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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

[i]La punta del iceberg[/i], de Antonio Tabares: la furia bajo el hielo

viernes 25 de abril de 2014, 13:56h
La crisis podría haber hundido nuestro teatro, pero la continua aparición de nuevos dramaturgos, respaldados por acreditados talentos, como José Luis Gómez o Sergi Belbel, señala a un efecto contrario: está actuando como un revulsivo que despierta a nuevos creadores. Es lo que sucede con “La punta del iceberg”, de Antonio Tabares, impulsada por una producción de La Abadía.
La punta del iceberg, de Antonio Tabares
Director de escena: Sergi Belbel
Escenografía: Max Glaenzel
Intérpretes: Nieve de Medina, Eleazar Ortiz, Montse Díez, Luis Moreno, Pau Durà y Chema de Miguel.
Lugar de representación: Corral de Comedias de Alcalá de Henares (viernes 25 y sábado 26 de abril). Gira por España.

Por RAFAEL FUENTES

Aunque no se trate estrictamente de la primera obra estrenada por Antonio Tabares, ya que su “Una hora en la vida de Stefan Zweig” ha sido llevada a las tablas y la actual “La punta del iceberg” tuvo una primera puesta en escena por Delirium Teatro en el archipiélago canario, esta producción puede considerarse como el inicio a gran escala de un nuevo autor teatral a partir de la plataforma privilegiada que es La Abadía. Un renovado acierto de José Luis Gómez para detectar nuevos talentos y proporcionarles el trampolín perfecto para darlos a conocer al gran público, apoyado en este caso por un autor y director de escena de la categoría de Sergi Belbel y un elenco de actores de primer orden. El asunto central de esta pieza de Tabares está muy vinculado a los avatares de la crisis económica, que a su vez ha zarandeado de un modo tan inmisericorde la vida teatral española. “La punta del iceberg” explora qué hay detrás de una ola de suicidios en una poderosa multinacional. El estreno de este y otros muchos textos teatrales de nuevos dramaturgos en este periodo de crisis demuestra de qué manera en España el arte dramático ha reaccionado a la presión justamente de una forma opuesta al suicidio, con una rebeldía creativa donde los desafíos han servido de revulsivo y acicate, originando una fermentación donde se renuevan los creadores y los temas abordados, se redefine la relación con el teatro del pasado y se obliga a los talentos más reconocidos a repensar su trayectoria bajo inesperados estímulos.



Antonio Tabares lo ha explicado sin reservas: el primer impulso para escribir “La punta del iceberg” se lo proporcionó la noticia de tres empleados de Renault que se suicidaron en la planta de innovación tecnológica de Guyancourt, próxima a París. Informaciones similares fueron desgranándose en los medios de comunicación. El suceso más alarmante fue el sucedido entre 2009 y 2010 en la compañía France Telecom, donde se produjeron más de cincuenta suicidios de trabajadores. En la pieza de Tabares, una alta ejecutiva comienza la tarea de entrevistar a los empleados de una filial española para buscar las causas y los remedios de una racha de acciones suicidas, que han enlutado la empresa. Cada entrevista es una caja de sorpresas, de revelaciones y ocultaciones. Los personajes son semejantes a partículas lanzadas a un túnel de aceleración que al chocar con Sofía, la ejecutiva que investiga, se descomponen en un asombroso haz de sentimientos, verdades, mentiras, simulaciones y auténticos descubrimientos insospechados.



Este planteamiento tiene la ventaja de ahorrarnos cualquier sermón doctrinario -cada espectador debe extraer sus propias conclusiones-, mostrándonos personajes complejos, poliédricos, con facetas imprevisibles y profundidades apenas vislumbradas, donde la víctima y el culpable se entrecruzan en una sola persona, dándoles la autenticidad de la vida. Sergi Belbel ha ideado un diseño escénico altamente significativo, ejecutado con solvencia por Max Glaenzel. El mobiliario empresarial está dispuesto como un laberinto lleno de callejones entrelazados que permiten a los personajes mostrarse con plenitud antes de ocultarse o perderse en el dédalo de sus contradicciones para volver a emerger con contundencia. Un juego al que el texto de Tabares y la dirección de Belbel le sacan el máximo partido dramático. Este mobiliario es, además, completamente blanco, evocando una clínica y también el hielo. El hielo, por supuesto, de un iceberg, cuya punta sobresaliente podemos ver en el escenario pero que nos sugiere una helada mole en el subsuelo. Los suicidios y las luchas que vemos sobre las tablas son solo una pequeña parte de la enorme cantidad de conflictos que desembocan en conductas autodestructivas provocadas por la terrible presión para conseguir objetivos desmedidos a partir de limitados recursos.



El autor ha tenido la inteligencia de eludir el melodrama. Debemos olvidarnos de operarios recluidos en sótanos insalubres, o enloquecidos en una cadena de montaje infernal como el Charles Chaplin de “Tiempos modernos”. Acierta el dramaturgo al proponernos, por el contrario, ejecutivos de mayor o menor rango en una empresa dedicada al diseño de la más sofisticada tecnología. Sus personajes no son, en principio, proletarios embrutecidos, sino profesionales dotados de una gran cualificación, inteligentes, preparados, con un alto grado de reflexión y autoconciencia, a quienes una brutal coacción emocional obsesionada por la rentabilidad desequilibra, pisotea, desgarra y desfigura psíquicamente como a guiñapos. Ambición, codicia, aspiraciones de poder, traición e impulsos de huida, sentimientos de culpa y una feroz resistencia, martillean sus corazones en desacuerdos íntimos. La propia Sofía, interpretada con versatilidad por Nieve de Medina, muestra sus contradicciones entre la ejecutiva ambiciosa que ahora es y su juventud ingenuamente idealista, su energía para el mando y sus vulnerabilidades sentimentales, su empatía hacia los que sufren y su actitud despiadada para alcanzar las metas.

Frente a ella, Eleazar Ortiz encarna a un rocoso directivo cuya firmeza es tan admirada como denostada, la sutil Montse Díez a una empleada introvertida que cede terreno para ocultar más de lo que deja ver de sí misma, un magistral Luis Moreno ofensivo que avasalla y abarca impulsivamente un gran campo de acción como forma de autodefensa o un Pau Durà capaz de suscitar la nostalgia de otras épocas junto a un gran cinismo ante el presente, con el que enmascara su impotencia para corregir nada de la nueva brutalidad que crece. Un combate, pues, verbal y psíquico absorbente que reproduce en el microcosmos de una oficina el macrocosmos de una sociedad europea sometida a discordancias profundas e hirientes incoherencias. Unos nuevos parias convulsos muy bien pagados, donde el esfuerzo físico ha sido sustituido por un extenuante esfuerzo mental, en un continente que sueña con mantener su posición privilegiada frente a sociedades emergentes compitiendo con una creación tecnológica que devora a sus descubridores. Bienvenido sea un teatro joven que habla de cuestiones del hoy más inmediato sin reducirlas a un discurso político plano.
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