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El PRI ha cumplido 85 años (II)

jueves 06 de marzo de 2014, 20:19h
En 1988, los ciudadanos mexicanos teníamos más conciencia política y cívica. El PRI estaba amenazado de perder la hegemonía que conservó con instrumentos legales e ilegales.


Había un descontento en la población que fue in crescendo en los últimos años del gobierno de Miguel de la Madrid: por el mal manejo económico –que implicó más desempleo, más inflación y más pobreza- y por la ineptitud que demostraron autoridades federales y locales ante la tragedia de los terremotos que sacudieron a la Ciudad de México y a Ciudad Guzmán –cerca de Guadalajara- el 19 y el 20 septiembre de 1985. El primero registró 8.1 y el segundo 7.6 en la escala de Richter.

Nunca nos pondremos de acuerdo, en el número de fallecidos en aquel tiempo. Las cifras oscilan entre 10 mil las oficiales y 50 mil personas tomadas por diversas asociaciones que trabajaron en el rescate de heridos y de cadáveres. Hubo personas que desaparecieron porque estallaron tanques de gas que provocaron incendios en diversos edificios de departamentos, hoteles, restaurantes u oficinas.

A finales de 1987, fue elegido e impuesto de manera antidemocrática por Miguel de la Madrid, el economista Carlos Salinas de Gortari como candidato presidencial del PRI, quien se había desempeñado con muchos errores de cálculo como Secretario de Programación y Presupuesto y por tanto corresponsable de la crisis económica de 1987. A raíz de esto, varios priistas rompieron lanzas contra su partido, entre ellos Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, viejos lobos en el mar de la política. El primero, hijo del ex presidente y general Lázaro Cárdenas y quien había desempeñado algunos cargos en el gobierno federal de López Portillo y fue gobernador de Michoacán. El segundo, un político muy hábil y culto, conocedor de los entresijos del poder. Ambos junto con políticos de la vieja izquierda comunista, formaron una coalición de partidos pequeños, conocida como Frente Democrático Nacional. Esta coalición en 1989 se transformó en el partido de izquierda más exitoso en México: Partido de la Revolución Democrática.

Por parte del Partido Acción Nacional, el contendiente fue un empresario del norte mexicano, Manuel Clouthier y hubo otros dos candidatos con escasas posibilidades de triunfo.

En julio de 1988, Salinas con todo el apoyo del aparato estatal, con recursos materiales y humanos muy superiores a sus oponentes, así como todo el apoyo de Televisa, perdió las elecciones en la Ciudad de México y Michoacán. Muy probablemente no ganó las elecciones, porque el gobierno mexicano recurrió a la trampa electoral para imponer a Salinas, quien jamás tuvo legitimidad de origen ni ejercicio. Con Salinas hubo algunas reformas importantes, pero más dependencia económica con Estados Unidos, más violencia, auge del narcotráfico, la aparición de una guerrilla en Chiapas y los homicidios en contra del cardenal Posadas, en Guadalajara en 1993 y al año siguiente en contra del candidato presidencial priista Luis Donaldo Colosio y el secretario general del PRI, Francisco Ruiz Massieu. A la muerte de Colosio, Salinas reitera la antidemocracia priista y nominó a Ernesto Zedillo, otro economista, parcialmente desconocido y sin trayectoria política, un tecnócrata que hablaba mejor inglés que español para las elecciones de agosto de 1994. En diciembre de ese año, a menos de un mes, Zedillo había hundido a México en una crisis económica, derivada de la irresponsabilidad de su antecesor y de la soberbia del nuevo Secretario de Hacienda, Jaime Serra Puche.

El PRI y sus gobiernos fueron los responsables de la pérdida masiva de empleos, de capitales y del aumento de la criminalidad ordinaria y organizada.

Si bien Zedillo fue menos irrespetuoso que Salinas con la oposición, su desempeño fue gris. En 2000 en una jornada electoral ejemplar y limpia, el PAN con Vicente Fox a la cabeza le arrebató la presidencia de la república al PRI. Pero el gobierno de Fox y de su sucesor Calderón fueron tan ineficientes en seguridad, educación, desarrollo microeconómico y generación de empleos, que el PRI recuperó en 2012 por la vía democrática aunque con excesos notables en gastos de campaña, la presidencia de México y conserva la mayoría de las gubernaturas: el 75%, aunque no ha logrado recuperar la alcaldía de la Ciudad de México desde 1997.

El presidente Peña hoy presume que su partido es vigoroso y que es responsable de las últimas reformas estructurales, -lo que es cierto sólo parcialmente, porque sin el PAN y el PRD no habrían sido posibles- pero no quiere aceptar que el PRI durante los gobiernos de Fox y Calderón, se opuso a cualquier reforma constitucional de trascendencia.

El PRI es un partido ambivalente: es popular, pero antidemocrático en sus prácticas, es de masas y no de cuadros. No sólo eso, varios de sus prominentes dirigentes han sido objeto de investigaciones judiciales y escándalos por corrupción. Podría escribir una enciclopedia al respecto de cómo el PRI ha protegido a la mayoría de sus correligionarios tramposos. Los que han permanecido en prisión ha sido por razones de desafío e indisciplina y no por haber cometido delitos, aunque por supuesto los cometieron.

El PRI y sus gobiernos han creado instituciones interesantes y útiles, pero el peso de sus ineficiencias y actos de corrupción lo ponen en un balance negativo. Sólo hay que ver la realidad: la pobreza media y extrema no fue hecha por los gobiernos de extracción panista –aunque también fracasaron en políticas sociales- sino por el PRI desde mediados del siglo XX hasta ahora.

La tierra natal de Enrique Peña, el Estado de México, próximo a la Ciudad de México tiene hoy el índice más alto de homicidios contra mujeres, inseguridad pública y más de la mitad de la población mexiquense es pobre. Peña fue gobernador de su entidad (2005-2011) y los resultados fueron insuficientes en diversos renglones. Sólo hay que ver la realidad. Insisto la realidad no miente y los discursos triunfalistas de Peña contrastan con lo que vemos en la vida cotidiana, millones de habitantes de México.

El PRI cumple 85 años, pero no tiene credenciales democráticas y tampoco de transparencia en gestión económica. Sus logros son menores a sus fracasos.

El hecho de que estemos mejor que Venezuela, Argentina, Cuba, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Guatemala y El Salvador en algunos índices de producción económica y violencia, no quiere decir que estamos en el paraíso.

México no es Ucrania ni Siria, pero estamos lejos de competir con Suiza y Alemania en estabilidad social, crecimiento económico y calidad democrática. Muy lejos.

Juan Federico Arriola

Profesor de Derecho

Profesor de Derechos Humanos en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

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