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Francisco: ¿más estático que estético?

Marcos Marín Amezcua
jueves 13 de marzo de 2014, 10:43h

Pues se ha ido como el agua: ha transcurrido el primer año del pontificado de Francisco, el argentino llegado de los confines del mundo, y que ¿quién lo diría? ha asombrado al planeta por la sencillez, la bonhomía y el carisma que sin tanto brinco como Juan Pablo II, pero sin la postura hierática y absorta de Benedicto XVI, ha ido granjeándose a los fieles, pese a las evidentes resistencias dentro de la Curia –los cuervos del Vaticano aún no dejan de revolotear, atentando contra palomas de la paz ¿no es cierto?– y la antipatía de grupos ultraconservadores ­–que sí, que se me figuran extraviados en su tradicional e inútil soberbia como crédulos poseedores de la verdad absoluta de la que desde luego, carecen– y que pese a no gozar de la simpatía de grupos tradicionalistas, aquellos no han tenido más remedio que aguantar. Y no les gusta. No sé si a todos los fieles agrade Francisco, pero seguro que a muchos más que su antecesor, estoy cierto que sí.



Y no es cosa de afinidades ni de concursos de popularidad, pero la Iglesia parece dejar claro que no solo requiere hieráticos doctos en latín, sino que necesita apremiante de líderes que sacudan conciencias y que muevan a actuar de forma comprometida, rechazando la soberbia y clamando por la humildad ante tanta deserción e incredulidad. Sus dos antecesores no lo comprendieron así y ese es el gran mérito de Francisco, a quien después de un año ha dejado en claro que prescinde del tradicional numeral que a muchos nos hiciera creer que le correspondía para llamarse Francisco I, como al final no sucedió.



Como a mí, a los grupos conservadores de la Iglesia les interesa saber –afirman ahora– a qué hora vamos a conocer del talante teológico del actual pontífice –que no olvidemos, fue elegido de la mano guiadora del Espíritu Santo [no sea que cuestionen a la Divinidad en su sabia e inescrutable decisión con su mordaz reclamo]– y eso mismo me pregunto yo, pues no estaría mal saber finalmente su postura religiosa en temas profundos de la Fe. Manifiesta en encíclicas, exhortaciones apostólicas o bulas. El santo padre no corre prisa, tal parece responderles (y responderme, de paso) pero no se ha detenido en delinear qué piensa de la Iglesia, de los fieles o de los ministros de Dios y va actuando. Nos ha asombrado sí, con sus frases sencillas y puntuales que claman por la reconciliación, el acercamiento a Dios y, no se me escapa, apremia a que se debatan temas de particular importancia en el seno de la Iglesia, con valentía y con particular sensatez intelectual. De momento no concede a unos y a otros, es más estético en sus cambios y más estático en las reformas que pudieran proceder, no lo perdamos de vista. Pero la forma es fondo.



Francisco no para y ha sabido manejar estupendamente su imagen y su mensaje y ya ha nombrado ocho cardenales para que atiendan ese profundo análisis requerido, previo, que se traduzca después en un debate serio sobre temas trascendentales para el futuro de la Iglesia. Enhorabuena que lo haga. Algo es trascendente: no solapará pederastas y eso ya le ha ganado el Cielo.



Percibo que en este primer año de su pontificado, el papa Francisco ha sabido ser dirigente. Ha ido tejiendo fino, así se trate de la soga existente en la corte pontificia ­–que no es un jardín de rosas– y ha sorteado inercias y oposiciones. Ha sabido ser un líder de la Iglesia y ha capoteado acertadamente temas espinosos. Su humildad manifiesta potencialmente en su “recen por mí” ha llamado la atención al acompañarse definiendo el rol que deben desempeñar los jerarcas religiosos y ha planteado sin ambages el papel que el sacerdocio de todos los niveles y jerarquías ha de ejercer, con la humildad y la entrega que tantas veces escasea o se esconde en su ejercicio, y que el papa les reclama que exhiban.



Roma ha sabido jugar sus cartas. Mientras el papa fumiga el controvertido manejo del tema financiero, ha creado una secretaría de economía, para definir lo actuado. Ese dicasterio de Finanzas apuesta a tres vertientes: a reorganizar las propias del Vaticano, a transparentar y fiscalizar los negocios de Pedro y a racionalizarlos. El jesuita marca otro hito.



Aunque la Santa Sede ha dejado en claro que Su Santidad no viajará a la América Latina antes de 2016, los mandatarios de la región han desfilado por Roma en este primer año. Arropan al paisano. Espero ver más espacios en manos de latinoamericanos, inercias opositoras y reticentes aparte.



Así, mientras me repito y les recuerdo que el dogma establece que el papa “posee dos llaves recibidas de Dios: una para conocer y otra para definir”, le deseo largos años al felizmente reinante. La Iglesia lo merece y todos, también.
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