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Los caminos de la democracia

martes 18 de febrero de 2014, 19:57h
Vivimos tiempos convulsos en nuestra vida social. La crisis económica ha desvelado una preocupante pérdida de confianza en nuestro entramado institucional y político, que no era cuestionado mientras navegábamos en una supuesta abundancia económica. Las épocas de crisis, y ésta lo es, sirven para la reflexión y posterior impulso, si se hacen las cosas bien.

Se habla mucho últimamente de la regeneración democrática, de la reforma de la Constitución de 1978, de una forma diferente de hacer política, mientras el bipartidismo (PP-PSOE) pierde fuelle progresivamente. Los tiempos de la transición política y el sistema que de él nació, precisan de un nuevo impulso que se adapte a nuestras actuales circunstancias. A mi modo de entender, uno de los puntos clave de nuestra necesaria reforma política y democrática se basa en los partidos políticos y en su forma de seleccionar líderes.

El pueblo español sabe, en principio, lo que no quiere. Está cansando de corrupción, cree poco en la palabra de los políticos y en sus discursos, la filosofía del “y tú más” ya resulta insoportable. Parece que se quiere algo nuevo, distinto, diferente. La base de la reforma que necesita España se debe apuntalar en los siguientes pilares:

Primero. El compromiso social para que las cosas cambien. Dicho con otras palabras, no basta con protestar y quejarse. Eso es necesario, pero no suficiente. Los cambios precisan de acción, de compromiso, de trabajo. No se puede pedir al todo lo que no hacen sus partes. El ciudadano español debe comprometerse con su vida pública, ser exigente y participativo. Los cambios no se producen espontáneamente, han de ser trabajados.

Segundo. La perspectiva correcta siempre es la del interés general. Nada bueno se crea desde el “qué hay de lo mío”. Cualquier proyecto valioso en la vida parte de la generosidad, de la creatividad, de la convicción profunda; no es fácil, pero al final se suele lograr el objetivo perseguido. El proyecto de España como Nación debe partir de la convicción profunda de un nosotros común, de una intrínseca solidaridad y de tirar todos del carro en la misma dirección.

Tercero. Debemos profundizar en la cultura democrática, que solo nace de una cultura asentada en los derechos humanos y en el respeto a la norma. No hay democracia sin Estado de Derecho y no hay Estado de Derecho sin respeto a la legalidad, a la separación de poderes y al respecto a los derechos humanos.

Cuarto. Unos medios de comunicación de calidad e independientes son vitales para una verdadera democracia. Las naciones desarrolladas y libres se basan en unos medios de comunicación de calidad, junto con un poder judicial independiente y unos ciudadanos exigentes.

Quinto y último. Basta ya de adoctrinar con la educación. Necesitamos ciudadanos libres e independientes que elijan por sí mismos lo que consideren oportuno. El Estado tiene que ofrecer herramientas para la libertad personal, no para el adoctrinamiento, venga de donde venga. Y aquí estamos fallando bastante. No hay democracia sin ciudadanos formados y exigentes. La democracia casi siempre es directamente proporcional a la educación y a la cultura.

Creo no equivocarme al afirmar que estos cinco puntos pueden ayudarnos a profundizar en los necesarios caminos hacia una verdadera democracia, que el pueblo español debe y tiene que recorrer.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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