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Italia y las elecciones europeas: los anti-europeístas

domingo 11 de mayo de 2014, 19:04h
A pocas semanas de la celebración de las elecciones europeas, en Italia la campaña electoral parece tardar en “animarse”. Puede que ni siquiera haya empezado. Una vez más, los políticos italianos muestran poco interés por las elecciones europeas–mal común a otros países-, mientras entre sus ciudadanos se difunde la idea de que pueda ser la ocasión perfecta para castigarlos. La pasividad institucional puede tener sus repercusiones y partidos, como Movimento 5 Stelle o la Lista Tsipras parecen comprenderlo. Y mientras los principales partidos se atacan entre sí y se insultan, la campaña electoral avanza en una general indiferencia hacia los temas y problemas que están en juego.

Lo que parece cuestionable es la falta de argumentos y explicaciones tanto de quienes se muestran europeístas como de los anti. Se está a favor o en contra por “decisión asumida”, sin explicar ni el valor de Europa ni las consecuencias de la salida de la UE. Los partidos italianos se limitan a declararse partidarios o enemigos sin entrar en el quid de la cuestión. ¿Nos han explicado las ventajas de una Europa más fuerte? ¿Nos han dicho cómo salir del euro de la forma menos traumática? No. Hacen falta argumentos, explicaciones de la trascendencia del acto de votar. Lo que es cierto es que, por muy paradójico que parezca, quienes hablan con pasión e ímpetu de Europa son especialmente los euroescépticos, los contrarios al euro. Los partidos “principales” están asumiendo una peligrosa ignavia, casi como si no comprendieran su amenaza. Deberían tener en cuenta que, al considerar el voto europeo menos transcendente y efectivo, los electores italianos parecen dispuestos a votar más pasional que racionalmente, incluso abandonando el camino “habitual” para votar el castigo o abstenerse -en varios países de la UE, el elevado abstencionismo es la norma en las elecciones europeas-. En este escenario, los ciudadanos pueden resultar más propensos al voto polémico, de denuncia: en las nacionales, los electores tienen claro lo que está en juego, mientras en las europeas hay tendencia a votar "en libertad". No se trata de tener miedo de Nigel Farage y de sus folklóricas proclamas, ni de Le Pen y sus convicciones, ni siquiera de Grillo y de sus amenazas-insultos o de sus exaltados secuaces, que parecen tener cada vez menos ideas y más tendencia a la sceneggiata. Se trata de reflexionar sobre los errores que ha cometido el país -sobre todo, sus gobernantes- al menos desde la entrada del euro. ¿Cómo explicar que desde la introducción de la moneda única el producto interno pro capite haya aumentado en todos los países de Europa excepto Italia? ¿Por qué nadie se atreve a postular claramente que haría con la UE? Liquidarla o fortalecerla, pero ¿cómo? La falta de explicaciones favorece el euroescepticismo y la idea de que estas elecciones pueden convertirse en una poderosa arma arrojadiza contra la política tradicional.

Provoca pavor y espanto pensar que el proyecto europeo, promovido por políticos de la talla de Hallstein, Delors, Monnet, Schuman, Prodi o Spinelli, podría depender en el futuro de las ideas de figuras tan discutibles como el vulgar y bárbaro (en el sentido de iletrado) Matteo Salvini, la provocadora pero fascinante Marine Le Pen, el polémico y controvertido Geert Wilders o algún grillino con su tendencia a insultar más que a construir alternativas. No se trata de prejuicios, sino más bien de la constatación de que sus respuestas -por xenófobas, anti-europeístas o populistas que sean- no sirven de mucho ante el panorama actual, aunque es cierto que encuentran en la crisis un importante caldo de cultivo. Por eso no debe extrañar que el Gobierno alemán proponga expulsar a los ciudadanos comunitarios que no logren empleo en seis meses, que Francia deporte gitanos, que Bélgica expulse algunos ciudadanos de la UE o que muchos países miren con admiración la decisión de Suiza de establecer cupos a extranjeros. Muchas de estas propuestas y medidas tienen un objetivo electoral: al mismo tiempo, demuestran que se trata de decisiones que pueden encontrar la aprobación-aceptación de una considerable parte de ciudadanos. Respuestas simplistas ante problemas reales. No se trata de culpar al diferente ni de rehuir de los problemas: se deben ofrecer soluciones concretas, reflexionar sobre las vallas o la situación de Lampedusa. Para nada sirve el buenismo, pero tampoco el marketing electoral. Europa merece más atención y respuestas contundentes. Está en juego el futuro de todos.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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