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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]Distancia siete minutos[/i], de Titzina: el juez de sí mismo

domingo 26 de enero de 2014, 11:33h
La compañía Titzina, formada por Diego Lorca y Pako Merino, afianza con “Distancia siete minutos” una estética y un método propios que ya había brillado en “Sueños de psiquiátrico”, “Entrañas” o “Exitus”. Creación colectiva, atención centrada en un sentimiento dominante, documentación en la realidad y un trabajo de improvisación corporal a partir del cual emerge el texto de los personajes y una acción que avanza a ráfagas, perfectamente orquestada, austera y efectiva. Un sello personal que se consolida y gana prestigio con cada nueva producción.
Distancia siete minutos, de Titzina
Texto: Diego Lorca y Pako Merino (Titzina)
Directores de escena: Diego Lorca y Pako Merino
Escenografía: Jordi Soler i Prim
Intérpretes: Diego Lorca y Pako Merino
Lugar de representación: Gira

Por RAFAEL FUENTES

La compañía teatral Titziana, compuesta por Diego Lorca y Pako Merino, comenzó a elaborar el drama “Distancia siete minutos” explorando el tema de la felicidad humana, siendo su trampolín las “Conferencias del 2º Congreso Internacional de la Felicidad”, celebrado en Madrid en febrero de 2012, pero su resultado final se aproxima más a un retrato robot de su reverso: la infelicidad o la desdicha de dos protagonistas que aparentemente no tendrían motivos objetivos para ser desventurados. Un joven juez, Félix, nombre cuyo origen latino significa precisamente “feliz”, inicia su carrera en los tribunales de justicia aquejado de una particular misantropía y amargura de procedencia difusa pero de efectos demoledores en una vida que, en principio, debía estar repleta de energía e ilusión. “Distancia siete minutos” realiza un minucioso sondeo en las razones profundas que subyacen a esa angustia taciturna.



Titziana desarrolla esa averiguación a través de escenas abocetadas, rápidas, sketchs de una misma historia que se suceden con un ritmo ágil y flexible como cartas manejadas por la mano experta de un prestidigitador. En esa dinamicidad de los bosquejos se percibe con claridad como el grupo teatral Titziana no arranca de un texto dramático escrito previamente, sino que crea la puesta en escena a partir de improvisaciones corporales -sus dos componentes se conocieron mientras estudiaban con aquel gran poeta del cuerpo que fue Jacques Lecoq, en su Escuela Internacional de Teatro de París-, y que los diálogos han sido construidos después o al hilo de esa creación física y el avance de la propia acción. Su naturaleza abocetada aumenta en las ráfagas de innumerables juicios que Félix debe resolver en su cometido como togado. Un vendaval cómico de esbozos de litigios, querellas absurdas, pleitos irracionales, contendientes que pasan por las salas del juzgado con una larga estela de mala fe y mentiras. Todo lo cual genera en Félix malhumor y tedio, porque su sufrimiento adquiere el rostro específicamente moderno del hastío y la desgana ante sí mismo.

Nos acercaremos mucho más a los motivos íntimos de esa demoledora repugnancia hacia quién es él y hacia los demás, cuando una simbólica plaga de termitas invada las vigas de madera de su casa y le obligue a refugiarse en la de su padre. Epidemia simbólica porque, nada casualmente, las larvas de la termita que se alimenta de la madera fabricando galerías interiores, encarna la metáfora de un mal interior que corroe silenciosamente una viga, un mueble, un cuerpo, un alma. Las larvas xilófagas del domicilio de Félix son una parábola del deterioro espiritual que le consume. Imposible no acordarse aquí del filme de Ingmar Bergman “La carcoma”, donde las larvas roedoras del interior de una imagen sagrada representan también la corrosión de los principios que mantenían unidos a un matrimonio. Como en aquel caso, pronto descubrimos que la carcoma interior de Félix que le aleja de la felicidad a la que estaba destinado, es también una carcoma que taladra las relaciones con su propio padre, aproximándose así a los resortes últimos del dolor de ambos.



Diego Lorca y Pako Merino imprimen aquí un giro brillante a este melancólico drama pespunteado con contrapuntos cómicos. El juez Félix nunca quiso ser juez -sino que cedió a la presión dominadora de su padre-, pero ahora, los dos solos en casa, deberá ejercer de fiscal y auténtico apasionado juez consigo mismo y con su padre para dilucidar una verdad familiar escondida que está destruyendo interiormente a ambos. Argumentalmente, el máximo acierto de “Distancia siete minutos” reside en ese juez apático al impartir justicia pública pero desesperadamente apasionado al juzgar su intimidad personal y familiar, ya que el afán por lo justo no procede aquí de un orden político donde casi siempre prevalece la falsedad, sino de una necesidad subjetiva e íntima sobre nuestra existencia privada. Hacia ese fin se dirige una línea de acción escueta, sobria, sencilla, directa e inexorable sobre una escenografía casi abstracta. La curiosidad de Félix está muy lejos del interés por el chisme o la murmuración, sino que constituye una curiosidad vital para su propia vida.

Eso permite la analogía con el robot espacial “Curiosity” enviado por la NASA para explorar la superficie de Marte. Un robot que se descubrió llevaba dentro de sí un defecto tecnológico que lo podía destruir en los siete últimos minutos de descenso hasta el terreno del planeta. Siete minutos que deciden la vida o la muerte, los mismos siete minutos de agonía de un ahorcado entre el aniquilamiento o la improbable redención. Cuando ese juez de sí mismo que es Félix se adueñe de la verdad, el escenario no nos devuelve la imagen de la felicidad, sino la de una sombría calma donde las larvas interiores parecen haber dejado de morder.




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