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Sobre la muerte del ex presidente Adolfo Suárez y los ex presidentes mexicanos vivos

Juan Federico Arriola
miércoles 16 de abril de 2014, 18:25h
Para mis hijas aún menores de edad, María José y María Fernanda, que deben gozar de la libertad de expresión que le fue negada a su abuelo paterno en uno de los peores tiempos del régimen autoritario mexicano.



He seguido a través de la prensa española, el duelo en torno a la muerte del primer presidente del gobierno español en la era democrática contemporánea, Adolfo Suárez.

Hoy se le valora y quiere, cuando hace algunos años, -como bien dice Javier Marías en un artículo publicado recientemente en la revista El País Semanal, domingo 13 de abril de 2014-, se le dio la espalda y se le repudió por diversos sectores de derecha e izquierda, por militares y civiles e incluso por sus propios partidarios.

Como mexicano, pregunto a los españoles, ¿y no es bueno llorar y extrañar a un político que hizo el bien con el don de la conciliación de intereses enfrentados, aunque desde luego, como todo ser humano tuvo fallos y defectos?

Como observador de los fenómenos políticos internacionales, pregunto a los ciudadanos mexicanos con memoria y dignidad. ¿Quién llorará la inevitable muerte -porque todos somos mortales, incluso Fidel Castro, el dictador cubano casi eterno- de los ex presidentes mexicanos, Luis Echeverría (1970-1976), Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), Ernesto Zedillo (1994-2000), Vicente Fox (2000-2006) o Felipe Calderón Hinojosa (2006-2012)?

A diferencia de Adolfo Suárez que se le acredita su papel de hábil conciliador después de la muerte del dictador Franco, y convocar a gente que se odió durante décadas, los ex presidentes mexicanos vivos y aludidos en el párrafo anterior, no se recordarán por un balance positivo en su gestión. Uno represor y demagogo, otro tramposo y adicto al poder, otro entregado a los intereses económicos de Estados Unidos, otro más, el más ignorante y contradictorio en la historia de México y finalmente el iracundo que apartó de su plan de trabajo, el ideario de su partido y las leyes mexicanas y fracasar como todos sus antecesores inmediatos en lucha contra la corrupción, generación de empleos y mejoría de espacios públicos para la seguridad de todos los gobernados.

En cada sexenio mexicano en los últimos siete gobiernos, hubo personajes peores que Rasputín: Arturo Durazo bajo el gobierno del fallecido López Portillo le fue regalado el título de general de división, siendo un don nadie; Joseph Marie Córdoba Montoya –francés pobre que vino a México a volverse rico y poderoso-, actuó de facto, sin legitimidad constitucional como jefe de gabinete de Salinas, sin tener las cualidades políticas idóneas y desconocedor de la cultura mexicana y su historia, mintió sobre un título académico de doctorado en la Universidad de Stanford y nunca fue estimado por la clase política y menos por el pueblo; Oscar Espinosa, un mediocre que fue el último alcalde de la Ciudad de México impuesto por Zedillo, sin duda el peor alcalde de la capital mexicana en toda la larga historia de mi país desde el Virreinato hasta nuestros días; Marta Sahagún, segunda esposa de Fox, su actuación ilegítima de co-presidenta de México, echó por tierra cualquier progreso democrático, una mujer sin talento político de una incultura mediana, que incluso cambió de sexo el gran Tagore; y finalmente Genaro García Luna, un secretario de seguridad pública que simbolizó lo peor del sexenio de Calderón: improvisación, escándalo, corrupción e ineptitud. Hoy García tiene la protección de Estados Unidos, ¿por qué?

Si como dice el escritor Javier Marías “el único español bueno es siempre el español muerto”, en México quizá no existan más de cinco ex presidentes mexicanos muertos buenos, -de los vivos no me quedo con ninguno- he dicho quizá: a Benito Juárez se le deificó injustamente y a Porfirio Díaz se le satanizó también de forma arbitraria, y otros tantos pasan acaso por la medianía.

¿España es Gomorra y México es Sodoma? ¿Hay diez varones y mujeres justo allá y aquí para evitar las muertes de sus democracias?

Juan Federico Arriola

Profesor de Derecho

Profesor de Derechos Humanos en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.

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