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Igualdad, Ilustración y cristianismo

Juan José Solozábal
martes 29 de abril de 2014, 20:00h
Hemos concluido el curso dedicando la última lección a la igualdad. Se trata del derecho que es reclamado ante el Tribunal Constitucional por un mayor número de demandantes en amparo y además, a mi juicio, el caso en el que la construcción doctrinal jurisprudencial es más llamativa y elaborada: me refiero a la distinción, dentro del principio de igualdad ante la ley, de la igualdad en la ley y la igualdad en su aplicación, como mandatos con diferente destinatario, en un supuesto el legislador; en otro, la Administración y los jueces; las exigencias del Tribunal al legislador para justificar los tratamientos que suponen una desigualdad intensa; el no reconocimiento de la discriminación por indiferenciación o derecho constitucional a ser tratado de forma diferente; o la deducción de la enumeración de prohibiciones de discriminación concretas del artículo 14 CE de un mandato de tutela antidiscriminatoria en tales casos que puede justificar al menos ciertas medidas positivas de remoción de la desigualdad.

Pero, les digo a mis alumnos, el derecho constitucional no pertenece a un dominio autónomo de categorías o conceptos aislados, un mundo de abstracciones kelsenianas o de tipos meramente mentales, sino que debe ponerse en relación con referencias del campo sociológico o la teoría política. Les hablo de la repercusión de un reciente libro que constata en las sociedades actuales la resistencia de la desigualdad a amortiguarse ,confirmando más bien los negros presagios sobre la acumulación capitalista de Marx y Ricardo, pese a los esfuerzos del estado social y las pretensiones de legitimación meritocrática de la administración o la gerencia de los negocios (apunto al libro Capital in the Twenty-First Century de Thomas Piketty , director de la Escuela de Economía de Paris, cuya impecable recensión en The economist de principios de este año, justo antes de que apareciera la versión inglesa del original francés, me había pasado inadvertida).

Después trato de explorar el significado de la noción de igualdad en la historia de las ideas o el pensamiento político como contenido primero y elemental del concepto de justicia, que consiste, dice Aristóteles, Politica , Libro III) en la igualdad, esto es, tratar de forma igual lo que es igual y de modo desigual lo desigual. El constitucionalismo utiliza una idea de igualdad que proviene de la Ilustración, como el contexto intelectual de las Declaraciones revolucionarias del siglo XVIII. El argumento, según sabemos, es bien simple: todos los hombres son iguales, esencialmente iguales, en la medida que por encima de cualquier diferencia los mismos comparten su condición de ser libres y racionales.

La Ilustración asume un cierto núcleo ideológico, que puede ser resumido, como hace Anthony Pagden en un libro reciente, The Enlightenment And Why it Still Matters , del que se da noticia por Keith Thomas en el primer número de abril de la NYRB ( The New York Review of Books) en unos pocos principios como que el mundo puede mejorarse si se le hace objeto de un tratamiento propio del conocimiento científico, que la naturaleza humana es sustancialmente la misma en todas partes, que hay conceptos universales de justicia, que todos los miembros de la especie humana merecen ciertos derechos y que existen mínimos estándares de justicia a los que todas las culturas habrían de conformarse.

Esta base antropológica compartida necesariamente ha de abocar a un proyecto político cosmopolita, en la línea de los planes de Kant y Vattel, que comprenda cierta organización federativa mundial y pretenda asegurar determinados estándares de justicia universal, imperfectamente llevados a cabo, sin duda, en el futuro por la Liga de las Naciones, Las Naciones Unidas, la Unión Europea, la Corte Internacional de Justicia y la Declaración Universal de Derechos Humanos. El cosmopolitismo no excluye el amor al propio país, como dijo Adam Smith “una mera parte de la gran sociedad de la Humanidad”, y que es, por tanto, perfectamente compatible con el patriotismo global que buscara Kant. Pero si choca con el amoralismo y el localismo de los comunitaristas, o sea, su relativismo. Para ellos, digamos Alasdair MacIntyre y Charles Taylor, no existe la justicia global, porque la justicia depende de convenciones compartidas y cada comunidad tiene las suyas. O sea Burke llevado a su último, y peor, extremo.

Hacer justicia a la idea de igualdad exige, en segundo lugar, referirse a los precedentes de la visión ilustrada de tal concepto, hablemos de la Estoa en la medida que aceptaba la sujeción de todas las criaturas a la misma ley universal, y del cristianismo que reconocía a todos los hombres la condición de imagenes Dei como hijos de EL. En relación con esta problemática parece oportuno llamar la atención sobre un libro de Larry Siedentop Inventing the individual. The origins of Western Liberalism del que el TLS (Times Literary Supplement) se ocupa en uno de sus últimos números en una reseña que firma Jefffrey Collins, y que quizás deba ponerse en línea con otro libro del que también se daba noticia en la misma revista inglesa el año pasado, obra de un joven filósofo católico prematuramente fallecido Emile Perreau-Sansine, en este caso sobre los presupuestos intelectuales e históricos que explican la inserción católica en la vida de la democracia, tras el Syllabus de Pio IX en 1864, Catholicism and Democracy:An Essay in the History of Political Thought.

Siedentop consideraría especialmente dos aportaciones del cristianismo a la idea de igualdad. En primer lugar y de modo directo, la idea paulina del cuerpo de Cristo como la asociación libre de agentes moralmente iguales, que después podría trasponerse del plano espiritual al ámbito político propiamente. “Amo y esclavo, judío y gentil, padre e hijo renacen como almas individuales que comparten el mismo destino y tienen el mismo estatus moral”. Y, en segundo lugar, y en el plano de los presupuestos intelectuales de los derechos fundamentales, el rescate de la voluntad por Occam hará posible identificarlos antes como facultades de cada cual que con obligaciones debidas según un orden exterior, en el ámbito de la reserva espiritual que queda libre de las interferencias del poder político, pues el cristianismo acabó con la fusión de la antigüedad de la vida social y de la religiosa.

La fundación de la moderna Europa no tendría que contar exclusivamente con los mimbres de la Ilustración ignorando la contribución cristiana de la “igualdad de las almas” al constitucionalismo. Tal desviación intelectual, señala Siedentop, quizás con algo de hipérbole, supone separar al liberalismo de la tradición del discurso que lo generó.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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