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teatro en el imparcial

[i]Una vida robada[/i], de Antonio Muñoz de Mesa: Obra plana

domingo 02 de febrero de 2014, 14:26h
Un asunto de gran calado y de notables posibilidades dramáticas, como es la red implicada en el robo de bebés con fines lucrativos, y un sólido y conocido elenco actoral son elementos adecuados para poner en pie una obra y un montaje atractivos. Sin embargo, el resultado de “Una vida robada” es desconcertante.
Una vida robada, de Antonio Muñoz de Mesa
Directores de escena: Julián Fuentes Reta y Antonio Muñoz de Mesa
Escenografía: Iván Arroyo
Intérpretes: Asunción Balaguer, Carlos Álvarez-Nóvoa, Ruth Gabriel y Liberto Rabal
Lugar de representación: Teatro Fernán Gómez. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Pocas cosas más merecedoras de respaldo público que las familias víctimas de las tramas dedicadas a robar niños recién nacidos, certificar falsos documentos de defunción y traficar con ellos en un lucrativo negocio donde el dolor de los progenitores y las vidas fraudulentas así destruidas parecen no haber causado ni un gramo de mala conciencia entre doctores, personal sanitario, monjas e intermediarios de fachada honorable guiados por la más cruda codicia. Un apoyo que debería ser doble ya que a los repugnantes hechos, que en España se extienden durante cuatro décadas, desde los años 60 hasta los 90 del pasado siglo XX, se le añade la no menos detestable actitud política de los últimos ministros de Justicia y fiscales del Estado españoles decididos a echar tierra sobre el tema y jugar desde el poder al gato y al ratón con los familiares, dejados a su suerte en su intento de arrojar luz sobre sus propias vidas.

Un asunto que zarandea los sentimientos paternofiliales de un modo tan profundo y una acción política tan decididamente puesta al servicio de encubrir una hipocresía y fraude históricos, constituyen ya de por sí un material que legítimamente debe atraer la atención de cineastas, novelistas o dramaturgos. Esto sucede con Antonio Muñoz de Mesa, actor y autor teatral que centra su pieza “Una vida robada” en este infecto episodio semioculto de nuestra reciente historia. Para ello crea un personaje, bautizado con el obvio nombre simbólico de Luz, que se hace contratar en la casa de un anciano ginecólogo, el doctor Nieto, aquejado de alzheimer, con el propósito aparente de entretenerle con lecturas y con la intención real de averiguar sus auténticos orígenes. Muñoz de Mesa se retrotrae deliberadamente al esquema de Henrik Ibsen en “El pato salvaje”, adaptado en su momento por Antonio Buero Vallejo y aplicado a su vez en “El tragaluz”. El diagrama de Ibsen, infinitamente copiado, plantea un hogar feliz en cuya trastienda se oculta una verdad inconfesable que se va abriendo poco a poco a la luz generando un inmenso dolor hasta desembocar en un desenlace trágico. Frente a Olvido -Muñoz de Mesa no se ha quebrado la cabeza al buscar los nombres de sus personajes-, asistenta y antigua partera al servicio del doctor Nieto, encargada de gestionar la amnesia de lo ocurrido en la clínica donde trabajaba, Luz será la otra “partera” con la misión de alumbrar la verdad del robo de los niños.

Antonio Muñoz de Mesa proporciona a ambos personajes escasísimos matices. En realidad, nos encontramos ante dos figuras planas, simples, sin evolución ni aristas, a las que ni Ruth Gabriel ni esa excepcional actriz que es Asunción Balaguer pueden extraer el más elemental rendimiento. El maniqueo reparto de roles se completa con el inocentón hijo del doctor, Julio, de igual simpleza que las protagonistas femeninas, y el propio doctor Nieto, que a pesar de la enfermedad degenerativa parece conservar unas dotes de memoria más propias de un opositor a notarías. Es desvergonzado, cruel, violento, lascivo y amoral desde cualquier punto que se le mire. El argumento parece encontrar un aliciente ingenioso en la lectura que Luz hace en voz alta de pasajes de la “Teogonía”, de Hesíodo, intencionalmente dirigidas al caricaturesco ginecólogo. En el transcurso de la obra, lee el pasaje donde las Musas del Helicón confirman a Hesíodo que no solo estimulan la ficción, sino que también “ensalzan la verdad” (aviso a navegantes). Más adelante, el mito de Cronos devorando a sus hijos, y la rebelión de estos contra el padre destructor, cuestión edípica en la que se anticipa la reacción de los descendientes que se sublevan contra la mentira de sus progenitores… Pero se trata de un espejismo. Al margen de este atisbo de chispa, la línea argumental avanza previsiblemente, monótona, lineal y mecánica. El texto no remonta el vuelo, sino que más bien chapotea muy por debajo de sus referencias teatrales, a años luz del prototipo creado por Ibsen. Cuando la acción emboca el desenlace y tiene que exhibir las ocultas verdades, el autor saca recursos del más rancio teatro decimonónico y sus incestuosas revelaciones no es solo que estén por debajo de Ibsen, sino que caen en trasnochadas fórmulas más propias de lo más anacrónico de don José Echegaray o incluso más remotamente de don Joaquín Francisco Pacheco. Cualquier vestigio de dramatismo se desploma entre la incredulidad y una punzada de vergüenza ajena. Los nombres de los personajes, efectivamente, eran un agüero, pero un agüero de la lastimosa falta de autoexigencia y propósito creativo.

Sorprende que el joven y excepcionalmente capacitado director de escena Julián Fuentes Reta, acostumbrado a bregar con requerimientos experimentales de autores como Steven Berkoff, Sarah Kane y Samuel Beckett, o volcado en llevar a escena difíciles textos de dramaturgos emergentes, como los de Lola Blasco en la Cuarta Pared o el Teatro Valle-Inclán, se pliegue aquí a una dirección de escena tan rutinaria. Hay un gran salón burgués y el principal problema se reduce a marcar por dónde entran y salen los personajes. La mayor audacia consiste en colocar un semiótico retrato gigantesco del doctor Nieto en la pared del salón -recuerden a Orson Welles y los enormes retratos de “Ciudadano Kane”-, con la única particularidad de que el malvado protagonista exhibe una barba análoga a la de un patriarca o a la de Mariano Rajoy, con lo que nos trata de sugerir que el sistema político actual, y muy particularmente la derecha, vive en la usurpación, la mentira y el olvido interesado. Pero estas son sugestiones que solo pueden captar los especialistas en semiología. Dado este nivel, puede decirse que “Una vida robada”, más que contribuir a la denuncia de la red dedicada al robo de niños y ayudar a su causa, vive por el contrario vicariamente de ese escándalo. Trata de hacerse notar parasitando ese hecho inadmisible de nuestra cercana historia. El autor, los productores y los exhibidores deberían revisar el nivel de ciertas puestas en escena, especialmente cuando se hacen a costa de dinero público.
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