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El referéndum fantoche

Juan José Solozábal
martes 17 de diciembre de 2013, 21:17h
Puede pensar el presidente Mas que ha desembarazado el camino con el acuerdo sobre la pregunta a formular en la consulta de Noviembre de 2014, al asegurar la estabilidad de su gobierno con el apoyo de Esquerra para aprobar los presupuestos, y disponer de más tiempo para seguir desafiando al Estado con un pulso soberanista que eleva la presión nacionalista en Cataluña. Para muchos lo que ha ofrecido es un ejemplo de manipulación política que en un campo tan abonado como el de los referendos no se conocía en los anales de la Ciencia Política. Son bien sabidas las reticencias con que en las democracias representativas como la nuestra se acogen los referendos como medio de participación política. Se les acepta, pero sólo después de advertir sobre su obligada simplicidad, apuntando a su frecuente empleo por dirigentes políticos poco escrupulosos que buscan compensar las deficiencias de los sistemas políticos que recurren a los mismos, llamando la atención sobre el significado plebiscitario que los referenda asumen. Nuestra experiencia histórica corroboraría esa impresión, todavía más que algunos otros ejemplos, especialmente el de Francia en determinados momentos, así durante el cesarismo napoleónico o en el período gaullista.

La utilización democrática del referéndum, es, desde luego posible, y en nuestro sistema constitucional, hay diversas variedades de los mismos, ocho nada menos, tanto en el plano nacional como en el autonómico. Solo hay dos condiciones obligadas en el referéndum democrático. La primera es la de la libertad de defensa de todas las opciones posibles, de modo que quede garantizada la escrupulosa igualdad de oportunidades de todas ellas. Esta exigencia excluye la beligerancia institucional en el referéndum, de modo que los poderes públicos intervengan como tales en la campaña, gastando por ejemplo dinero del contribuyente en la defensa de alguna de las opciones. Es muy difícil pedir a unos dirigentes como los nacionalistas, convencidos de la misión salutífera de la política, que practiquen la neutralidad y que, abandonando la propaganda a la que son tan propicios, se esfuercen por el contrario en propiciar un debate en el que se busque la confrontación de argumentos y, a la postre, la imposición de los mejores.

En segundo lugar, en un referéndum que merezca la consideración de democrático, la pregunta debe ser formulada en términos que respondan a exigencias de lógica elemental , excluyendo la manipulación, tanto respecto a la actitud de quien se pronuncia, como de la valoración de los resultados, de modo que se ejerza racionalmente el sufragio y quede manifiesto el sentido del voto. Por eso la pregunta, además de relevante o pertinente, debe ser clara, lo que dista de ocurrir en el caso presente, en el que llama la atención la inanidad de la primera cuestión, “¿Quiere que Cataluña sea un Estado?” ¿Qué significa querer que Cataluña sea un Estado?¿Sirve que la Comunidad Autónoma cambie de nombre? ¿Tiene esto realmente alguna trascendencia?

La pregunta asimismo debe formularse en términos neutrales que faciliten el comportamiento racional del ciudadano. No debe ser, por tanto, como decía el código procesal que estudié en la carrera, refiriéndose a las preguntas que se formulan ante un tribunal, “sugestiva”, o capciosa, que induzca en este caso a una respuesta del votante. En ese sentido puede hablarse de un encabalgamiento entre la primera y la segunda pregunta (“por tanto ¿quiere que Cataluña sea un Estado independiente”) como objetivo oculto manipulador de la consulta.

Finalmente el referendum debe ser planteado de manera que no haya duda sobre los resultados. ¿Sirve cualquier quórum de asistencia? Si se establece una consulta inédita en nuestro ordenamiento podría pensarse en fijar alguna exigencia al respecto. ¿Es serio que se pretenda la separación de un territorio con una simple mayoría, con independencia del número de participantes en el referéndum? Si se exige la mayoría de dos tercios del Parlamento para promover la iniciativa de reforma del Estatuto catalán, ¿es lógico que baste la mayoría simple de votantes para aprobar un referéndum sobre la consecución de un Estado propio independiente para Cataluña? . Como problemas adicionales del cómputo, se me ocurre preguntar, ¿Qué ocurre si hay más ciudadanos que quieren un Estado propio que un Estado independiente? ¿O si pierde la independencia pero gana el Estado propio? ¿O si gana la independencia pero sin Estado propio?¿De verdad es serio este referéndum?

Por lo demás estamos hablando no sólo de un referéndum fantoche, que no se piensa en celebrar verdaderamente, sino de un referéndum tan inconstitucional, pues es contrario a los supuestos y previsiones de la Constitución, como ilegal, sin cobertura verdadera en ninguna norma al respecto, hablemos del ordenamiento nacional o el territorial, pues las consultas autonómicas, si se pensase en utilizar el amparo de la Ley de Consultas populares por la vía de referéndum, ( que por cierto fue objeto de un excelente dictamen del Consejo Consultivo Catalán -3/2010-, que entre otras cosas desdice a los que piensan que el artículo 92 de la CE ofrece techo a un referéndum estatal no nacional) recurrida ante el TC pero vigente, no pueden referirse a cuestiones a las que no alcancen las competencias de la Comunidad Autónoma, y evidentemente una Comunidad Autónoma no puede disponer de atribuciones inconstitucionales.

El que este referéndum sea un despropósito, no obstante, no empece, todo lo contrario, a su gravedad. El designio de su convocatoria no hace sino complicar la crisis constitucional aguda en que nos encontramos y demandar una respuesta imprescindible al respecto.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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