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RESEÑA

Charles Jackson: Días sin huella

domingo 20 de abril de 2014, 12:08h
Charles Jackson: Días sin huella. Traducción de Iris Menéndez Sallés. Alianza. Madrid, 2014. 320 páginas. 10,90 €
Don Birnam es un hombre solitario y alcohólico, que habita en Nueva York en la década de 1930. Es incapaz de controlarse, es vicioso, enfermo, y su vida parece que no tendrá vuelta atrás. Su hermano Wick vive preocupado por él, pero tiene que salir de la ciudad un fin de semana largo, y hasta el martes no regresará. Se va intranquilo, sabe lo que su ausencia puede significar, por más que siguiera queriendo que su hermano estuviera bien. Son exactamente cinco días, en los cuales transcurre toda la novela.

Don, por su parte, estaba preparado para aprovechar esas jornadas sin control. Era un aspirante a escritor, gran lector y que de pequeño creaba sus propios versos cada noche, todo lo cual ilustra el contenido autobiográfico de la novela, considerando la historia del propio Charles Jackson (en lo literario y en sus hábitos etílicos). Pero el escritor en potencia es un alcohólico en acto, casi carente de libertad, que había devenido en bebedor compulsivo e irresponsable. Como aparece en diversas escenas, “la bebida lo era todo”, “estaba desesperado por abrir la botella y echar un trago”, era un “bebedor incapaz de detenerse”, cuya máxima parecía ser “no dejes para mañana lo que puedes beber hoy”.

Los escasos cinco días muestran numerosos altibajos, con los dramas y oportunidades que experimenta un bebedor. Así se refleja en unas borracheras interminables, en la resaca que repite la decadencia, empeñando bienes para conseguir dinero y seguir tomando, al caerse por no ser capaz de mantenerse en pie, la “broma de mal gusto” de que las tiendas estuvieran cerradas por Yom Kippur, una desesperación casi mortal cuando no tiene ninguna botella de la cual beber y es incapaz de levantarse por estar borracho y casi inconsciente. Por otro lado, tras caer y golpearse fue a dar al hospital y le presentan una posibilidad de rehabilitación, que rechaza quizá porque no puede hacer otra cosa o bien porque siempre ha salido adelante a pesar de sus problemas.

Otra oportunidad se la otorga Helen. Es la mujer que lo ama y a la que él ama, a pesar de que no mantienen una relación ni se han declarado su amor. Lo ama a pesar de todo y su llegada a la casa de Don, quien ni siquiera le puede abrir la puerta por su estado, parece ser el preludio de un final feliz. “¿Por qué siempre tiene que haber una mujer desesperanzadamente liada con un borracho sin esperanza?”, es otra de las cientos de preguntas que aparecen en la narración. Cualquiera fuera la explicación, ambos parecieron comprender “la irrevocabilidad de su relación”. Ella lleva al hombre a su casa, para tratar de recuperarlo.

En el libro, Don es casi un personaje único. Si bien aparecen en distintos momentos familiares, algún amigo y los tradicionales vecinos, más aquellos que se topan con él de ocasión (un vendedor, un barman, un conserje, el equipo médico), lo cierto es que la mayor parte de la narración es autobiográfica, casi introspectiva: son recuerdos de su infancia, pensamientos sobre el alcohol, evocaciones literarias, algún sueño y sobre todo esos numerosos pensamientos, reflexiones, preguntas, cuestionamientos. Por una botella, por la (im)posibilidad de salir de su situación, jactándose de que superó todas las pruebas, creativo para obtener recursos, enamorado y solitario. El trabajo psicológico de Jackson es realmente extraordinario, por cuanto en cada capítulo avanzamos por la mente de un alcohólico como si fuéramos él mismo y nos involucráramos en sus decisiones. Cada paso es cuestionado, cada decisión va precedida de preguntas y respuestas, en un monólogo incesante y a veces cruel.

La soledad lo inunda todo, así como una sensación perpetua de decadencia personal. Don es un hombre cuya vida se ha ido agotando un trago sobre otro. Por eso vive cansado y procura la soledad, mira con sospecha todas sus relaciones, teme ser descubierto, deambula entre la vergüenza y la continuidad de su vicio. Quizá está en el crepúsculo temprano de su vida, aunque no lo podemos saber. Sí sabemos en cambio que, después del fin de semana intenso y de las oportunidades que tuvo, regresó desde la casa de Helen a su hogar, cual fugitivo en busca de libertad, y ahí hizo rápidamente lo que mejor sabía: “Retornó apresurado a su dormitorio. Se sirvió otro vaso de whisky, se lo bebió y trepó a la cama. Se sintió maravillosamente bien”.

Por Alejandro San Francisco
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