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Pasión, muerte y resurrección

domingo 20 de abril de 2014, 20:56h
Acabamos de vivir los cristianos la denominada Semana Santa, en la que se viene a recordar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Más allá del descanso, vacaciones y pasos de las miles de cofradías que hay por toda España, sí merece la pena hacer una breve reflexión sobre lo más relevante de la vida de Cristo en esos intensos días que vivieron Él y sus discípulos.

Son muchos los hechos y gestos que se dieron en aquellas horas, pero particularmente yo destacaría, en primer lugar, el lavatorio de los píes. El Maestro vuelve a descolocar a sus discípulos. Quien es Dios y actúa como tal, se pone en la condición de esclavo, que eran quienes hacían esa función en la tradición judía. Antes de la Última Cena, Cristo lava uno a uno los píes a sus discípulos. El Primero, se hace el último. Los esquemas mentales de la rigidez judía, saltan por los aires. Ya no les cuadra nada a los cansados y desorientados apóstoles. El Señor asume la condición de esclavo, la vida como servicio, más que humildad. El qué dirán no importa, las normas sociales se invalidan, el mensaje de Cristo es más revolucionario y profundo, es necesario un cambio radical en el entender y en el comprender. Y todo eso sucede en el Lavatorio.

Si desconcertante fue el Lavatorio, tocaron techo en la Última Cena, el Maestro se ofrece como el cordero pascual, pues celebraban la Pascua Judía. Pero hay algo totalmente distinto y diferente. Jesucristo les dice que Él será el cordero sacrificado. Su cuerpo y su sangre. El desconcierto de los apóstoles debió de ser ya total. El Maestro se ofrecía como el cordero para el perdón de los pecados de la humanidad. Estamos sin duda ante el momento crucial de la vida cristiana: La Eucaristía. La Última Cena da sentido a toda la vida de Cristo, a su mensaje, a su predicación, a su existencia. Él es el perdón, esta es la esencia. La libertad del ser humano y su experiencia tanto del bien como del mal, encuentra en la Eucaristía que Jesús, Dios, perdona el mal del ser humano, lo asume como suyo, en pasado, presente y futuro. Esa es la grandeza del mensaje de Cristo: hemos nacido para el bien y en nuestro mal, somos perdonados por Cristo.

Ante esta realidad el ser humano no entiende, no sabe lo que pasa. Tiene que llegar el Tercer Día, la Resurrección, para comprender que Cristo es Dios y vence a la muerte, al pecado, al mal. El mensaje de Cristo es básicamente de amor, perdón y libertad. La resurrección es superar las coordenadas espacio/tiempo de nuestra vida humana. La clave de la religión cristiana lógicamente es la vida y el mensaje de Cristo, y éstos, sin duda, se basan en la libertad, el amor y el perdón.

Jesús sufre en la Pasión y Muerte más de lo que podamos imaginar. La ignorancia del hombre y la dureza de su corazón son inmensas. Hay crueldad física y sobre todo psíquica y vivencial. Quien es el bien se convierte en el mal, en pecado, en su contra-naturaleza, ahora se puede entender que sudara sangre en la oración de Getsemani. Sabe que se enfrenta a unas horas muy amargas, para un ser humano que no le escucha lo suficiente. Toda su vida… ¿para qué? Explica, da ejemplo, muere y resucita, pero las cosas no han cambiado demasiado.

Cristo nos invita a descubrir nuestra segunda naturaleza, a formar parte de su naturaleza divina como hermanos suyos. Esta es la grandeza y la locura para los humanos del mensaje de Cristo. Su pasión, muerte y resurrección son una vida nueva, distinta, absolutamente diferente, basada en la libertad -Cristo nunca obligó a nadie- el amor al prójimo y el perdón del mal. Seguro que tener algo más presentes estas ideas, hará a todos mejores nuestras vidas.

David Ortega Gutiérrez

Catedrático de Derecho de la URJC

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