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Dolor: la vida y su imagen

sábado 21 de diciembre de 2013, 18:53h

Cuando hace años empecé a practicar yoga el primer descubrimiento que me aportó (el primero de muchísimos que me daría con el tiempo siempre más complejos y placenteros) fue la experiencia de un doble dolor: uno conocido que surgía al estirar los músculos y ligamentos tras un largo desuso junto con un dolor nuevo y sutil que apareció en diferentes partes del cuerpo. Su peculiaridad era que aparecía en sitios donde yo no sabía que tenía sensibilidad. En concreto, en partes del cuerpo que ni sabía que tenía y que podía sentir.

Esos dolores fueron la puerta para descubrir otra forma de vivir el cuerpo, más compleja, más consciente y más placentera. Pero también fue una lección de vida: el dolor enseña sobre la propia vida y sobre nuestra relación con el mundo.

Hacer que algo duela es una de las formas del Inconsciente para llamar nuestra atención hacia nuestro interior. Cuando algo del mundo exterior nos hace daño aprendemos sobre los demás y sobre nuestra propia sensibilidad, sobre el mismo dolor y sus múltiples formas, sobre como evitarlo o tragarlo o sentirlo hasta que desaparezca. Supongo que aprender a vivir el dolor debe ser de las experiencias más difíciles de la vida. Pero sentir dolor es lo que nos habilita para sentir otras emociones como la empatía.

Porque no hay dos dolores iguales y no tiene nada de comparable un dolor de muelas con el dolor de una muerte de un ser querido, o el dolor de la distancia de la gente amada con el dolor por un amor roto, nada tienen en común el dolor por un malestar en el trabajo con el que produce una discusión con un buen amigo; cada dolor es único y el haber sentido uno nada nos dice de cómo nos sentiremos en otras situaciones con otros dolores.

No creo que hasta que uno haya experimentad un dolor semejante pueda comprender el dolor del otro. Hasta que uno no pierde un gran amor no podrá entender a la amiga que llora con el corazón roto.

Hay dolores particulares, hay dolores secretos, pero no hay ningún dolor absolutamente individual; el dolor es siempre único pero actúa también como una fuerza de cohesión social; aunque pueda aislar, antes o después nos hace buscar un hombro, una mano, una mirada en la que apoyarnos y creer que somos comprendidos.

Por eso mismo la advertencia de alguien experimentado a un joven sobre los peligros de la vida, como mucho podrá eliminar la sorpresa ante el infortunio, ante el error que duele, ante los primeros desengaños o dificultades de la primera libertad pero nunca podrá evitar la experiencia dolorosa, la única que enseña.

El “ya verás” no impide que el adolescente caiga por sus propios pies en los errores que todas las generaciones anteriores cometieron a pesar de todas las advertencias de una cultura milenaria. Y aun así, doliéndonos podemos ciertamente crecer y compartir.

'Ante el dolor de los demás' en un ensayo sobre las fotografías cruentas de guerras y sufrimientos que la americana Susan Sontag aportó a la reflexión sobre cuánto hace este bombardeo de imágenes a nuestra capacidad de sensibilizarnos con las desgracias ajenas. Y su conclusión era negativa, la visión sistemáticas de imágenes de este tipo en vez de sensibilizarnos y generarnos empatía nos produce una insensibilización y distancia que es difícil luego de recorrer en sentido inverso. Ni siquiera tanta imagen nos ayuda a entender, en el plano intelectual, ni a compadecernos, que es el intento más sincero de tratar de comprender un dolor ajeno que nos es desconocido.

Es quizá este dolor la experiencia más práctica y menos teórica de cuanto nos da nuestra humanidad, y su explicación o visión fotográfica nada añaden a nuestra experiencia, no nos ahorrar el vivir, sea o no con dolor. Queda pues solo la necesidad de vivir por uno mismo, el irrenunciable proceso de aprender por uno mismo, por propia experiencia o por propio dolor, como cada uno quiera. Pero que quiera.
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