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Villena

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Hace unos días, tuve la oportunidad de participar en Zaragoza, junto con Octavio Gómez Milián, en el Ciclo Conversaciones en La Aljafería, dirigido por Fernando Sanmartín. El invitado con el que charlamos fue Luis Antonio de Villena, personaje principal de la literatura y la cultura españolas de los últimos cuarenta años. Villena es un lujo, un torbellino y un escritor infatigable, un tipo divertidísimo que no perdió la oportunidad de coger todos los desvíos de la conversación para, manteniendo un exigente nivel, tener al público atrapado y en una risa casi constante. Esa es también su literatura, especialmente su poesía: la convivencia entre culturalismo y vida, la cultura como pieza esencial de la vida y la vida como función algo más exigente que la mera biología.

No voy a venir yo aquí ahora a desmenuzar las claves de la obra de Villena, puesto que otros lo han hecho y lo hacen con mayor conocimiento y competencia que yo. Solo diré dos cosas que volaron en el aire de aquella tarde de cierzo.

La primera tiene que ver concretamente con este autor y es la idea del Mal como germen y fermento de su obra literaria y de la construcción de sí mismo como personaje. El Mal –lo maldito– como extravagancia, como camino no hollado, como singularidad. El Mal como una bofetada en la cara de la sociedad. Es esta idea del Mal la que sirve, en Luis Antonio de Villena, para unir dos mundos que son los dos mundos que hay en sus páginas y que, solo a primera vista, pudieran parecer contradictorios. Nada más lejos de la realidad. El mundo del lujo, de la sensualidad, del exotismo, del placer, por un lado, y el mundo de la marginalidad, de los excluidos, por otro.

La segunda idea que quería comentar viene a cuento de algo que nos contó cuando le preguntamos –nos va la marcha del cotilleo literario– por su amistad con dos grandes nombres de la poesía en español del siglo XX: Vicente Aleixandre y Jaime Gil de Biedma. La relación que mantuvo con ambos fue distinta y Villena lo ha explicado detalladamente por escrito, pero lo que me interesa recordar es que, al hilo de esto, vino a decir que a él, que los conoció, le cuesta luego reconocerlos en la versión oficial y canónica de la Historia de la Literatura con mayúsculas. Dijo que a los grandes clásicos no hay que verlos como estatuas de mármol, sino que hay que verlos como alguien que se ha emborrachado o que ha engañado a su mujer, es decir, que ha vivido. La literatura no es otra cosa distinta que la vida y Homero o Cervantes nos hablan hoy a nosotros porque podemos encontrarnos con ellos en la barra de un bar, de madrugada, cuando duermen los museos y las universidades.

Al salir del Palacio de La Aljafería, el cierzo, con su fuerza, barría la tristeza de noviembre.
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