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¿El fin de Berlusconi?

domingo 01 de diciembre de 2013, 18:12h
A las 17.43 del 27 de noviembre, el Senado italiano votaba la expulsión de Silvio Berlusconi, con la consecuente pérdida de la protección parlamentaria. Una decisión que podría acortar la agonía política del ex presidente del Gobierno y ponerle al margen de la escena política nacional. Casi 4 meses después de la condena definitiva, el que guió por tres veces el país ha sido expulsado de su escaño: técnicamente, en italiano, se llama “decadenza” y puede que se trate un término premonitor, muy apropiado en este caso concreto. Berlusconi decae por una ley aprobada por el Gobierno Monti e impulsada por Beppe Grillo, que desde años promueve la expulsión del Parlamento de aquellos que cuenten con una condena judicial firme.

De todos modos, no vendería la piel del oso antes de cazarlo. Demasiados epitafios, réquiem o “necrológicas” se han escrito sobre el final político de Berlusconi. Demasiadas veces se ha usado la expresión ave fénix para referirse a él y poner de manifiesto su capacidad de renacer de sus cenizas aun cuando todos le daban por políticamente muerto. El comportamiento intimidatorio de su discurso de ayer, la virulencia de sus palabras, anuncian que promete batalla y no se apartará dócilmente de la vida pública italiana. Pese a su ordinariez y repetitividad, se trata de una advertencia que será mejor no ignorar. Dar prematuramente por acabada “la era Berlusconi” (como hizo Letta el 6 de octubre) puede ser un peligroso error de cálculo. Es pronto para cantar victoria, ya que el condenado no plantea en ningún momento desaparecer dignamente de la escena pública. Aunque fuera de las Instituciones (siempre ha estado al margen), el cavaliere intentará condicionar la vida pública italiana. Y, aunque Forza Italia se parece cada vez más a Farsa Italia, arropará su líder y le seguirá hasta el báratro y más allá. Y mientras estará realizando los servicios sociales, utilizará sus televisiones y su poder económico para seguir su actividad política. Seguirá distrayendo a la opinión pública con sus problemas judiciales, centrando su campaña electoral en ofrecer la imagen de sí mismo como víctima, omitiendo referencias concretas a un programa de gobierno. Y ahora, como Beppe Grillo, rechazará cualquier forma de colaboración (o reforma) incluso si fuera por interés nacional. Y, ahora, como el líder no elegido del Movimiento 5 Stelle y siguiendo la tentación marilepeniana, recurrirá a una retorica demagógica, anti-euro y antieuropea.

Estos meses han confirmado que Berlusconi estaba dispuesto a hundir Italia en el mar de la ingobernabilidad y del caos a cambio de su inmunidad judicial y en defensa de sus intereses económicos. La expulsión del Senado ha sido humillante y degradante. Además, por primera vez, Berlusconi ha sentido el peso de la Justicia sobre sus hombros y ahora sin la inmunidad judicial de la que gozan los parlamentarios, cualquier juez podría pedir su encarcelación. Al mismo tiempo, se recrudecerán los procesos abiertos (el caso Ruby y la compra del senador de Gregorio). Ha sido una victoria de las reglas democráticas, del Estado de Derecho y de la Ley con mayúscula. Un castigo que confirma la gravedad de su delito.

La ausencia de Berlusconi de la vida parlamentaria representa una importante ocasión para devolver la dignidad a la política italiana. Por eso se debe evitar que se convierta en una ocasión desaprovechada, en un nuevo intento fracasado de enderezar la situación de Italia. Se trata de un triste desenlace para aquel que prometió cambiar Italia y que en realidad abogó por el inmovilismo. Ahora es el momento de regenerar la política nacional, sabiendo, además, que Berlusconi ya no podrá cumplir su sueño ser presidente de la República.

No se debe dar por cerrada la etapa berlusconiana, imaginando a la vez de eliminar una anomalía que ha durado dos décadas. Hace falta un examen crítico sobre lo que ha pasado. Y aunque podamos sentirnos aliviados al saber que ya no está en el Parlamento, no podemos infravalorar el berlusconismo, esta degradación socio-cultural que aflige al país. Nos deja una herencia política y cultural que obligan a Italia a un atento examen de conciencia. Como bien decía Sylos Labini, “no existe un poder político corrupto y una sociedad civil sana”. Han sido dos décadas “inmorales”, políticamente necias y culturalmente de regreso, donde la corrupción se considera un mal endémico, un mal itálico. Berlusconi ha sido el producto de la actual sociedad italiana. Finalmente, aunque no podrá ser elegido en los próximos seis años, Berlusconi no desaparecerá de la escena política, seguirá con los chantajes y con su propaganda dirigida a los electores-telespectadores. Se va del Parlamento, pero no de la política, sigue en pie de guerra, más dañado pero no menos peligroso. Ante un personaje de mil recursos, fuente inagotable de sorpresas, el final sólo está más cerca.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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