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Crítica de ópera

El Real estrena una [i]Alceste[/i] más de Eurípides que de Gluck

viernes 28 de febrero de 2014, 11:09h
El estreno de la ópera Alceste este jueves en el Real, se saldó con un sonoro abucheo dirigido a los responsables de la escena, que no restó, sin embargo, los correspondientes aplausos para el coro, la orquesta y las voces solistas, Angela Denoke, Paul Groves y Willard White.
La ópera Alceste de Gluck, en su versión francesa de 1776, se representó anoche por primera vez en un escenario español. Y si, por una parte, Gluck escribió, con motivo del estreno de la misma en París, un prefacio en el que realizaba una auténtica declaración de intenciones sobre su obra, el director de escena de esta nueva producción del Teatro Real, Krzysztof Warlikowski, no dudaba en realizar la suya propia en la presentación de la misma a los medios. Hace 237 años, Gluck aseguraba que su pretensión había sido la de restringir la música a su verdadero oficio de servir a la poesía por medio de la expresión, siguiendo el argumento sin interrumpir la acción con superfluos ornamentos. De esta forma, el compositor alemán estaba decidido a regresar al equilibrio entre música y palabras, con el objetivo de reconducir el género lírico hacia un estilo comparable al de la tragedia griega clásica. Así, para la versión de París, realizada nueve años después de la italiana con libreto de Ranieri de Calzabigi, Gluck se basó en un nuevo texto de Le Blanc du Roullet, que, a su vez, estaba basado en la obra Alcestis de Euripides. Sin embargo, aunque entonces el compositor utilizara un libreto capaz de expresar los sentimientos de manera sencilla para conmover al auditorio, a juicio de Warlikowski, a día de hoy, la obra del alemán resulta demasiado benévola como para retratar de manera fiel la crudeza de una historia que, para él, no es romántica, sino inmensamente despiadada y trágica.

Para el polaco – que ha soportado estoico el interminable abucheo final, hasta que el director musical, Ivor Bolton, ha acudido en su rescate y lo ha integrado en el grupo con todos los demás artistas en el centro del escenario –, la historia de Alceste y de su marido, el rey Adméte, no podría, en la actualidad, conmover a nadie. No, al menos, en la forma en la que fue concebida para el público parisino de mediados del siglo XVIII, esa generación que, años más tarde, desarrollaría los ideales burgueses de la Revolución francesa. De modo que el director polaco, por una parte, sitúa el drama en nuestros días y, por otra, viaja en el tiempo a la Grecia clásica, con el objetivo claro de rescatar de la obra de Eurípides dos situaciones – o si quieren, argumentos – que, en su personal interpretación, se echaban en falta en el libreto original de la ópera de Gluck. No parece tarea fácil. Menos aún, si esos “detalles” parecen irrumpir, de pronto y sin mucho sentido, en forma de diálogos en inglés en plena partitura francesa. Y, sin embargo, cuesta no coincidir con Warlikowski en que si su propuesta bebe directamente de la fuente euripidiana – es decir, “corrige” a Gluck -, no puede ni debe ignorarlos.



Ahora bien, admitiendo que sea legítimo pedir un esfuerzo imaginativo e intelectual al público, habría que tener en cuenta también que un director de escena no puede empeñarse siempre en que el público acepte, sin más, sus personales interpretaciones. Sobre todo, si corren el innecesario riesgo de caer en incoherencias o de alentar probables desconexiones. Y es precisamente de estas dos cosas, de las que peca la primera parte de la propuesta escénica del polaco, quien, sin embargo, logra enderezar e, incluso, salvar el resto. Hasta lograr convencer de que lo suyo no es – a pesar de que la escenografía a veces se empeñe en introducir innecesarios elementos que no añaden, sino que claramente estorban - un mero capricho para llamar la atención. Persigue un fin, al que agradeceremos llegar, aunque el camino no sea, desde luego, recto, más bien, plagado de curvas y cambios de rasante.

Pero es gracias a ese fin concreto, por lo que la producción finalmente resulta. A pesar de esos incomprensibles, y prescindibles, momentos en los que parecía caminar por una cuerda muy, muy floja. Ya la elección del personaje de la princesa de Gales para dibujar a la Alceste de nuestros días, era una decisión bastante arriesgada. Y, de hecho, la imagen de muñeca rota que la “heroína” presenta durante la mayor parte de la obra, no hace justicia a la Alceste que se presta a morir para que su esposo pueda seguir viviendo. La “Alceste de Madrid” – Angela Danoke hace suyo el personaje demostrando su enorme capacidad actoral – no parece dar su vida a cambio de la de Adméte porque lo ame, sino porque a quien no ama es a ella misma. La de Danoke, es una Alceste que quiere morir, y si ofrece su vida – siempre en la particular interpretación de Warlikovski – es porque se siente tremendamente culpable. O porque en la culpa encuentra la excusa para el suicidio. De hecho, cuando recibe la noticia de que su marido - a quien da voz y vida un irregular Paul Groves - está agonizando en el hospital, ella acaba de conceder una entrevista en televisión. La vemos, antes incluso de empezar a sonar la obertura, en una gran pantalla que ocupa todo el escenario. En ella, Alceste reconoce su profunda infelicidad, anuncia el fracaso de su matrimonio y su intención de divorciarse. De modo que es su debilidad, su sensación de fracaso, lo que parece llevarle a un gesto que podría confundirse con amor, pero es locura, desesperación. Como consecuencia de este perfil psicológico trazado por Warlikovski, la producción tendrá, en muchas ocasiones, que hacer malabares – y con ella, el resto del público –, para encajar las piezas. Por ejemplo, cuando Adméte, salvado ya por los dioses a cambio de llevarse a Alceste, se entera de cuál ha sido el precio de su salvación y se vuelva loco de amor. ¿No estaba ese matrimonio ya roto definitivamente?



En el libreto de la ópera de Gluck, ambos protagonistas declaran con pasión que están dispuestos a morir por el otro, pero sus frases no debieron de convencer al director polaco. Porque en su versión no hay héroes. No los quiere. Tampoco, dioses. Así que se dedica a poner sin contemplaciones a todos los personajes en su lugar. En el que él cree que les corresponde según la tragedia de Eurípides, donde todos saben y aceptan su destino. Y el polaco no hace concesiones de ningún tipo, de modo que a Hércules le recuerda lo que hizo antes de que se lanzara a salvar a Alceste in extremis de las garras del infierno, es decir, asesinar a su esposa y a sus cuatro hijos; y ni siquiera se muestra clemente a la hora de reescribir el final, mucho más trágico que el de la propia tragedia griega. Un final al que ha ido llegando la obra a base de intensificar el drama de la acción, contando con la bellísima y magistral partitura rica en matices del compositor alemán, ejecutada – recurriendo a los metales originales - por la Orquesta Titular del Teatro Real, a las órdenes de quien será nuevo director musical del coliseo madrileño a partir de 2015, el británico Ivor Bolton. Han sido ellos, el maestro y la orquesta, junto al Coro Titular del Teatro Real y su director Andrés Máspero, quienes más aplausos han recibido de un público que ha premiado, especialmente, a la soprano alemana Angela Danoke, quien se alternará con la ucraniana Sofia Soloviy en el papel de Alceste durante las siguientes diez representaciones de la recién estrenada ópera de Gluck.
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