había leído y que comentó el periodista Jesús Marchamalo para deleite de los asistentes. Shackleton fue, igual que otros en su época, un valiente que persiguió un sueño por el cual estuvo dispuesto a sacrificar su propia vida. Lanzarse a la aventura de conquistar un territorio nunca antes pisado por el hombre sin saber lo que uno va a encontrarse porque aparece en blanco en los mapas, pasar hambre, frío, enfermedad, desolación, miedo... y todo ello sin saber a ciencia cierta si llegará la recompensa a tanto esfuerzo y sufrimiento se me antoja, a nuestros ojos, demasiado lejano.

Y a pesar de todas estas calamidades más las económicas, porque Shackleton no tenía ni una libra para montar su expedición pese a que se las arregló para ir sacando de aquí y de allá y arriesgó todo al ponerla en marcha sin los fondos suficientes para costearla, lo que hizo lo consiguió sin quebrantar unos principios, unos valores sin los cuales, probablemente, hubiera fracasado. Que el honor cotizaba al alza en aquella sociedad británica encorsetada es un hecho. Pero él, además de defenderlo, poseía una incuestionable capacidad de liderazgo y de sacrificio. Si exigía a sus hombres un esfuerzo extra, él estaba con ellos arrimando el hombro. Tomaba el pulso a cada miembro de la tripulación para que su ánimo no decayera y en los interminables días de oscuridad les mantuvo entretenidos. Él, 'El jefe', como le apodaron sus hombres, dedicaba tiempo a todos y cada uno de los miembros de su expedición y levantaba la moral organizando actividades, charlas, entrenamientos con perros o mini expediciones, cuando el tiempo fue más favorable, para ir colocando depósitos de comida a ciertas distancias que les servirían en la gran expedición a la llegada de la primavera.

Nunca fue un hombre avaro ni egoísta. Dos anécdotas me han llamado la atención. Una tiene como protagonista una galleta. Tras haber renunciado a alcanzar el Polo Sur encontrándose ya sólo a 180 kilómetros de distancia (la falta de alimentos para ir y regresar hasta la base ponía en peligro las vidas de sus hombres), y en pleno ataque de disentería que afectó a los cuatro expedicionarios pero, sobre todo, a Wild, Shackleton le dio a escondidas su galleta del desayuno al que peor se encontraba. Apenas les quedaban unas cuantas galletas más, chocolate y té. Hoy en día quizá no seamos capaces de calibrar en su justa medida ese gesto, pero Wild se encargó de dejar constancia de ello en su diario: “Supongo que nadie en el mundo será capaz de comprender el acto de amistad y generosidad que significa. A Dios pongo por testigo de que nunca lo olvidaré. Ni miles de libras valen lo que esta galleta”.

La segunda anécdota se centra en las conferencias que dio en Australia para conseguir fondos que necesitaba para pagar los gastos de la expedición, a punto ya de partir. Gracias a su carisma, consiguió reunir una buena suma y, pese a tener a los acreedores en el cogote, decidió donar todo ese dinero a obras benéficas. Sí, lo sé, no fue un gesto del todo altruista porque esperaba causar un golpe de efecto en la sociedad australiana y lo consiguió, ya que hasta el Gobierno subvencionó parte del viaje.

Pero, ¿se imaginan, por ejemplo, a los sindicatos donando sumas importantes de dinero a familias que viven por debajo del umbral de la pobreza o a trabajadores que se han quedado sin nada de la noche a la mañana con hijos a su cargo y sin poder pagar ni un techo? ¿Se imaginan a nuestros políticos (no les pongan etiquetas) dándonos ejemplo de honorabilidad, honradez, capacidad de sacrificio y entrega por el bien del grupo que no es otro que la sociedad? Les invito a comprobar cuántos coches oficiales pagamos pese a los cantos de sirena. Por no hablar de dietas para ciertos políticos con vivienda en Madrid y otra serie de gastos que, al lado de una caja de antibióticos, un paquete de garbanzos o la cuota de un mes de comedor del colegio de un niño me parecen insultantes.

Honor, valentía, generosidad, capacidad de sacrificio... Hubo un tiempo en que España, los españoles, podíamos ir con la cabeza bien alta porque nuestra fama nos precedía y un hombre, o una mujer, podía comer sopa aguada y un mendrugo de pan a diario y vestir ropas raídas y remendadas pero tenía honor. Hoy esa palabra suena a chiste rancio, a novela de los Tercios de Flandes, a tufillo poético y poco práctico. Hoy lo que se lleva es hacer caja, tener cuentas en Suiza o en las Caimán, exprimir a la masa de 'pringaos' que trabajan y pagan sus impuestos y, cuando les pillan, encima irse de rositas sin pasar por la cárcel. Y no hay que irse tan lejos porque en cada oficina, taller, tienda o centro de trabajo hay personas mezquinas, mediocres y con escasos valores que se mueven por los mismos intereses que los que salen en los papeles, pisando a quien haga falta por el camino, escurriendo el bulto (en especial cuando las cosas van mal) y peleando sólo por su provecho personal cueste lo que cueste.

¿Qué clase de sociedad pretendemos tener con estos ejemplos que permitimos que se perpetúen? Y entonces pienso en Shackleton, en Scott, en Amundsen... y un sentimiento blanco y gélido como los hielos de la Antártida me invade y me tranquiliza. Hay esperanza, hay gente buena, valiosa, valiente y generosa. La hay y estoy segura de que son muchos más. Quizá hayan estado demasiado tiempo en un segundo plano y deban empezar a cobrar protagonismo y a dar ejemplo. Estoy segura de que usted, amigo lector, mientras lee estas líneas está pensando en alguien en concreto con una medio sonrisa en los labios. Dígaselo. Hoy mismo. Aupemos a nuestros héroes cotidianos y arrinconemos a los chupasangres de corazón chamuscado. Nos merecemos volver a levantar la cabeza y, para ello, les necesitamos aunque ellos no lo sepan. Hagamos de altavoz y removamos ánimos y conciencias. Yo ya he empezado.

María Cano

Subdirectora de EL IMPARCIAL

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