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Pensando España desde USA (II)

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
domingo 06 de abril de 2014, 18:18h
No es España precisamente una “Nación sin ley”. Todo lo contrario: no es precisamente escasa la actividad legislativa y reglamentaria en nuestro país ni pequeño el entramado de disposiciones que rigen las vidas de los españoles en todos los ámbitos. Pero cualquier observador desapasionado de nuestra vivencia cotidiana podrá certificar sin temor a equivoco que tanta proliferación legislativa no es necesariamente seguida por un estricto y regular cumplimiento de las normas correspondientes. El tradicional dicho castellano de que “hecha la ley, hecha la trampa” parece contar desproporcionadamente en las mentes y en las actitudes de nuestros conciudadanos, muchos de los cuales parecen poseídos de una visión intrascendente y coyuntural de las exigencias derivadas de la vida en común. La noción elemental de que las leyes están para ser cumplidas necesita de una puesta al día urgente y profunda en la psicología colectiva de la comunidad española. Empezando naturalmente por el respeto e incluso el afecto debido a la Constitución Española de 1978, sin duda la mejor de nuestra historia política, la garantía mas sólida de nuestras libertades y que hoy está siendo puesta en entredicho por los caprichos de aquellos que aspiran a la ruptura de la integridad nacional o por aquellos otros que querrían contar con un texto de usar y tirar, basados en la peregrina idea de que cada generación merece su intento constitucional. ¿Tan difícil resultaría aprender de la vivencia americana para extraer de nuestra Constitución esos principios, que como dice el Presidente de los Estados Unidos, nos enseñan lo que significa ser ciudadano? Y aprovechando el ejercicio, ¿no cabria por ventura mejorar de manera significativa el funcionamiento de la justicia española para que en mente alguna quepa duda sobre su imparcialidad, rigor y eficiencia? Me remito a una prueba lateral pero no por ello menos significativa: escolares de grado superior en los Estados Unidos suelen conocer los nombres y las características de los nueve magistrados integrantes del Tribunal Supremo de este país. ¿Cuántos de entres ustedes, empezando por mí mismo, serán capaces de hacer lo propios con los integrantes del TC de España?

Fue John F. Kennedy el que durante el discurso de inauguración de su breve presidencia invitó a los americanos a sumarse a la obra colectiva con aquel famoso requerimiento: ”No pregunte lo que el país puede hacer por usted; pregunte más bien que es lo que usted puede hacer por su país”. Frase cargada de buena retórica y excelentes intenciones que ahora parece retomar el Presidente en su circular a los nuevos ciudadanos: ”Recuerde que lo que usted haga es tan importante como cualquier cosa que haga el Gobierno”. Y explica el sentido de la participación: ”Le pido que sea usted un ciudadano capaz de construir comunidades de servicio y una Nación con carácter….Cuando este espíritu de ciudadanía falta no hay programa gubernamental que lo pueda reemplazar. Cuando este espíritu está presente, ningún impedimento podrá obstaculizarlo”.

Esta invitación dirigida al por naturaleza individualista americano para que se haga responsable de su propia comunidad, empezando por el vecino más cercano, merece un cuidadoso reconocimiento porque, en el fondo, mezcla en proporciones adecuadas lo que es debido al Gobierno y lo que en esencia corresponde a cada uno de los ciudadanos. Es un tema de permanente debate en el seno de la sociedad americana con respuestas variadas según los que en el momento detentan el poder federal y se encuentra en la raíz de la discusión sobre la mejor manera de conducir la economía moderna:¿con muchos impuestos y amplias coberturas sociales, en el esquema que siempre ha caracterizado al Estado Providencia, o con menos cargas fiscales y mayor latitud individual para orientar las decisiones sobre inversión y gasto? Pero en realidad no interesa tanto el fondo técnico de la discusión, que pertenece a otros foros, sino la reclamación política y social dirigida al ciudadano de los Estados Unidos: haga usted frente a su responsabilidad individual y a la que le corresponde en la construcción comunitaria, viene a decir la misiva a los nuevos ciudadanos.

Tenemos los españoles fama de individualistas y tanto nuestra historia como la literatura patria han dejado cumplidas muestras de ese rasgo. No sé si estaré hiriendo alguna sensibilidad, sin embargo, si digo y pienso que esa tópica autonomía de comportamiento, tan merecedora de elogio en otros contextos, se ha mostrado por lo general egoísta en sus propósitos, insensible ante las necesidades de los demás e incapaz por lo general de suscitar grandes construcciones colectivas. Y que lleva ya tiempo, el transcurrido en el Siglo XX y en el XXI, cuando la España de las miserias de antaño dio paso a la prosperidad de las clases medias de hogaño, recostado suavemente en las exigencias dirigidas al Estado benefactor, al que se le supone capacidad ilimitada para atender sin limitaciones las necesidades de propios y extraños, en un perverso circulo vicioso en el que los derechos son inagotables y las responsabilidades nulas. Eso sería justamente lo contrario de lo que los americanos consideran una “Nación con carácter”. Estamos los europeos, y en ese sentido nos parecemos mucho a nuestros vecinos continentales, con independencia de las diversas fortunas económicas por las que atravesamos, preguntándonos como cuadrar el círculo de los menguantes recursos con el de las crecientes demandas sociales. Es cierto que los americanos no son ajenos a esa misma discusión, en un panorama que tiene también como horizonte la igualdad, la lucha contra la exclusión, las disparidades de renta y la misma pobreza. Pero así como en los Estados Unidos esa conversación, como tantas otras, suele desembocar en una llamada patriótica a la fortaleza nacional, el Viejo Continente prefiere estigmatizar la “militancia constitucional” y refugiarse en recursos de ocasión, con la finalidad evidente de retrasar la solución de problemas urgentes y perpetuar la existencia de comunidades de consistencia gaseosa. Época hubo en que los españoles éramos conocidos, aunque no siempre apreciados, por nuestro “carácter”. ¿Tan difícil seria imaginar que, mirándonos en el espejo USA, recuperáramos el sentido de una nación unida y diversa, tolerante y firme, exigente y compasiva, doméstica e internacional?

El reciente fallecimiento de Adolfo Suarez ha traído consigo un torrente de tristeza y nostalgia. Pero esos sentimientos han servido también para que los españoles sacaran del baúl de los recuerdos lo mejor de ellos mismos, su generosidad, su entrega, su capacidad de sacrificio, su colaboración cuando los tiempos eran tan duros como ilusionantes. Fue Suarez el que supo catalizar y canalizar esas disposiciones de ánimo, al servicio de las cuales puso su capacidad de convicción, su voluntad comunicadora, su programa de reconciliación, su deseo de contar con todos en la trascendental tarea de traer la democracia a España. Suarez, que siempre se tuvo por un ciudadano del común y que nunca perdió el sentido de servicio a la comunidad, podría muy bien haber suscrito lo que el Presidente de los Estados Unidos dice a sus nuevos conciudadanos: ”La promesa demostrada de que todos tienen su sitio, que todos merecen una oportunidad, y que nunca hubo un nacido insignificante” porque, como dice el final de la misiva, y Suarez bien podría haber aplicado a los españoles, “los americanos son generosos y fuertes y decentes”. No fue por casualidad que Suarez centrara lo mejor de sus esfuerzos en conseguir un texto constitucional que, en la ingente tarea de garantizar los derechos y libertades de los españoles, contara con el mayor consenso posible. El también sabía que la mejor clave para la estabilidad nacional y social está en la adhesión a principios e ideales que nos llevan más allá de nuestros particulares intereses. Y con razón y justicia aspiraba a que la Constitución de 1978, esa que consagra España como patria común e indivisible de todos los españoles, no fuera flor de temporada sino caldo de cultivo permanente sobre el que construir la comunidad de ciudadanos libres e iguales con la con razón identificó a España.

Si bien se mira, al final de la historia, y como decían los castizos, nadie es mejor que nadie y los grandes hallazgos de la sabiduría humana nos acaban alcanzando a todos por igual, aunque existan tiempos de olvido y desvarío. Precisamente aquellos en que con mayor urgencia es preciso reflexionar sobre nosotros mismos y meditar sobre los que los demás representan. Esta ha sido el alcance de mi modesta digresión, en la que he procurado unir el afecto que por mi patria siento, el dolor que ante sus desventuras padezco y los eventuales remedios que los Estados Unidos de América, el país que ahora nos acoge y por el que no debo ocultar reconocimiento e incluso admiración, nos podía ofrecer como inspiración. Sabiendo que en tiempos mejores, y de la mano de Adolfo Suarez, supimos encontrar las claves de la concordia. ¿Acaso no merece el Primer Presidente del Gobierno de la España democrática la consideración de “padre fundador” que Washington, Jefferson, Madison o Franklin reciben en este país?¿Y no sería quizás oportuno que en las montanas graníticas del macizo central español, no muy alejadas de su Ávila natal, a la que ha vuelto para ser enterrado, buscara España una ladera en la que, a semejanza de Mount Ruhsmore, quedara esculpida la cara voluntariosa y abierta del que tuvo la virtud de devolver a los españoles el orgullo de serlo? Es propio de grandes naciones el consagrar la memoria de sus héroes y el respeto a sus aportaciones. ¿Seremos los españoles capaces de imitar también en ello a los americanos? ¿Seremos alguna vez capaces de situar nuestra historia en una perspectiva centenaria y vivirla “a través de las generaciones por grandes y permanentes ideales”?

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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