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Mas y González en conversación

Juan José Solozábal
martes 04 de febrero de 2014, 20:12h
Como me ha ocurrido en muchas ocasiones, ahora que ha hablado sobre Cataluña, distendida, provocadora y seductoramente, me he reconocido en Felipe González. Es cierto, primero, con lo que ha dicho, pero sobre todo con el modo en que se ha expresado, que denota un profundo afecto por Cataluña, que mi generación ha asumido siempre. Todos recibimos, de nuestras lecturas de Jaume Vicens y Pierre Vilar, la idea de la España dual, un país a dos tiempos, que atribuía un liderazgo en la modernización a Cataluña, una colectividad convencida de su identidad y de sus posibilidades, que se mostraba como modelo a todos los españoles en el camino a la recuperación de la democracia.

Esta fascinación por el rol histórico de Cataluña con su punto de exageración, pues subrayaba en exceso el peso del lastre de la España agrícola y retrasada, que abusivamente, desde Prat de la Riba, se ha designado como Castilla, y descuidaba la responsabilidad de las élites catalanas en el modelo de Estado centralista, pues ellas se avinieron sin rechistar demasiado a las ventajas del proteccionismo del mercado nacional, ha permitido pasar por alto algunos problemas especialmente problemáticos del nacionalismo si se toma a este como el componente esencial, aunque muchas veces oculto, del catalanismo, y que ahora, en la situación actual pueden aparecer sorprendentemente, dificultando con su rigidez y elementariedad la salida, si no la solución, de la crisis territorial en que nos encontramos. Pero dejemos para otra ocasión el desvelamiento de los vínculos del nuevo nacionalismo (blanco) con el viejo (étnico), pues persisten las huellas de los prejuicios de los fundadores, como ocurre, aunque no sea sancto mencionar, en algún otro caso de particularismo, afirmando la superioridad y no solo la diferencia de Cataluña sobre España, que lleva a cabo manifiestamente Prat en su crítica de la Restauración, pero que aletea años después, mostrando la capacidad de permanencia de determinados clichés, por infundados que parezcan, en la obra de algún autor de adscripción no estrictamente nacionalista tan estimable como Gaziel.

González en el debate de guante blanco que lleva a cabo con Mas en La Sexta, este domingo pasado, impecable en las formas e interesantísimo por tantos conceptos (una conversación sin voces, en suma ) muestra su sorpresa, ante lo que en realidad no es sino la conclusión de la pretensión esencial del nacionalismo, la demanda del propio Estado, tras la autodeterminación: ¿Por qué la separación? ¿Cómo se puede pretender la secesión cuando Cataluña lleva treinta y cinco años de autogobierno espectacular, con pleno ejercicio de su competencias, disfrutando además de un poder efectivo de decisión en la política española, un shared rule indudable que se añade al self-rule de la autonomía, propios de todas las formas federativas en serio? Salvados los presupuestos nunca se aprobó una ley sin Convergencia y Unión en los catorce años en que fui Presidente, dice González. Podría haber añadido que el actual sistema de financiación en vigor fue acordado en el 2009 y acoge las determinaciones capitales tomadas en el Estatuto de Cataluña en esta materia. Mas aduce menosprecios y desplantes de los gobiernos españoles del PP y el maltrato del Estatuto. ¿Realmente hubo maltrato del Estatuto por parte del Tribunal que dejo indemnes todas las decisiones competenciales y de derechos del texto original, y que rechazó, discutiblemente, algún inciso estatutario sobre la definición del concepto de bases, y algún precepto sobre el consejo judicial catalán por motivos formales, al señalar que un Estatuto de autonomía no era el instrumento adecuado para llevar a cabo determinados cambios en la materia de Justicia, perfectamente abordables mediante una ley del Estado?. Y hablando de reproches, ¿quién ha elevado el tono de los mismos, utilizando las expresiones robo o expolio, y generalizando determinadas actitudes, en realidad de origen muy minoritario, como si respondiesen a una predisposición muy extendida contra ese querido territorio?

Las advertencias de González sobre la consideración de la secesión en un Estado miembro de la Unión, que dejaron a Mas sin habla, “Están aterrorizados de pensar que se pueda producir una desarticulación territorial interna respecto a los Estados nación que conforman la UE”, llaman la atención por su severidad, y porque las formula una persona cuya cordialidad con Cataluña no ofrece dudas. Pero lo que deja perplejo a González es que el representante máximo del Estado en Cataluña, que eso es lo que es el Presidente de la Generalitat, pueda propiciar una actuación como la convocatoria de un referéndum en contra del orden constitucional, pues, como señala acertadamente González, lo que pretende la consulta es, se le llame como se quiera, la celebración de un referéndum de autodeterminación. El camino para la verificación de tal consulta, precisa el ex presidente con toda lógica, puesto que la Constitución obliga a todos, al presidente Rajoy, pero a cualquier otro que pudiera encontrase ante tal envite, incluidos los socialistas, no puede ser otro que hacerla posible, primero a través de la correspondiente reforma constitucional sobre la que han de decidir todos los españoles, pues a todos afecta la alteración del territorio nacional, procediendo después, a solicitar en su caso el acuerdo del electorado catalán. No nos vale el caso escocés, primero porque no puede ser tomado políticamente en serio, ya que el referéndum se ha convocado porque se va a ganar; pero también porque se parte de diferentes supuestos históricos, ya que el origen del Reino Unido puede representarse como un acuerdo internacional, en último término denunciable por las naciones intervinientes en el mismo. Especialmente la diferencia entre los casos catalán y escocés, señala González, los marca la razón jurídica, pues en Gran Bretaña no se cuenta con límites constitucionales al referéndum, ya que en puridad la soberanía está siempre a disposición del parlamento, y no como ocurre entre nosotros, donde está en manos del poder constituyente del pueblo español en su conjunto.

¿Qué hacer, entonces? Pues hablar, plantear las propias posiciones pensando en el acuerdo, recolocar a Cataluña en nuestra Constitución. Dejar entonces sí que España y Cataluña, sobre nuevas bases, decidan.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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