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11 M: ¿una década retrasados?

jueves 13 de marzo de 2014, 20:05h
Las palabras del cardenal Rouco Varela, en el funeral de Estado por las víctimas del 11-M-2004, podrían servir para mantener los tópicos que sobre España hicieron las delicias de malvados extranjeros. El cardenal Rouco Valera, en efecto, es un clérigo con todos los atributos de un gran poder temporal. A sus muchos cargos dentro de la Iglesia, se añadían los que le facultaron para presidir la ceremonia estatal del décimo aniversario del criminal atentado de Atocha: 191 asesinados, cientos de heridos y una conmoción social que situó a España en la estela trágica que surgió en Nueva York el 11-S-2001.

El cardenal Rouco Varela tuvo el privilegio de hablar él solo con su homilía. Aunque fue un acto de Estado, ni siquiera el Jefe del Estado intervino en él. Se celebraba en una catedral de la Iglesia Católica, y desde luego no parece constitucionalmente apropiado que un representante del poder mundanal ocupe el púlpito reservado a las autoridades tonsuradas. Es conocido que en estos tiempos, salvo casos como el del Jefe del Estado venezolano o iraní, cualquier mandatario civil no porta la vestimenta y la mitra deslumbrantes que usó el cardenal en su templo. Tampoco fue una ceremonia ecuménica, a pesar de que los invitados de otras confesiones religiosas -a las que pertenecían muchas de las víctimas del atentado terrorista- habrían podido tomar la palabra para tal ocasión, pues ellos sí podían haber lucido ropas adecuadas como las del cardenal. En conclusión, el encargado de trasmitir a las familias de las víctimas, a los ciudadanos de Madrid (cuya solidaridad ese día trágico fue magnífica), al Rey y demás representantes de la Nación Española, y a la opinión pública mundial (incluyendo a los sectarios de Al Qaeda y demás secuaces) fue don Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid y presidente de la conferencia episcopal española (saliente).

No desaprovechó la ocasión. En medio de un gran silencio, sólo alterado por toses de alguno de los asistentes, y del ruido de la calle que sonaba vital como siempre, el cardenal manifestó lo siguiente: “Hubo personas dispuestas a matar inocentes a fin de conseguir oscuros objetivos de poder”.

Como se trataba de una ceremonia estatal, aunque tenía lugar en un templo religioso, se entendió que el cardenal no hiciese las consideraciones éticas sobre aquel hecho terrible. Tratándose de un acto político, el relativismo propio de la política laica obligaba a que el cardenal Rouco Valera no se detuviera en hechos morales como fue el asesinato de 191 personas llevado a cabo por creyentes en Dios. Teológicamente planteaba un tremendo problema: ¿cómo un Dios que es el bien absoluto puede consentir que quienes creen en Él puedan matar en su nombre? De ese problema hablaron el anterior papa Ratzinger y el filósofo Habermas. Sin embargo, el cardenal sabía perfectamente que esas reflexiones teológicas y morales no cabían en una ceremonia estatal, máxime por respeto a las autoridades gubernamentales, cuyo pensamiento sobre el carácter no confesional del Estado es conocido en España, e incluso en el extranjero, como se comprobó en Turquía, cuando nuestro presidente del Gobierno participó en un acto celebrado con los partidarios de la fe en Alá y del Estado islámico.

El cardenal, de acuerdo con los límites del acto, desarrolló, no obstante, un interesante análisis que se apoyó en la epistemología escolástica. En otro momento de su intervención precisó: “No sabemos exactamente cuáles fueron los propósitos e intenciones últimos de los que pensaron, programaron y ejecutaron los atentados de Atocha”.

La epistemología escolástica, que como es sabido se inspira en Aristóteles desde hace setecientos años, cifra su originalidad en su concepción de los fines últimos de las criaturas naturales. El fin último de la nuez es generar un árbol, de la mujer es crear hijos, y por eso el cardenal no entró en cuestiones poco claras como fueron los asesinatos cometidos por terroristas islámicos hace 10 años. El cardenal, con el rigor de una filosofía que fue capaz de resolver todos los interrogantes del hombre con Dios, se erigió como depositario de la duda sobre quiénes fueron los autores intelectuales de un hecho que sólo lo podrá juzgar, en sus propósitos o fines últimos, el mismo Dios.

Esa postura epistemológica fue también, como es lógico, la misma que aplicaron la cadena de radios y de televisión dependientes de la autoridad del presidente Rouco Valera. Aunque los primeros en utilizar ese método de conocimiento fueron el ex-presidente Aznar y el periodista Ramírez, no parece que hubieran alcanzado tanta credulidad en la opinión pública sin la posterior cobertura intelectual de mentes como la del cardenal y sus seguidores, por cuanto Aznar y Ramírez apenas poseían formación rigurosa al efecto. El presidente Zapatero, al prestar siempre atención al periódico de Ramírez, reforzó el punto de vista filosófico de todos ellos.

Al análisis escolástico de los crímenes de Atocha no se le puede exigir conclusiones que se apoyan en la verdad científica, siempre relativa e incapaz de llegar a las causas últimas. Apoyándose en ese método -que sólo se usa, en comparación, hace pocos años en las democracias-, la Justicia, los servicios de inteligencia de todas las potencias mundiales, y la opinión pública secularizada, llegaron a la conclusión que el atentado fue cometido por terroristas islámicos.

No parece cierto que España haya perdido diez años para llegar a la verdad de los crímenes del 11-M.Siempre los incrédulos han reprochado a la escolástica retrasos mucho mayores; retrasos que algunos, equivocadamente, califican de históricos. El problema mayor no es arrepentirse, como ha confesado el sucesor del periodista Ramírez acerca su versión periodística del atentado, sino creer en todo momento que la escolástica nos ha de conceder alegrías absolutas en este mundo relativo de la democracia.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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