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teatro en el imparcial

[i]Dionisio Ridruejo[/i], de Ignacio Amestoy: fratricidio y reconcilación

domingo 23 de marzo de 2014, 14:31h
“Dionisio Ridruejo. Una pasión española”, de Ignacio Amestoy
Director de escena: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Intérpretes: Ernesto Arias, Jesús Hierónides, Paco Lahoz. Nerea Moreno y Daniel Muriel
Lugar de representación: Teatro Valle-Inclán. Madrid

Por RAFAEL FUENTES. Fotografías: marcosGpunto

Todas las fechas relacionadas con “Dionisio Ridruejo. Una pasión española”, de Ignacio Amestoy, son fechas de un excepcional simbolismo. Amestoy la escribió como reacción al frustrado golpe de Estado del 23-F de 1981, enarbolando una bandera escénica contra la amenaza de una involución militarista en España. La acción de la obra se sitúa en las jornadas del 28 y 29 de junio de 1975, pocos meses antes de la muerte del general Francisco Franco, pero aún con mayor exactitud en los dos últimos días de vida de Dionisio Ridruejo, quien fue brillante director general de Propaganda del bando franquista durante la Guerra Civil del 36, camarada de José Antonio Primo de Rivera, impetuoso falangista autor de algunos versos del “Cara al sol”, admirable poeta y soldado voluntario en la División Azul española que, bajo dirección germana, formó parte de las numerosas divisiones que invadieron la Unión Soviética en uno de los episodios más épicos y crueles de la II Guerra Mundial.

Se trata del mismo Dionisio Ridruejo que en la inmediata posguerra vivió su personal camino de Damasco, que le llevará a denunciar la política del generalísimo Franco y su nuevo régimen, para pasar después a una rebelión activa contra él, a la cárcel, al exilio y a la fundación de partidos políticos como Acción Democrática o la Unión Social Demócrata Española (USDE), que desde posiciones de centro izquierda, se aprestaban a instaurar un sistema de libertades a la muerte del dictador, constituyendo una Plataforma de Convergencia Democrática junto a nombres como Joaquín Ruiz-Giménez o Felipe González. Dionisio Ridruejo trabajaba para impulsar una Transición política en el país, precisamente porque él mismo había realizado una prolongada y durísima transición interior desde su juvenil fe fascista a su maduro convencimiento democrático. La pasión política de Dionisio Ridruejo fue trágica por la implacable expiación a que se sometió a sí mismo y a su pasado falangista y porque murió abruptamente a la entrada de la tierra prometida: esa democracia reconciliadora que ya parecía acariciar con las manos y que nunca llegó a ver, al morir meses antes que su denostado dictador en aquel emblemático 1975. Las presiones subyacentes en la vida política española hicieron imposible que un texto teatral tan crítico con el ejército como este de Amestoy subiese a los escenarios en el momento de ser escrito. Y las trampas del azar han hecho que el Centro Dramático Nacional (CDN), bajo la dirección de Ernesto Caballero, lo lleve por primera vez a escena justo en los momentos en que se extingue la vida de Adolfo Suárez, el protagonista final de aquella Transición negada a Dionisio Ridruejo. Una conjunción de fechas sumamente significativas que jalonan misteriosamente el desenvolvimiento de esta pieza maestra del teatro español contemporáneo.

La aproximación de Ignacio Amestoy a la figura de Ridruejo es oblicua, pero a la postre, más veraz con su trayectoria moral y política que una simple exposición de hechos biográficos externos. La acción se concentra en un gimnasio de un establecimiento castrense, que a su vez parece ser una de las salas de una instalación militar más amplia, en parte penitenciaria pero también al unísono un internamiento psiquiátrico. Un espacio donde se entrelazan agitación, enajenación y claustrofobia presididas por el águila imperial. El potro, el plinto, las cuerdas con nudos colgadas del techo, las canastas y los balones de baloncesto imprimen un dinamismo frenético. Mientras discuten, los protagonistas saltan, escalan, encestan, realizan series de flexiones que sugieren una sistemática preparación para la acción, pero también la energía de una jaula de monos sometida a una furiosa demencia.

El coronel Arenas polemiza con un joven capitán de ideas renovadoras, y a ellos les mira el comandante Castro, que empuja la silla de ruedas del general Castillo, un alto mando con opiniones fosilizadas. El coronel y el general vivieron la sublevación militar del 18 de julio que liquidaría la II República. El ambiente insano del kafkiano hospital psiquiátrico va filtrándose en sus discusiones. El coronel Arenas sirvió en la retaguardia de Burgos, como Dionisio Ridruejo. El coronel Arenas se incorporó voluntario a la División Azul, como Dionisio Ridruejo. La campaña en la nieve rusa zarandeó las convicciones del coronel Arenas, como las de Dionisio Ridruejo. El coronel Arenas se desdice y escupe contra el himno de la Falange, como hizo Dionisio Ridruejo. El coronel Arenas conoció a Dionisio Ridruejo. En instantes de exaltación alucinada el coronel Arenas se identifica con Dionisio Ridruejo. Deja que el antiguo jerarca falangista hable por su boca, repita fragmentos de sus deslumbrantes discursos, evoque sus pesadillas y terrores, y experimente su profundo arrepentimiento.

Durante la agonía del Caudillo, el miedo al derrumbe del régimen y la embriaguez por la ya remota victoria bélica, arrastra a todos a un desvarío creciente, donde el lenguaje se hace cada vez más perturbado hasta que un enajenado general Castillo habla como si fuera el propio general Franco. Una casa de salud en la que dos mandos vesánicos asumen a ráfagas los roles del generalísimo y de Dionisio Ridruejo, mostrando los más recónditos impulsos de ambas personalidades. No es una técnica extraña a nuestra literatura. Quizá fue Benito Pérez Galdós el primero en utilizarla entre nosotros, al aproximarse en sus “Episodios Nacionales” a la figura histórica del general carlista Zumalacárregui. En “Un faccioso más y algunos frailes menos”, se nos presenta un retrato externo y oficial del general sublevado, pero sus pulsiones internas más oscuras se nos muestran a través de un segundo personaje: Carlos Navarro, alias “Garrote”, que mientras yace enfermo en Pamplona, piensa: “¿Qué hace Zumalacárregui? Lo mismo que haría yo. Su papel es el mío; sus laureles, los míos; su triunfo, mi triunfo.” Una identificación que le hace enloquecer, y permite a Galdós reconstruir la estructura interior de Zumalacárregui sin atenerse a puntualizaciones históricas externas. El mismo recurso utiliza en “Zumalacárregui”, mediante un segundo personaje, José Fago, identificado con su general. Probablemente Galdós se inspiró en la tradición del romanticismo alemán sobre el “Doppelgänger”, presente en E.T.A. Hoffmann: la figura de un sosias o un doble aciago que duplica al protagonista en dos -Chamisso, Edgar A. Poe, Musset, siguieron esa línea literaria-, de modo que el autor de los “Episodios Nacionales” puede tratar por separado por un lado la imagen pública del héroe y su tumultuosa experiencia interior por otro. El coronel Arenas es episódicamente el “Doppelgänger” de Dionisio Ridruejo, su doble o sosias psíquico, a través del cual Ignacio Amestoy nos revela en fulgurantes fogonazos la transformación última del líder falangista en un represaliado defensor de los principios democráticos.

Juan Carlos Pérez de la Fuente ha dirigido con mano maestra a Ernesto Arias para que esa duplicidad, sometida a rápidas transiciones, sea creíble y clara para el espectador. De un coronel anónimo pasamos a ese orador estelar del primer franquismo que fue Dionisio Ridruejo, para volver a los meses de la agonía del general Franco, y después retornar a las vivencias de la estepa rusa en el inicio de la invasión de la División Azul, donde el personaje podría decirse a sí mismo aquellos versos de Ridruejo en “Canto en el umbral de la madurez”: “Recuerda aquellos días: morir era tan bello como vivir…” Aunque muy pronto el miedo, el sinsentido y la crueldad monótona de la guerra se convierten en fuerzas siniestras que transfiguran la mirada sobre el mundo de Dionisio/ Arenas. El comandante Castro y el general Castillo continuarán a lo largo de la obra expresando aquel sentimiento difundido por el fascismo europeo sustentado en la “belleza de la guerra”. Algo que Walter Benjamin consideró una estetización de la contienda. En realidad, una histérica sublimación de una violencia caníbal que algunos mandos desean reanudar tras la muerte de Franco, perpetuando un fratricidio de siglos.

Dionisio/Arenas, sin uniforme ni insignias, representa la toma de conciencia de la estupidez criminal y delirante de ese impulso, la voluntad de combatirlo, de erradicarlo, el propósito de reconciliar a los bandos antagónicos, la utopía de unir a las dos Españas. Alguien que conoció a Ridruejo íntimamente en esa tarea final de su vida, Juan Benet, escribió a su muerte: “Resulta difícil recurrir a cosa distinta de la vocación o el apasionamiento para comprender la carrera de un jugador que ha consumido casi la totalidad de su vida en el juego… perdiendo siempre.” Y, efectivamente, en aquel emblemático año de 1975 en el que parecía tener la oportunidad de culminar esa empresa de reconciliación, el 27 de junio fue ingresado en la Clínica Nuestra Señora de Madrid para ser operado de un problema coronario y el 29 falleció, cinco meses antes que el general Franco en La Paz. Su experiencia parece análoga a esa trágica fábula “Ante las puertas”, de Franz Kafka, donde un viajero se detiene a la puerta de entrada de la ley protegida por un mítico guardián que solo le concederá pasar cuando la existencia del viajero se apaga y queda eternamente a la entrada.

Así fueron los datos estrictamente biográficos de Dionisio Ridruejo. En su pieza, Ignacio Amestoy da a su doble escénico Dionisio/Arenas una muerte ritual, que implica a la vez una tragedia personal y una profunda purga emocional. Un extraordinario texto, pues, de Amestoy que debió subir -y más de una vez- hace mucho tiempo a las tablas de los escenarios españoles. Pero su puesta en escena no deja de ser oportuna. En una época en que se está cuestionando la validez de las premisas de la Transición, donde hay corrientes que tratan de desvirtuarla como si hubiera sido -¡qué gran, peligroso disparate!- una estafa, cuando parecen que vuelven a levantarse los perfiles siniestros de las dos Españas, la obra de Ignacio Amestoy atestigua la fuerza moral benéfica del legado, mientras que la representación orquestada por Pérez de la Fuente hace sentir, revivir al público con toda su intensidad la paranoia asesina que fue conjurada. Quizá haya que pensar, mejor, que es necesario conjurarla día a día entre unos y otros extremos. Una lección permanentemente viva que el teatro imparte con un magisterio de rango superior a cualquier otra forma de expresión.
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