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Crítica de arte

[i]Bill Viola [en diálogo][/i]: experiencia sensorial a cámara lenta

martes 14 de enero de 2014, 19:23h
Cuatro obras del artista neoyorquino Bill Viola, especialista en videoinstalaciones, forman parte del recorrido de la colección permanente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta finales de marzo en una propuesta expositiva que trata de poner en diálogo las propuestas del arte moderno con las del contemporáneo.
La colección permanente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando alberga hasta el 30 de marzo cuatro obras contemporáneas firmadas por el especialista en vídeo arte Bill Viola. Dispuestas por separado entre obras firmadas por Zurbarán, Pedro de Mena, Alonso Cano o Goya, su instalación pretende establecer un diálogo entre Viola y los grandes maestros como referentes de un arte que cambia, pero no caduca.

Esta pseudoexposición permite ahondar en la permanente conexión de las propuestas artísticas de la época moderna con las contemporáneas, aunque el método, las técnicas y el receptor hayan cambiado radicalmente.

En Dolorosa (2000), Viola se sirve de dos pantallas planas presentadas a modo de díptico con bisagras –primer guiño a la pintura tradicional- para hacer partícipe al espectador del sufrimiento que emana de los compungidos rostros de un hombre y una mujer.

La cámara lenta no hace sino acrecentar la sensación de dolor que expresan ambos y de la que se termina contagiando quien la contempla, lo que remite al principio del arte contemporáneo de hacer partícipe al espectador de la obra para que adquiera pleno sentido.



Si el visitante cuenta con suficiente bagaje artístico, no le costará encontrar una referencia directa entre las lágrimas de los personajes de Dolorosa con las que derrama la Virgen en el descendimiento de Cristo. Basta con comprobarlo dando unos pasos hasta toparse con la escultura de madera policromada de la Virgen tallada por Pedro de Mena en el siglo XVII.

En Montaña silenciosa (2001), el sufrimiento deja paso a la tensión corporal y gestual de un hombre y una mujer, cuya actitud en la pantalla evoluciona desde la calma a la angustia sirviéndose de una transformación inquietante de sus rostros, brazos y torsos.

Esa expresión corporal también ha sido objeto de interés por parte de los artistas de la Edad Moderna, quienes trataron de lograr la máxima expresividad a través del estudio minucioso de la anatomía. De las obras que rodean a Montaña silenciosa, merece la pena prestar atención a la Piedad de Luis de Morales (1570) por contraponer la inercia del cuerpo muerto de Cristo con la tensión de las vigorosas manos de la Virgen que lo sujetan por el pecho.

El quinteto de los silenciosos (2000) es la videoinstalación que más atención atrae. En ella, Viola sitúa a cinco hombres frente a su cámara ataviados con ropa roja, azul, verde, amarilla y negra -¿un guiño a la paleta de colores?-. De nuevo sirviéndose de la cámara lenta y del silencio, el artista profundiza en el espacio psicológico de dichos individuos, así como en el paso del tiempo y el mensaje que subyace de su forma de moverse en el reducido espacio en el que acontece la contenida escena.



Acostumbrados hoy más que nunca a lo inmediato, Viola propone una lectura de sus obras basada principalmente en la paciencia y la observación minuciosa. Así, no extraña que haya quien abandone la idea de postrarse ante una pantalla plana que discurre a cámara lenta durante quince minutos como tampoco que quien lo haga, se contagie de la angustia que observa y padezca tanto como sus protagonistas.

Esta videoinstalación de Viola se encuentra acompañada por un San Jerónimo penitente de José de Ribera cuyo rostro doliente remite inexorablemente a las propuestas del artista neoyorquino, como también lo hace el prendimiento de Cristo, de 1473, atribuido a Gerard Seghers, o el óleo Jesús entre los doctores, de Durero, conservado en el Museo Thyssen.

La última de las piezas de Viola incluida en el recorrido de la colección del museo es Rendición (2001), un díptico vertical en el que una figura masculina se refleja en una superficie acuosa que, progresivamente, va ondulándose llevándolo a una sensación de angustia que termina por diluir su corporeidad, logrando un efecto que recuerda a los rostros desfigurados de Francis Bacon.

Información sobre la exposición:

Lugar: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Fechas: del 11 de enero al 30 de marzo.

Horario: de martes a sábados de 10:00 a 15:00 horas.

Entrada: 6 euros (miércoles entrada gratuita).
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