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Argentina en el callejón: sin salida

Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
domingo 15 de diciembre de 2013, 19:02h
Argentina anda dividida, es más, anda polarizada en dos lecturas y sentimientos de la realidad que se oponen punto por punto.

La sociedad entera sin atender a criterios económicos o sociales se divide en pro Cristinistas y anticristinistas. Cada bloque hace una lectura de la historia reciente del país y de sus dimensiones política, económica y social, pero sobre todo cada uno tiene una percepción y afección radicalmente opuesta respecto a la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner.

Hay un polo que empatiza con Cristina, con su forma de gobierno, con sus mitos, con sus prioridades, con sus demonios. Algunos la divinizan formando una visión estereotipada de ella en la que ensalzan su lucha contra ciertos monopolios mediáticos, por su lucha contra la pobreza, por su reivindicación de los derechos humanos, por su capacidad retórica y por su fortaleza dialéctica. Se convierte así en un icono político contemporáneo que representa la lucha sin complejos contra lo que ella considera, una fortaleza que sin duda es notable y que se eleva a la máxima potencia en su carácter de mito actual.

Otros conectan con su dimensión humana, viendo a la persona en el poder de un país difícil de gobernar, de convencer, donde las fuerzas internas y externas presionan a los gobiernos desde lejos y desde cerca, en el espacio y en el tiempo. En medio de ingerencias enormes ella trata de rescatar un nacionalismo proteccionista que siendo legítimo le ha costado al país muy caro, con un cepo cambiario y un alejamiento de la economía real de la dibujada por los ministerios, con un cierre de fronteras al comercio exterior que el argentino según se posicione está o no dispuesto a soportar.

También están los que ven a esa mujer en el poder, para más datos viuda y ahora enferma; una mujer en el poder que comenzó siendo la mujer de y ahora es un personaje político independiente con fuerza y discurso propio.

Hay empresarios, intelectuales, artistas, una amplia clase media culta y otra tanta trabajadora que creen en ella y en su proyecto, llevando su apoyo a la vida cotidiana en una defensa día a día de sus actos, políticas y palabras. En cada mate, en cada cena, en los momentos tranquilos del trabajo, se afanan en apoyar públicamente a Cristina repitiendo su argumentario, sus frases fuerza y ampliando los ejemplos que les llevan a afirmar una y otra vez: “Estamos mejor que nunca”.

Esta es una versión del país que ve la pujanza de la soja y que se muestra en una renovada televisión pública que se afana en mostrar la diversidad cultural, étnica, la actividad cultural de un país que siempre fue rico en eso, aun cuando la economía se hundía o cuando el país se estabilizaba. Todo eso forma parte del discurso oficial que buena parte de esta sociedad comparte, apoya y propaga.

En el exacto punto contrario están los detractores que con similar fuerza critican cada uno de sus movimientos. Despectivamente la llaman Kristina con 'K', denostando tanto el gobierno de su difunto marido como el de ella. Con rabia, odio e impotencia la tratan de loca, de alucinada y vislumbran un país que va derecho a otro 2001, sin saber precisar si será antes o después de que ella deje el poder. Barajan dos opciones, que el país reviente entre sus manos o que lo haga inmediatamente después de que ella de el relevo a un incierto candidato sucesor o a una oposición maltrecha repitiendo el esquema de De La Rúa en 2001.

La tachan de populista, de permitir la corrupción, de querer romper la poca división de poderes que queda en estas latitudes con una reforma judicial absolutamente dogmática y populista, propia de una forma de gobierno basada en la oligarquías y el pucherazo más que en una democracia de herencia ilustrada. Se llevan las manos a la cabeza con los juicios a los militares que hoy se llevan a cabo sin apenas garantías jurídicas, casi sin derecho a la defensa; a esto se suma el va-y-ven de fiscales y jueces que son eliminados a manotazos de sus puestos cuando se acercan mucho a las tramas de corrupción que están investigándose en la cúpula del poder de Cristina y quieren juzgarlas. Se les revuelve el estómago con la política fiscal, que no es comparable casi ni a la de Suiza, en la que la clase media paga los impuestos para mantener la política de subsidios que tiene a una masa enorme de población pendiente de los pagos por ser mamá, por ser un poquito rengo o porque sí. Cada vez que van al mercado salen enfurecidos porque los productos básicos aumentan día a día, siendo más caro tomarse una cerveza en casa que en cualquier bar de España.

Esta vivencia dicotómica no tiene que ver ni con la verdad ni con mentira. Como cualquier narrador sabe, no se trata del criterio epistemológico, sino de las emociones que se asocian a cada cosmovisión. Y es ahí donde se palpa el sufrimiento de una sociedad que vive enfrentada en el día a día, donde ya nadie recuerda el único criterio o máxima que puede ayudar a una sociedad a salir unida del relativismo absoluto en el que se encuentra: una vuelta al Imperativo categórico kantiano que para hacerse más comprensible se puede traer a colación en su versión más popular: no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí.

Las versiones de la realidad no se juntarán en una, no habrá nunca un relato unificado, porque ambas posturas son excluyentes la una de la otra, no dejando lugar para intermedios críticos ni para balances complejos; por lo que no es con las palabras donde se puede encontrar una salida, sino en los afectos y emociones donde la población tendrá que darse cuenta del callejón sin salida en el que se encuentra. Esperemos que la síntesis de esta tesis y antítesis sea pacífica porque sino puede volver a correr sangre como en los 70 de la triple A o de la dictadura, pero esta vez sin ideología, sin proyecto, sin motivo y sin salida.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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