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La herencia del mayo francés

domingo 11 de mayo de 2008, 21:48h
40 años después del Mayo Francés, sólo los acordes de Dylan o las imágenes del Che nos evocan aquellas barricadas del Barrio Latino. Salvo honrosas excepciones, parece que lo único que nos mueve a los jóvenes de hoy en día es exigir que nadie acote nuestro sagrado derecho a la diversión. Sólo así se entiende que mientras las huelgas universitarias sólo movilizan a unos cientos –en el mejor de los casos- estudiantes “motivados”, la defensa del inalienable derecho a hacer botellón lanza a las calles a miles de jóvenes. ¿Cómo pretenden las autoridades que nos emborrachemos cada fin de semana, con lo caras que están las copas en los garitos? Y ya se sabe que el alcohol es un pilar básico de nuestra sociedad, sin el cuál no se daría la interacción social necesaria para que la raza humana subsista.

Paradójicamente, ésa es la herencia final del Mayo del 68. Ni el feminismo, ni el ecologismo, ni la liberación sexual. Lo que realmente subyacía en las protestas de los jóvenes del 68 era el derecho al cuestionamiento del todo, a elegir la irracionalidad como opción, a vivir de espaldas a la realidad... de todo el nihilismo pedido, nos hemos quedado con el lado fácil. La rebeldía se ha vuelto conformismo. Y así estamos, tan entretenidos en exigir copas más baratas y lugares más amplios y mejor acondicionados para ejercer nuestro derecho constitucional a la borrachera semanal, que casi no nos queda tiempo para la olvidada lucha real en las calles, por reclamar los derechos que entre copas nos vamos dejando arrancar.

Aparentemente, la explotación laboral en nuestra sociedad ha quedado relegada a las fotos en blanco y negro de oscuras fábricas decimonónicas y talleres de confección clandestinos regentados por asiáticos sin piedad. Mientras tanto, hemos asumido como normal los contratos basura, la precariedad laboral, las becas interminables, las horas extras impagadas. Tan imbuidos estamos de la cultura del conformismo–miedo a no encontrar un hueco en la sociedad, a que nos tachen de vagos o a que nos acusen de no habernos esforzado lo suficiente en convertirnos en ciudadanos de provecho-, que los jóvenes de hoy en día asumimos con resignación e incluso alegría explotaciones infames que echan por tierra todos los esfuerzos de la lucha obrera. Con la excusa de que hay que hacerse un hueco, aceptamos trabajar sin cobrar, hacer horas y horas extra sin retribución, aguantamos malas caras y peores tratos, porqué en nuestro fuero interno ha quedado grabado a fuego que no merecemos nada mejor. El trabajo dignifica sí, pero la explotación sólo humilla.
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