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Muchos nacionalismos

Juan José Solozábal
martes 14 de enero de 2014, 20:20h
Decimos, desde la figura que acuñó Koen Lenaerts, que el federalismo tiene muchos rostros, para referirnos a las múltiples apariencias que tal modelo político puede presentar, según adelantara ya el vasco José Miguel de Azaola cuando hablaba de las formas federativas, pero podríamos decir otro tanto del nacionalismo. Según lo vemos, también el nacionalismo comparte con el federalismo su capacidad de adoptar diferentes manifestaciones y comprender distintos significados.

Lo que podríamos llamar el pluralismo constitutivo del nacionalismo explica, en buena parte, su importancia: el nacionalismo aparece por doquier, contando, además, que todos somos nacionalistas aunque no lo asumamos. Ocurre que la contribución de la nación a la aceptación del Estado, como una importante forma de legitimación del mismo, es innegable. Si la base de la lealtad política va más allá del mero utilitarismo, esto es , la convicción de que el Estado defiende nuestros intereses y derechos, es porque la nación establece vínculos políticos imprescindibles de solidaridad, pues el gobierno al que obedecemos es el gobierno propio, el autogobierno , el gobierno de la nación. También es importante la contribución de la nación a la igualdad sin la que la democracia no puede funcionar: la igualdad como condición jurídica esencial de los ciudadanos, que son lo mismo ante la ley, se asume mejor si partimos de que los ciudadanos de que hablamos se semejan de algún modo, en cuanto todos comparten la condición de miembros de la nación.

La imprescindibilidad de la nación en el pensamiento político moderno, en virtud de la contribución de tal idea a la legitimación y aun constitución del Estado, da la razón a algunos comportamientos mentales ciertamente curiosos, el primero de los cuales es la negación a aceptar el nacionalismo propio, que no requeriría de la justificación que sí requieren los demás nacionalismos. Esta actitud, que a veces adopta fórmulas paternalistas de comprensión de las otras ideologías nacionalistas, puede tener un efecto irritante, pues supone algo así como adoptar una doble rasero de medir, según se trate de los nacionalismos de los demás o el de uno, y, en el fondo denota cierto chauvinismo. A esta actitud parecía referirse Carlos Marx cuando contaba a su amigo Engels su actuación tras una intervención «internacionalista» de Lafargue en el Congreso de la Internacional. «Los ingleses se rieron mucho —escribe Marx— cuando empecé diciendo que nuestro amigo Lafargue, que había terminado con las nacionalidades, nos había hablado en "francés", esto es, en un idioma que no comprendían las nueve décimas partes del auditorio. También sugerí que por negación de las nacionalidades él parecía entender muy inconscientemente su absorción en la nación francesa modelo.»

Agudamente José Álvarez Junco en el prólogo a su Mater Dolorosa llama la atención sobre el evidente contraste existente, (cuando escribe su libro, pues ahora, especialmente tras la publicación de La nación y del nacionalismo español, el reader que han preparado los profesores Morales, Fusi y de Blas, la afirmación es más cuestionable), entre el acopio de monografias sobre los nacionalismos periféricos españoles y los pocos estudios dedicados al nacionalismo español. Pero no atribuye la descompensación a un imperdonable error de los estudiosos u observadores del nacionalismo, que con tal comportamiento mostrarían su frivolidad o, en suma, equivocación intelectual, al centrase sobre los casos vasco, catalán o gallego y no sobre el nacionalismo común o primero, sino justamente al hecho de que la nación española, dada su obviedad, no había requerido de explicación.

Esta vertiente política de la nación queda explorada en el libro de Greenfeld Nationalism, sobre todo en su análisis del nacionalismo no étnico o cultural, esto es, la vía (road) de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, aunque yo encuentro muy útiles las referencias de Habermas sobre la cuestión, y que tan bien ha indagado entre nosotros Marta Rodríguez Fouz. Desde la sociología, la obra de Gellner sobre el nacionalismo, atiende a la contribución de este movimiento para crear las condiciones propiciadoras de la industrialización y el desarrollo económico. Pero la explicación definitiva del nacionalismo se debe al profesor Kedourie, que ha puesto de manifiesto su condición de constructo intelectual, de modo que los literatos, artistas y profesores no son un apéndice del nacionalismo, que se limitarían a constatar la existencia de la nación, sino su propios creadores. La historia de la idea del nacionalismo es establecida de un modo penetrante por el profesor de la London School of Economics, pero, a su vez, su obra no puede ser entendida sino como una protesta contra el nacionalismo. Kedourie fue un judío iraquí exiliado que siempre reprocharía a la colonización inglesa haberse preocupado más por condescender con el nacionalismo, al que cedió, que por expandir las bases del constitucionalismo, en cuanto firme fundamentación de los sistemas posteriores a la independencia.


Pero a mi juicio el significado capital de la obra de Kedourie es haber puesto de relieve la aportación del nacionalismo a la integración política en los estados contemporáneos, especialmente desde el punto de vista del ciudadano, al convencerle de que su felicidad personal, es política, y depende, por tanto, de su identificación con el Estado en el que la nación está o que la nación pretende.

Claro que el nacionalismo, como sentimiento que es, debe controlarse, pues le acecha la desmesura y no es raro que se convierta en pasión. Entonces incurre en la desfachatez, y puede acabar en el ridículo. Pretender lo insensato o, todavía más patético, buscar lo que ya se tiene. La pasión nacionalista obnubila, de modo, decía Orwell , que “el nacionalista frecuentemente deja de estar interesado por lo que ocurre en el mundo real”. El nacionalismo debe, entonces, volver al patriotismo, “un noble sentimiento de lealtad a un sitio y a un modo de vivir”.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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