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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]Vitalicios[/i], de José Sanchis Sinisterra: una bofetada a la política cultural

domingo 02 de marzo de 2014, 11:50h
Un dramaturgo consagrado como José Sanchis Sinisterra huye de cualquier posición acomodaticia para arriesgarse a la exploración teatral, ahora afincado en Madrid con su Nuevo Teatro Fronterizo. La Sala Mirador ofrece su última creación, que dentro de las premisas que han caracterizado su “teatro fronterizo”, se abre hacia una nueva línea en la comedia de humor negro dirigida contra la actitud del poder político frente a la cultura.
“Vitalicios", de José Sanchis Sinisterra
Director de escena: Yayo Cáceres
Escenografía: Carlos Murcia
Intérpretes: Candela Fernández, Ricardo Reguera y Cecilia Solaguren. Con la colaboración de Juan Diego Botto
Lugar de representación: Sala Mirador. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Ha sido el propio autor, José Sanchis Sinisterra, el que ha denominado a esta su última pieza como “sainete negro”. Y sin duda lo es de un modo estricto, entrecruzando una mordacidad de raigambre popular con la tradición del humor negro y la carcajada obtenida sobre un fondo macabro. El extraordinario impulsor del “teatro fronterizo” entra aquí de lleno en el más directo debate político y nos muestra en escena un tétrico departamento ministerial encargado de cortar por lo sano las pensiones vitalicias que otros gobiernos en épocas de vacas gordas habían asignado a artistas cuya vida se prolonga más de lo que conviene a las arcas públicas. Resulta que el Ministerio de Cultura ha desaparecido de un plumazo, sustituido por algo así como la cartera de Festejos Populares, en cuyos sótanos se tramitan asuntos no ilícitos o ilegales, sino más bien “sublegales”, siguiendo estrictamente la eufemística terminología política habitual.



En el “quinto… sótano” del Ministerio, en un habitáculo insalubre bajo tierra, con filtraciones de agua y enrarecida ventilación, tres funcionarios se afanan en clasificar una interminable lista de pintores, escritores, actores, músicos, cineastas… que va a ser cribada sin contemplaciones con arreglo a una decisión ministerial “sublegal”. A falta de instrucciones más concretas, los tres intrépidos y a la vez intimidados funcionarios públicos, catalogan sublegalmente la inmensa nómina de artistas mediante un peregrino criterio de su propia invención, que segará azarosamente y de forma siniestra a los antiguos beneficiarios de los Premios Vitalicios.

Un planteamiento de esta índole podría haber sido proclive a exacerbar una angustia kafkiana o a desviar el espectáculo hacia una simplista soflama panfletaria. La maestría del excepcional dramaturgo que es Sanchis Sinisterra sortea esas tentaciones para encauzar su obra hacia el humor crítico, lo grotesco satírico y la causticidad de los sainetes más irreverentes con el poder. Uno de sus mayores aciertos estriba en el desternillante ingenio verbal con que Sanchis Sinisterra aprovecha expresiones populares novedosas o acuña a partir de ellas otras de su propia cosecha que provocan ininterrumpidas carcajadas en el público, irreprimibles incluso entre espectadores que pudieran estar en desacuerdo con la ideología del autor. La invectiva de “Vitalicios” gana así muchos puntos de intensidad en su denuncia, menos efectiva si se hubiera decantado por el drama. ¿Quién sigue defendiendo que la esencia del humorismo es dulcificar situaciones hirientes? En el gran teatro, la risa siempre ha sido un flagelo, el arma de zaherir y mortificar más afilada contra actitudes que se consideran injustas. La dirección de Yago Cáceres y la impecable actuación de Candela Fernández, Ricardo Reguera y Cecilia Solaguren, elaboran un mecanismo perfectamente orquestado para que no se extravíe ni el más mínimo ápice de la hilarante mordacidad de la obra.



Dentro del teatro fronterizo propugnado desde hace décadas por José Sanchis Sinisterra, “Vitalicios” presupone una continuidad en sus principios dramáticos, abriendo nuevas expectativas al estilo de su autor y amortiguando otros rasgos que han sido seña de identidad de esa forma teatral. Como siempre, nos encontramos aquí un teatro híbrido donde se combinan fórmulas en apariencia distantes que el autor repentinamente fusiona de manera fugaz. En “Vitalicios” podemos hallar planteamientos explícitamente extraídos de Harold Pinter amalgamados con el humor negro de Buñuel, Berlanga o Azcona, junto al entremés más irreverente colocado en los descansos de las más solemnes comedias, todo agitado con el pulso radicalmente independiente de Sanchis Sinisterra. La conjunción de estos factores ha propiciado que el autor de “Ñaque”, “¡Ay, Carmela!” o “Sangre lunar” oriente esta vez su teatro fronterizo hacia un terreno cómico con una intensidad desconocida hasta ahora y con una eficacia que descubre nuevas perspectivas en un estilo teatral que no había explorado con tanto brío posibilidades más audaces en la vía del sarcasmo.



Sanchis Sinisterra continúa con la depuración de los medios expresivos escénicos, pero en este caso juega muchísimo menos de lo que en él es habitual con la intensidad de los silencios, con las pausas que ocultan las verdades más auténticas, con los tramos donde el significado debe ser construido por el espectador. Incluso llega a aproximarse peligrosamente a ese moralismo explícito tantas veces denostado por él. Sin duda los personajes no están elaborados de una sola pieza lógica, sino que la imaginación del público termina de formarlos a partir de unos vigorosos trazos discontinuos, tan sugerentes que nuestra fantasía no se puede resistir a delinear y completar lo que de ellos solo se insinúa pero no se evidencia. No obstante, la enérgica protesta contra la reducción de apoyos a la cultura, hace que su lenguaje sea más palmario que nunca y deje un mínimo espacio a las elipsis e interrupciones que ocupan silencios tan profundamente expresivos en el resto de su producción teatral.

Pero que nadie espere un alegato plano y partidista, como pudiera escucharse en la recogida de un Premio Goya. Sanchis Sinisterra denuncia inequívocamente la política cultural del actual Gobierno, pero también pasa la afilada cuchilla por aquellos otros que repartieron dinero y prebendas con fines personales o propósitos de clientelismo. Bajo la gran bofetada que propina “Vitalicios” subyace la convicción del desinterés último del poder político frente a la cultura, a la que halaga o desprecia según le convenga a sus objetivos de sostener e incrementar su autoridad. Desde este punto de vista, “Vitalicios” sigue fiel a aquel manifiesto de José Sanchis Sinisterra a favor de una escena sin límites donde se abogaba literalmente por “una cultura fronteriza, allí donde no llegan los ecos del Poder.”
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