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crítica de cine

El lobo de Wall Street: Scorsese saca petróleo de Di Caprio

domingo 19 de enero de 2014, 10:34h
Martin Scorsese vuelve a confiar en el actor Leonardo Di Caprio para que se meta en la piel del protagonista de su nuevo trabajo, un filme que retrata a la perfección la codicia de los bróker de Wall Street a finales de los años 80 y principios de los 90.
Es la quinta vez que el veterano director neoyorquino encarga a Leonardo Di Caprio el personaje principal de una película. En esta ocasión, el actor da vida a Jordan Belfort, un bróker que llega a Nueva York cuando acaba de cumplir 20 años y que consigue hacerse multimillonario, en un tiempo record, vendiendo participaciones de centavos a trabajadores pobres. El personaje de Belfort es real y, de hecho, la cinta se basa en las memorias que él mismo escribió – El lobo de Wall Street: codicia, ambición, sexo y traición en el Nueva York de los 90 - cuando salió de la cárcel, donde cumplió una pena de 22 meses por estafa y blanqueo de capitales. Una vez más, Scorsese extrae lo mejor de Di Caprio, quien ya cuenta con la nominación al Oscar de Mejor Actor protagonista y acaba de ganar su segundo Globo de Oro, gracias a su rol en esta cinta que se ha estrenado en España con algo de polémica. Porque Cinesa y Kinépolis, exhibidoras que cuentan con 500 pantallas en todo el territorio nacional, han renunciado a proyectar lo último de Scorsese a causa de lo que han calificado de “condiciones económicas inasumibles” exigidas por Universal Pictures. De modo que, a pesar de ser uno de los pesos pesados de esta temporada cinematográfica, con cuatro nominaciones más a los Oscar aparte de la de Di Caprio, serán menos salas de lo habitual las que exhiban este nuevo gran trabajo de Scorsese.

Por supuesto, Scorsese también está nominado al galardón de Mejor Director, así como la película, en la que ya estuvo trabajando antes de dirigir Shutter Island, que compite por el premio gordo del cine. Reconoce el director que la primera vez que empezó a trabajar en ella, llegó a un punto muerto y tuvo dejarla aparcada para seguir con otros proyectos. Afortunadamente, lo retomó más tarde y, además, en forma de producción independiente, lo que supone que el genial realizador haya podido desafiar las normas morales de Hollywood e incluir numerosas escenas de sexo y consumo de drogas que sirven para retratar de manera descarnada e hiperrealista el desenfreno con el que se vivieron aquellos años en los que parecía que el dinero caía de los árboles y, para colmo, únicamente en los bolsillos de unos pocos. El guión, escrito por Terrence Winter, creador asimismo de la serie Los Soprano, ha sido nominado al Oscar en la categoría de Mejor Guión Adaptado y es la base sólida en la que Scorsese puede apoyarse para alternar momentos de frenética locura con otros más dramáticos durante las casi tres horas de duración del filme, el más largo de toda su filmografía. Las escenas se suceden con enorme velocidad, especialmente durante las dos últimas horas – que, por cierto, pasan volando – y Scorsese firma algunas secuencias que quedarán en la memoria de muchos espectadores, no sólo de sus incondicionales. Una de ellas, ya en la última parte, nos muestra a un Di Caprio sencillamente genial, de quien Scorsese saca todo ese petróleo que ya sabemos que guarda el actor californiano, pero que no todos los directores han sabido extraer de él.

Otra de esas escenas cargadas de fuerza interpretativa y visual corre a cuenta de Matthew McConaughey, esplendido en el breve papel de Marc Hanna, primer jefe de Belford y prototipo del tiburón insaciable que jugaba a la ruleta financiera con el dinero de los demás, creyéndose un dios. No es, en todo caso, el único secundario que destaca en el filme. Jonah Hill interpreta a Donnie Azoff, el socio y amigo más cercano al “lobo”, papel que le ha valido la nominación como Mejor Actor secundario en la próxima edición de los premios más prestigiosos del cine.

Completan el cuidado y genial reparto, Kyle Chandler, que interpreta al agente del FBI que investiga las actividades poco claras de Belford, la actriz australiana Margot Robbie y el francés Jean Dujardin, entre muchos otros actores. De ellos se vale Scorsese para construir esta historia de codicia desmedida – la máxima de estos corredores de bolsa era que sus clientes jamás cobrasen los beneficios, sino que los reinvirtieran mientras ellos sí cobraban enseguida su comisión – que sólo funcionaba como un desmedido culto al dios dinero. Era tanto el que ganaban, más bien habría que decir que estafaban, que, como explica el propio Belford, su vida solo tenía sentido gastándolo de forma desenfrenada: en consumo de drogas que, por otra parte, necesitaban para estar en activo la mayor parte del día; en extravagantes y más que obscenos dispendios y en sexo, sobre todo, sin complicaciones sentimentales. En definitiva, una magistral reflexión cargada de intensidad acerca del hedonismo del ser humano, de su deseo de consumir y acaparar sin preocuparse de los demás. Más bien todo lo contrario, porque era el dinero de los demás el que servía para los fines de aquellos tiburones, idolatrados, incluso, en la época, y hasta estudiados como ejemplo en escuelas de negocios.
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