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1864-2014: sesquicentenario del Paseo de la Reforma

sábado 19 de abril de 2014, 19:38h
Quien se pase y se pasee por la Ciudad de México, nunca deje de recorrer el Paseo de la Reforma. Sépase aquende y allende los mares, que América toda puede enorgullecerse con él, al revestirla y acicalarla como lo procura.

Y cumple 150 años, pues 2014 marca el sesquicentenario de la traza de la emblemática vía, arbolada, afamada y representativa arteria de la Ciudad de México, en que conviven tres siglos de arquitectura y es el recuerdo más prolongado del II Imperio Mexicano (1864-67) cuyo medio siglo de proclamado soportado por la invasión francesa sobre la república americana, estamos conmemorando este mes de abril. Que a veces nos brota la vena monárquica.

El malogrado archiduque austriaco Maximiliano de Habsburgo encabezó un trágico reinado como emperador de México que no hacía falta a nadie, impuesto por las bayonetas del emperador francés Napoleón III. Pergeñó las primeras ideas sobre esta vialidad, legándonos esta magnífica ocasión para rememorar su actuación más duradera, que hodierno enseñorea la capital. La rectilínea percha original de antaño del anchuroso Paseo –a la postre, ampliado en ambos extremos– obedeció a su deseo de unir la residencia imperial, el alcázar de Chapultepec, con la otrora apartada metrópoli, agasajando a su ambiciosa esposa, Carlota, princesa de Bélgica, prima de la reina Victoria de Inglaterra, nombrándolo en su honor como “Paseo de la Emperatriz”. Sus viandantes hogaño ignoran que la soberana demandante y de ínfulas arrebatadas, que bien podría enorgullecerse de la supervivencia inmortalizada de su obsequio, apenas si lo recorrió sobradamente inacabado.

Para mí es la avenida más significativa y emblemática de la capital mexicana, que para otros en cambio, lo será la Avenida de los Insurgentes, la más larga del mundo. Mas me quedó con la Reforma porque no decepciona como otras y posee una solera inigualable, aun viendo mudar el proyecto original esbozado por el ingeniero austríaco von Rosenzweig y el ¿francés? Luis Bolland, que contando con una distancia de 3,5 kilómetros, situaría una sola glorieta central prominente, eso sí, con Cristóbal Colón presidiéndola, e ideándola –emulando a los bulevares que se alzaban ya en París– con aceras paramentadas con terraplenes arbolados, simétricos. La caída del II Imperio modificó su nombre hasta quedarse con el actual, Paseo de la Reforma, con el que aglutina el cambio político más representativo del siglo XIX mexicano y enseñorea al presidente Juárez, artífice de la defensa victoriosa contra las armas francesas y consolidador tanto de la República como de la reforma político-social que emprendiera y sobreviviera a su persona, inmortalizando a México en el mapa.

Da gusto pasearlo, garbearlo, con la impronta de su traza imperial, previsora de sus primeros acondicionamientos, dotando al Paseo de exuberantes especímenes colocados en sus ajardinadas laterales boscosas y densas de foresta exquisita, cuando sus jardineros las permiten, que enlistan centenarios fresnos, pinos de gran altura, palmas de Canarias, frondosas jacarandas, casuarinas y truenos, regordetes arbustillos y guías con acantos y agapantos, algún encino, poblados álamos, dispersas yucas y clavos, las espigadas washingtonias y los ahuehuetes o sauces de pantano –que son el árbol nacional– que lo salpican embelleciéndolo; mientras los observan, flanqueándolos, las sobrevivientes vistosas casonas, mansiones, quintas y caseríos decimonónicos de afrancesado estilo añorante de Europa –pese a la picota y el cincel–; y lo prodiga hoy un catálogo arquitectónico que va de ese refinado afrancesamiento al art decó, pasando al posmodernismo, las vanguardias del siglo XX y a las tendencias de inicios del siglo XXI, engalanando al Paseo con rascacielos que prometen ser un reto a las alturas –delineando altitudes nunca antes alcanzadas con las audaces propensiones actuales– que redibujan el horizonte capitalino, transformando inexorablemente el panorama del importante bulevar, caracterizado por su raigambre y su celebridad consolidados. Son moles acristaladas que combinan elegancia, empuje, estilo, derroche y temeridad que retan a la imaginación, sin perder el buen gusto que singulariza al Paseo. La Reforma aún es flamante refinamiento.

Tanto alzamiento de edificaciones me parece favorecedor, mas no va exento de queja y reclamo de conocedores, empero que no altera a sus estatuas, glorietas y bancos de tradicional diseño primigenio, apostando sí a lo moderno, en un equilibrio apenas perceptible y fugaz con el pasado. El resultado parece formidable. Todo su atuendo y equipamiento –incluidas sus recientes luminarias de gama colorida animando sus árboles– conforman un patrimonio que demuestra el deseo de esta urbe, la Muy Noble y Leal, Insigne e Imperial Ciudad de México, tal y como la blasonara Carlos V, por no desprenderse de un contexto universal a su altura y categoría, antes bien, reafirmándolo, que no oculta y no minimiza. A sus aceras y rotondas proporcionadas asoman por igual efigies de Churchill que de Colón, del emperador azteca Cuauhtémoc y los próceres de las independencias mexicana, sudamericana o filipina. La Reforma es sublime y se reconoce estupenda. ¿Y sabe? Es que no pierde su abolengo y su prosapia, que es en lo que consisten su fama y quintaesencia.

Porque no podemos ocultarlo: aún prestigia contar con una ventana que mire a sus bordillos, no obstante que quizás sea algo muy diferente a lo ocurrido a otros paseos de orígenes decimonónicos, el que al Paseo de la Reforma siga distinguiéndolo su originalidad y su capacidad innovadora, sin perdérsele la reputación y el regusto por asomarnos a él. Con sus más y sus menos. Que un día lo altera una marcha y otro lo animan los ciclistas domingueros, parte de sí.

La Reforma siempre me ha sido familiar. Deambular por sus parajes y museos, al atravesarla camino a mi destino, al presenciar allí los desfiles patrios o simplemente al fotografiarla de cabo a rabo como pasatiempo, constatando que armoniza sus añejas edificaciones con sus nuevas apuestas, va entusiasmándome; tira de mí su modernidad, acaso más que su pasado apenas reconocible. Y pese a que añoro sus extintas librerías, sus adornos navideños tan venidos a menos o un sábado soleado con los amigos en sus desaparecidos cines que hicieron época, según narra la crónica social de otro tiempo; de cuando en México ir al cine de pipa y guante era toda una experiencia, justamente porque se iba al cine y porque uno veía y se dejaba ver por las calles; vamos, por ir por allí tirando rostro. Por casi nada, ya lo ve. La Reforma incita a caminarla reclamando la preservación de su floresta, mereciendo ser tratada cual la placentera calzada que es y ha sido, que aspira a ser de las mejores del mundo, con todo lo que ello implica y que le cuesta no serlo cuando se propone y empeña en no serlo. La Reforma invita y seduce.

Aguardando nuevos capítulos y sin cuidar las apariencias, su modesta dilatada historia espera a que los gobernantes de la gran urbe atesoren y preserven esta heredad cual lo merece, recolocando una placa conmemorativa que homenajee a sus progenitores, mientras sus paseantes aquilatan su trayecto, admirándolo y disfrutándolo a un mismo tiempo, apreciando su mejor inherencia, consistente en ser un Paseo para todos, aspiración a mantener sin mancillar su finalidad y diseño; par de anhelos que le imprimen su peculiaridad y su perfil, reflejándolos en sí cual pretensiones, como la de alcanzar un país que quiere avanzar y encuentra en la Reforma su mejor escaparate, provocador y ambicioso. Que 150 años no se ven diario y merecen evocarse.
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