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Jorge Luis Borges y la libertad individual

viernes 27 de diciembre de 2013, 19:50h
Este artículo lo escribo después de leer una pequeña joya de Jorge Luis Borges: su “Arte poética”. Son ciento cincuenta páginas que reproducen seis conferencias que Borges impartió en la Universidad de Harvard durante el semestre de 1967-1968. El gran escritor argentino las dictó en inglés sin el apoyo de ningún guión escrito, pues ya estaba ciego; y lo que hubiera sido el fin para un profesional de la lectura, no fue obstáculo para que Borges sintetizara su pensamiento poético -y también filosófico- con una potencia y maestría asombrosas.

Desconocía esa obra de Borges. El presidente del Consejo de Estado, José Manuel Romay, tiene la costumbre de hacer obsequios institucionales con libros: esta Navidad regaló el “Arte poética”. Esa elección tiene la ventaja de ser muy modesta en términos del gasto obligado, pero regalar un libro tiene, al menos, una virtud: quien elige la lectura cree que el obsequiado podrá compartir con él un mismo placer mental. Podría especular sobre las distintas personalidades que se expresan con los diferentes tipos de regalos. Quién se inclina por escoger un libro suele tener un carácter opuesto al que prefiere un presente práctico, por ejemplo, una botella de vino o una exquisitez gastronómica; esos regalos sólo dejan huella en la memoria de quienes los consumieron.

Vuelvo a Borges. Sus conferencias seducen por su inteligencia. En la última, titulada “Credo de poeta”, Borges explica cuáles son sus preferencias para juzgar las obras literarias. A pesar de su espectacular dominio de diversas culturas (y de sus idiomas), la belleza es el canon con el que justifica que una poesía sea una obra maestra. Esa preferencia acerca a Borges a las tesis de Harold Bloom, el escritor norteamericano que, con su “El canon occidental”, restauró el buen gusto literario, olvidado por buena parte de los críticos académicos norteamericanos.

Borges escribe lo siguiente: “Cuando yo era joven creía en la expresión. Había leído a Croce (Benedetto Croce fue un crítico e historiador liberal influido por Hegel), y la lectura de Croce no me hizo ningún bien. Yo quería expresarlo todo. Pensaba, por ejemplo, que, si necesitaba un atardecer, podía encontrar la palabra exacta para un atardecer; o mejor, la metáfora más sorprendente. Ahora he llegado a la conclusión (y esta conclusión puede parecer triste) de que ya no creo en la expresión. Sólo creo en la alusión. Después de todo, ¿qué son las palabras? Las palabras son símbolos para recuerdos compartidos.(…) Pienso que sólo podemos aludir, sólo podemos intentar que el lector imagine. Al lector, si es lo bastante despierto, puede bastarle nuestra simple alusión.

Esta confesión estética, en mi opinión, se corresponde con las opciones ideológicas y morales que profesó Borges durante su vida. Se le ha definido como un conservador casi anarquista, por su tenaz defensa del individualismo filosófico, resultado de su amor por los grandes escritores empíricos en lengua inglesa.
Pero hace unos años, Manuel Reyes Mate (uno de los mejores analistas europeos del “Holocausto” judío) me indicó que el relato “Deutsches Requiem” de Borges es la más certera denuncia del nazismo alemán. En sus pocas páginas, ese relato, contenido en su obra “El Aleph”, revienta el pus de las ideas religiosas y políticas de aquel totalitarismo (cuya influencia se hizo patente en España y en otras naciones europeas). Otto Dietrich zur Linde, el figurado y cultísimo asesino nazi del cuento, expone sus convicciones ideológicas cuando está en trance de ser ejecutado como criminal contra la Humanidad: “El nazismo -dice Otto Dietrich-, intrínsecamente, es un hecho moral.”

Sin embargo, Jorge Luis Borges era admirador de la gran cultura alemana, por los mismos motivos que se sintió identificado con la inglesa: porque ambas crearon la gran cultura europea, cuya aportación universal -con Locke, Hume y Kant- ha sido la libertad de conciencia, de pensamiento y de culto (y todas las otras libertades y derechos que figuran en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y en el capítulo primero, del titulo preliminar, de la Constitución de 1978.)

Nuestra Constitución pertenece a esa gran tradición de las libertades europeas. Por eso el proyecto de ley penal sobre el aborto, que el ministro Ruiz Gallardón piensa remitir al parlamento, es contradictorio con la lógica de esas libertades europeas. El individuo tiene derecho a que su sexualidad no tenga otro fin que el placer. Hay doctrinas cristianas -pero no todas las confesiones cristianas sostienen lo mismo- que consideran pecado el sexo sin fines reproductores; la homosexualidad es pecaminosa, según esas doctrinas, porque no produce descendencia. Pero la homosexualidad dejó de ser delito, y después, pudo fundar un matrimonio legal. Las leyes despenalizadoras del aborto se han insertado en la misma tradición liberal. Y además no han tenido rechazo social. ¿Cómo ahora el Estado se va inmiscuir en la libertad del individuo -la mujer en primer lugar- para decidir si su sexualidad debe o no debe tener consecuencias reproductoras? La libertad comprende y respeta a quienes no quieran abortar. Pero los Estados europeos renunciaron, desde hace tiempo, a penalizar lo que ciertas confesiones consideran pecados.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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